El empleo de los recién titulados en las economías avanzadas pierde fuelle a un ritmo del 4% anual desde que ChatGPT aterrizó en las empresas a finales de 2022. Lo dice el dashboard de nóminas reales que mantiene el Stanford Digital Economy Lab, y no una encuesta de expectativas. La hemorragia, sin embargo, no se debe solo a la inteligencia artificial. Hay más actores en escena, y conviene no apartar la vista del más incómodo: las compañías llevan dos años usando la IA como comodín para justificar recortes y congelar las contrataciones de entrada mientras disfrutan de un mercado laboral que, para los perfiles senior, sigue tirando.
Claves de la operación
- Los datos no mienten: un 4% menos de contratación junior cada año. El estudio de Stanford analiza nóminas, no sondeos, y muestra que la caída se concentra en profesionales de 22 a 25 años en ocupaciones muy expuestas a la IA.
- El efecto solo aparece cuando la máquina ejecuta, no cuando asiste. Escribir código, redactar respuestas o elaborar un primer borrador dispara la destrucción de puestos junior; revisar, supervisar o tomar decisiones la mantiene estable.
- La OCDE da contexto: el desempleo entre graduados ya subía antes de que existiera ChatGPT. La política monetaria contractiva y la desaceleración económica de 2022 explican una parte del desplome que ahora se atribuye en exclusiva a la inteligencia artificial.
La brecha generacional que la IA está cavando en las plantillas
El panel de Stanford, actualizado de forma continua, corta la foto con nitidez. En las mismas profesiones tecnológicas donde los menores de 25 años pierden fuelle, los profesionales por encima de los 30 lo ganan. La productividad que la inteligencia artificial entrega a un ingeniero con experiencia dispara su valor; la que le roba al recién llegado que cubría expedientes y resolvía tickets lo deja sin oportunidad de foguearse.
Hace apenas dos años, Coinbase eliminó al 14% de su plantilla alegando el impacto de la IA. Salesforce dejó de contratar perfiles junior en 2025 tras detectar que sus modelos generaban código base más rápido que un programador novel. Las excusas de ahorro se visten de modernización, pero la realidad estadística es más tozuda: el ajuste no golpea a todos por igual.
Cuando la IA sustituye al becario, no al directivo
El matiz del laboratorio de Stanford resulta demoledor. La contratación solo se resiente cuando la inteligencia artificial ejecuta la tarea en lugar del humano. Si se limita a asistir —revisar, verificar, sugerir—, el empleo se mantiene. El problema es que las tareas que la máquina puede absorber por completo son precisamente las que conforman el peldaño de entrada en industrias como el desarrollo de software, la atención al cliente o la redacción técnica.
El becario que responde mal un ticket durante seis meses o que necesita ayuda para cerrar un pull request no está perdiendo el tiempo. Aprende a fallar barato en un entorno controlado y construye el criterio que le permitirá, una década después, tomar decisiones estratégicas. Eliminar ese escalón no despide a nadie hoy, pero es una bomba de relojería para la pirámide de talento que las organizaciones necesitarán dentro de diez años.
En paralelo, la OCDE subraya que el desempleo entre graduados jóvenes ya repuntaba antes del desembarco de ChatGPT. La subida de tipos de interés que los bancos centrales iniciaron en 2022 frenó la inversión y secó los presupuestos de formación. Muchas compañías aprovecharon la coartada tecnológica para hacer lo que igualmente habrían hecho: apretar el cinturón.
Desmantelar el primer escalón profesional no despide a nadie hoy; pero dentro de diez años, la falta de talento sénior será una crisis que nadie supo prever.
Lo que el silencio de las empresas oculta: la desaparición del escalón de entrada
El debate recuerda al que en 2001 enfrentó a los agoreros de la deslocalización con los datos macro. Entonces se culpó a la India de un parón que en realidad venía de los tipos de interés. Cuando los bancos centrales aflojaron la política monetaria, la contratación volvió, y el traslado de puestos a Asia nunca dejó de crecer pero dejó de ser la única explicación. La lección para 2026 es que la IA acapara titulares mientras los tipos siguen altos y la demanda de perfiles junior se ha convertido en un lujo que pocas empresas se permiten.
En el ámbito español, la fotografía no es mucho más amable. Las ofertas para desarrolladores sin experiencia han menguado y los salarios de entrada se estancan, en parte porque el tejido productivo, muy apoyado en pymes, externaliza cada vez más la primera capa de desarrollo a herramientas como Copilot o ChatGPT. El mercado laboral no expulsa a los jóvenes, simplemente deja de llamarlos.
La paradoja es que las grandes consultoras y los bancos siguen compitiendo ferozmente por el talento senior. Los perfiles capaces de orquestar proyectos de inteligencia artificial, interpretar datos o gobernar un despliegue en la nube se rifan con primas de fichaje que triplican el salario de un junior. El abismo generacional se ensancha y el escalón intermedio, el que formaban los puestos de entrada, empieza a desdibujarse del mapa corporativo.
Nos encontramos, por tanto, ante un problema de diagnóstico. Si el sector achaca toda la culpa a la inteligencia artificial, se olvida de las decisiones de política monetaria, del fin de la era del dinero barato y de la tendencia estructural a reducir la formación interna. Si, por el contrario, se ignora el papel de la IA, se deja sin respuesta un riesgo silencioso que puede vaciar el embudo del talento en la próxima década. La solución, apuntan desde el propio Stanford Digital Economy Lab, pasa por diseñar itinerarios de incorporación que integren a la máquina como asistente, no como sustituta, y por preservar el espacio donde el error todavía sale barato.
Y ese espacio, hoy, cotiza a la baja.





