El calendario marcaba 1998. Lo encontró Juan Asótegui entre los escombros de una casa sin techo, en Villalibado, una pedanía burgalesa que acababa de perder a sus dos últimos vecinos permanentes. Aquella imagen —el tiempo detenido en una pared a punto de venirse abajo— fue el detonante. Profesor de dibujo, licenciado en Bellas Artes y escultor, Asótegui convenció a sus tres hermanos para emprender una empresa que entonces sonaba a locura: comprar las ruinas, levantar de nuevo los muros y devolver la vida a un pueblo entero reconvertido en alojamiento rural.
Hoy, más de dos décadas después de aquella primera compra, Las de Villadiego es un complejo turístico que ocupa buena parte de lo que un día fue Villalibado. Pero no es el único. A lo largo de la península, decenas de aldeas deshabitadas han renacido como hoteles dispersos, casas rurales y resorts con una propuesta radicalmente distinta: aquí el huésped no alquila una habitación, alquila un trozo de memoria, de paisaje y de oficio artesano. España suma cientos de núcleos con menos de cincuenta habitantes —solo en Burgos hay 403— y en algunos de ellos el turismo se ha convertido en la última trinchera contra el olvido.
Villalibado: siete casas rurales y una torre medieval
A media hora en coche de la capital burgalesa, Villalibado responde al perfil clásico de la España vaciada: calles de tierra, una iglesia que se caía a pedazos y un puñado de casas de piedra que llevaban décadas sin recibir más visitas que las de los antiguos vecinos, empeñados en mantener limpios los caminos aunque ya no viviera nadie allí. Juan Asótegui trazó de nuevo las calles, plantó chopos, instaló riego por goteo y recuperó la plaza y el lavadero. «No tiene sentido arreglar solo una casa, es igual de importante mejorar el entorno, cuidarlo y sentirlo tuyo. Aquí los conceptos de público y privado se desdibujan», explica el propio Asótegui.
El complejo se divide en dos partes. La Solariega agrupa siete casas rurales con piscina y El Torrejón —una torre medieval desmochada que formó parte de una casa solariega y que se alquila para eventos—, mientras que El Convento ofrece una casa para doce personas y un hotel rural para catorce, con pista de pádel y piscina. El restaurante, enBarbecho, abre en julio y agosto y prepara un cordero deshuesado a baja temperatura maridado con crianza de Ribera del Duero que ya justifica por sí solo el viaje. Alojarse cuesta entre 60 y 70 euros por persona el fin de semana, y la mayoría de los huéspedes llegan del extranjero atraídos por una experiencia que no se encuentra en las guías al uso.
A diez minutos en coche, la villa de Sasamón —declarada Bien de Interés Cultural por su patrimonio histórico y artístico— alberga la fábrica de quesos del mismo nombre, cuyos lácteos han ganado varios años el World Cheese. Una excursión perfecta para completar la estancia. En Villalibado ya no vive nadie de forma permanente, pero los antiguos propietarios rehabilitaron la iglesia y regresan cada año para la fiesta grande, donde se juntan hasta trescientas personas entre vecinos y huéspedes. Hay música, comida y rosquillas. El pueblo sigue latiendo, aunque sea solo por unos días.
Ligüerre de Cinca: diseño entre cañones y viñedos
En la carretera que conduce a Ligüerre de Cinca, en la provincia de Huesca, los árboles se van dando el relevo. Bosques de pinos, tejos, hayas y fresnos esconden construcciones derruidas a las que la vía principal, la A-138, fue dando de lado cuando el pantano de El Grado inundó los campos y vació las casas. Un gran cartel indica el desvío hacia Aínsa. Allí, Ligüerre Etnoturismo ocupa lo que durante décadas fue una aldea abandonada.
El proyecto lo impulsaron los sindicatos CC OO y UGT de Aragón a finales de los años ochenta, tras un acuerdo con el gobierno autonómico para combatir la despoblación y desestacionalizar el turismo en el Pirineo. Pero fue a partir de 2014 cuando Jesús Morant, socio y gerente del área de gastronomía y enoturismo, le imprimió un giro decidido hacia la modernidad. «Queríamos alejarnos del concepto más tradicional, repensar todo. Aprovechar el espacio y la historia del sitio, pero que todo fuera moderno. Desde las habitaciones hasta los platos que se sirven en el restaurante», afirma Morant.
El complejo se extiende en dos niveles. En la zona baja, El Mesón, se encuentra el área de acampada y cabañas —con precios desde 19 euros por persona— y el hotel La Panadería, además de un restaurante de tapas en fase de rehabilitación. Arriba, Ligüerre Resort despliega sus dos hoteles: Casa Sebastián, que conserva una decoración tradicional, y Casa Broto, con habitaciones desde 100 euros por persona y noche. Desde sus balcones se descuelga una panorámica dominada por el azul intenso del río Cinca, que serpentea entre viñedos, olivos y cultivos de alfalfa y cebada.
El trazado de las calles apenas ha variado con respecto al pueblo original. En la fachada de Casa Garcés, un cartel recuerda el nombre de la familia que la habitó antes de que el pantano lo cambiara todo. La vieja iglesia funciona hoy como sala de reuniones, y un enorme salón acristalado acoge banquetes. El restaurante gastronómico El Entremón cocina con el aceite de oliva que ellos mismos elaboran y ofrece menús degustación —45 euros— donde brillan el ternasco de Aragón, el jabalí, el corzo y, en temporada de setas, un arroz meloso con longaniza de Graus. Los quesos Fonz y Radiquero, mezcla de leche de ovejas, cabras y vacas criadas en libertad, completan una despensa que habla el idioma del Sobrarbe.

Morillo de Tou: estrellas, barro y energía limpia
A pocos kilómetros de Aínsa, Morillo de Tou se avista desde la carretera, aunque los cipreses plantados al inicio de las obras protegen su intimidad. También nació del acuerdo entre los sindicatos y el gobierno aragonés, y su reconstrucción aún continúa, como atestiguan los obreros que trabajan en las calles. En la recepción —una pequeña casita junto al parking de tierra— se explican las actividades que se organizan durante todo el año: sesiones de astronomía, conciertos, encuentros de alfareros, micólogos y aficionados a la bicicleta de montaña. Todas ellas abiertas a los pueblos del entorno, porque la idea nunca fue crear una burbuja turística sino un nodo que irrigara la comarca.
Pedro Arbó, gerente de Morillo, lo resume con una frase que es casi un manifiesto: «La restauración debería siempre tirar de productos locales, pero especialmente en sitios despoblados. Es dar trabajo a los pocos vecinos que hay y ayuda a fijar población». El bar y el restaurante se surten de un huerto propio y ofrecen una carta sencilla de temporada. Un puente de piedra da acceso a la terraza, muy cerca de la iglesia desacralizada que en los años noventa fue un pub cargado de humo y conversaciones. El cementerio, en cambio, sigue recibiendo visitas cada primero de noviembre.
El complejo abarca zona de campings y caravanas, apartamentos, tres albergues, dos hostales, una biblioteca y una piscina. Todo el suministro eléctrico procede de fuentes renovables, y el trazado original de calles y volúmenes se ha respetado escrupulosamente. Las instalaciones están adaptadas a personas con discapacidad, y el abanico de precios es amplio para que ningún tipo de viajero se quede fuera: en temporada media, una parcela de camping cuesta algo más de 14 euros al día, los ecobungalows para cuatro personas rondan los 100 euros por noche y una habitación en el hostal Casa Cambra sale por unos 43 euros por persona.

Del Maestrazgo a Asturias: un mapa de pueblos rescatados
El fenómeno no se agota en Burgos y Huesca. En Soria, Valdelavilla ofrece un conjunto de casas rurales enclavadas en plena serranía. En Ourense, Couso Galán —junto al río Limia— funciona como un albergo diffuso a la gallega, con una veintena de alojamientos que ocupan por completo una aldea dedicada íntegramente al turismo. En Málaga, El Acebuchal fue pueblo fantasma hasta que una familia lo reconstruyó a finales de los años noventa para dotarlo de varias casas rurales y un par de restaurantes, devolviendo el pulso a un rincón de la Axarquía que parecía condenado al silencio.
Aldearoqueta, en Culla, Castellón, es una aldea del Maestrazgo rehabilitada como núcleo de viviendas de piedra, barro cocido y madera antigua, entre pinares y almendros, junto al parque natural del Desierto de las Palmas. Cuenta con zonas comunes, piscina y restaurante. Bastarás, renombrada Guara Rural, se asienta en el parque natural de la Sierra y Cañones de Guara, en Huesca, y ha apostado por construir un museo con todos los objetos que se fueron encontrando durante la rehabilitación. La iglesia se conserva intacta y el entorno arquitectónico y natural se cuida como parte de la experiencia. En Asturias, El Pueblo Astur —dentro de la localidad de Cofiño— se define como eco resort y funciona como hotel de bienestar con spa propio, una vuelta de tuerca que añade relax y desconexión al ya de por sí poderoso atractivo del paisaje cantábrico.
Al otro lado de la frontera, Portugal también suma ejemplos notables. Casas do Coro ocupa una decena de edificios de la pequeña aldea histórica de Marialva, en el distrito de Guarda, y ofrece habitaciones, suites, casas rurales de alquiler completo y spa. La apuesta lusa comparte el mismo espíritu que la española: preservar la arquitectura vernácula y la identidad del lugar mientras se dota a los viajeros de todas las comodidades contemporáneas.

El modelo italiano del ‘albergo diffuso’
Italia fue pionera en dar cobertura legal y conceptual a esta forma de alojamiento. Allí se acuñó en los años noventa la figura del albergo diffuso —algo así como «posada dispersa»—, que define aquellos establecimientos cuyas instalaciones —habitaciones, recepción, restaurante, zonas comunes— están repartidas por varios edificios de una aldea o un pueblo. Existen desde hoteles austeros y bed and breakfast hasta establecimientos de diseño que han convertido pueblos medievales en destinos de peregrinación para amantes de la arquitectura y el slow travel.
Uno de los primeros y más emblemáticos es Santo Stefano di Sessanio, un proyecto de diseño con una estética deliberadamente austera, fiel a la época de esta aldea medieval amurallada construida en piedra caliza blanca y techos de tejas de arcilla, en la provincia de L’Aquila. La idea italiana, que ha inspirado muchos de los proyectos españoles, consiste en confundir al huésped con el vecino, diluir la frontera entre el alojamiento y el pueblo, y hacer que dormir en una casa de piedra del siglo XV no sea una recreación historicista sino una experiencia viva.
¿Negocio o compromiso con el territorio?
El atractivo de las aldeas abandonadas no ha pasado desapercibido para los inversores privados. Existen inmobiliarias que comercializan este tipo de propiedades en ruinas, y en algunos portales pueden leerse anuncios como «Aldea conjunto rural con casas, edificaciones, río, hórreo y finca» por unos 150.000 euros. La cifra, modesta si se compara con el precio de una vivienda en cualquier capital, esconde la verdadera inversión: reconstruir respetando la arquitectura original, dotar de servicios a un núcleo aislado y sostener un proyecto hotelero en zonas donde la clientela no está garantizada durante todo el año.
Juanjo Manzano, director de AlmaNatura —una consultora especializada en despoblación—, advierte de la necesidad de que «este tipo de proyectos los lleven a cabo personas que lo hagan de forma sostenible, dando valor al sitio y su gente». La declaración apunta a un riesgo real: que la llegada de capital foráneo convierta las aldeas en parques temáticos desconectados de la comunidad local, en lugar de actuar como palanca de desarrollo para los pueblos del entorno. Los proyectos más sólidos —los que han sobrevivido décadas— son aquellos que hunden sus raíces en la historia del lugar y en la implicación de quienes un día lo habitaron.
Pedro Arbó, desde Morillo de Tou, insiste en la importancia de tirar de productos locales. Jesús Morant, desde Ligüerre, defiende la modernización sin complejos. Juan Asótegui, desde Villalibado, habla de cuidar el entorno y de borrar la línea entre lo público y lo privado. Tres voces, tres modelos y un mismo convencimiento: que una aldea recuperada no es solo un hotel, es un acto de resistencia frente al vacío.
Mientras existan viajeros dispuestos a cambiar el resort por la plaza del pueblo, el bufé por el guiso de caza y la pulsera todo incluido por una llave antigua que abre una puerta de madera carcomida, estas aldeas seguirán escribiendo su particular crónica de un renacimiento. Tal vez el calendario de 1998 que encontró Asótegui no marcara el final de Villalibado, sino el principio de todo.




