La primera reunión del Grupo de Alto Nivel sobre interconexiones en el suroeste europeo, celebrada este lunes en París, ha puesto sobre la mesa una petición clara: España y Portugal quieren más dinero europeo para las infraestructuras energéticas transfronterizas.
En el encuentro, presidido por la vicepresidenta Sara Aagesen junto a la ministra francesa Maud Bregeon, la lusa Maria da Graça Carvalho y el comisario europeo Dan Jorgensen, se constató el compromiso con los proyectos, pero también la necesidad de pisar el acelerador en la financiación. H2med, la gran autopista del hidrógeno verde entre Barcelona y Marsella, y las interconexiones eléctricas por el Pirineo son, en palabras de las fuentes del MITECO, «autopistas energéticas europeas».
No es la primera vez que los gobiernos ibéricos alzan la voz. Pero en esta ocasión lo hacen con hechos recientes sobre la mesa: la semana pasada se inauguró la décima interconexión con Portugal, una línea de 1.000 megavatios (MW) que eleva la capacidad de intercambio comercial a un nuevo récord. Un hito, sí, pero que sabe a poco frente a la meta de la UE de alcanzar un 15 % de interconexión para 2030.
La Península Ibérica sigue siendo una isla energética. La capacidad actual de intercambio con Francia apenas roza el 6 % de la potencia instalada. Por eso, el avance del enlace submarino del Golfo de Vizcaya —un cable de alta tensión de 2.000 MW que discurrirá entre Gatika y Cubnezais— es una buena noticia, pero su entrada en operación no se espera hasta 2028.
Mientras tanto, el corredor BarMar, el tramo marítimo del H2med, ha iniciado el proceso de participación pública. Los gestores de las redes de transporte (TSO) de España, Francia y Portugal, junto con la alemana OGE —invitada por el peso industrial de Alemania—, apuestan por un vector que descarbonice sectores donde la electrificación no es viable. España y Portugal insisten: sin una financiación europea más ambiciosa, estos proyectos no llegarán a tiempo.
Con 1.000 MW recién estrenados y otros 2.000 MW en construcción, el ritmo sigue siendo insuficiente para cumplir los objetivos de integración energética de la UE.
La reunión también sirvió para poner sobre la mesa el desarrollo de la eólica marina. España, con una cadena de valor completa en eólica flotante, quiere aprovechar el potencial del Atlántico y el Mediterráneo. El comisario Jorgensen subrayó la necesidad de usar «el pleno potencial europeo en renovables», un guiño a las ambiciones ibéricas.
Pero el verdadero pulso es financiero. España y Portugal han pedido «mayor ambición» en los fondos europeos. Una petición que llega en un momento delicado para el presupuesto comunitario, con el Mecanismo Conectar Europa (CEF) y los fondos de recuperación en fase de ejecución. La próxima cita técnica, en septiembre, será clave para transformar las palabras en partidas concretas.
Una cita en París con todas las partes sentadas a la mesa
La fotografía de la reunión, con Aagesen, Bregeon, Carvalho y Jorgensen, resume el nuevo equilibrio de poder en la energía europea. Por primera vez, un Grupo de Alto Nivel integra a los reguladores nacionales y a los TSO de electricidad e hidrógeno. El mensaje es diáfano: la integración energética del suroeste europeo no es un capricho ibérico, sino una necesidad para la seguridad de suministro del continente.
«Todas las partes siguen comprometidas», aseguran desde el MITECO. Sin embargo, las palabras se las lleva el viento si no van acompañadas de euros. España y Portugal ya lo han dicho en Bruselas, en el Consejo de Ministros y ahora en París. El problema no es técnico —los proyectos están maduros— sino político: ¿está la Comisión dispuesta a priorizar estas infraestructuras en un entorno de competencia por los recursos?
La décima interconexión con Portugal ―una línea de 1.000 MW por Galicia que costó 150 millones de euros― demuestra que cuando hay voluntad, los proyectos avanzan. Pero el salto cualitativo necesario para llegar al 15 % de interconexión con Francia exige inversiones superiores a los 2.500 millones de euros solo en el Golfo de Vizcaya.
Los proyectos estrella: Golfo de Vizcaya, H2med y la eólica marina
El enlace submarino del Golfo de Vizcaya es la joya de la corona de las interconexiones eléctricas. Con 2.000 MW de capacidad, duplicará el intercambio actual con Francia. Las obras comenzaron en 2024 y la puesta en servicio está prevista para 2028, siempre que no haya retrasos. Del lado español, Red Eléctrica ya ejecuta las estaciones conversoras en Gatika (Vizcaya) y en el lado francés, RTE hace lo propio en Cubnezais.
En cuanto al hidrógeno, el H2med es la gran apuesta del sur de Europa. Conectará Barcelona con Marsella mediante un hidroducto submarino, configurando el primer corredor de hidrógeno a gran escala. Según Red Eléctrica, el proyecto ya cuenta con el respaldo de los TSO y ahora debe superar la fase de participación pública. Su coste estimado supera los 2.500 millones de euros, una cifra que los estados miembros no pueden asumir en solitario.
La eólica marina, por su parte, completa el tridente. España, con más de 8.000 kilómetros de costa, tiene un recurso eólico envidiado en Europa. Pero sin una red de transmisión que conecte los parques con el continente, el potencial se queda en el papel. La reunión de París sirvió para recordar que las interconexiones no son solo cables entre países, sino también la columna vertebral que conecta la generación marina con los centros de consumo.

Análisis: ¿Es suficiente la financiación actual para conectar la Península a Europa en 2030?
Es difícil ser optimista. El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) y el propio Plan de Recuperación destinan partidas a las interconexiones, pero las cifras no alcanzan. La Comisión Europea ha incluido el H2med en su lista de proyectos de interés común (PCI), lo que abre la puerta a subvenciones del CEF. Sin embargo, el presupuesto del CEF para energía está muy tensionado por la demanda de todos los Estados miembros.
Yo creo que la clave está en la voluntad política de priorizar. Si Bruselas quiere de verdad una unión energética, debe tratar las interconexiones ibéricas como un proyecto estratégico, al nivel de los gasoductos del norte de Europa. La dependencia del gas ruso ya no es un problema, pero la seguridad de suministro eléctrico sí lo es en un escenario de gran penetración renovable.
La historia reciente nos da pistas. El Nord Stream 2, gasístico, movilizó inversiones privadas y enfrentamientos geopolíticos. Con las interconexiones eléctricas y de hidrógeno, en cambio, el capital privado es más esquivo porque los retornos no son inmediatos. Ahí es donde el sector público —y la UE— debe intervenir.
Septiembre marcará un punto de inflexión. La reunión técnica que se ha convocado debe traducir la «mayor ambición» en un calendario de financiación concreto. Si no es así, el riesgo es que la Península siga siendo una isla energética en 2030, exportando electricidad barata en horas de sol y viento, pero sin capacidad para recibirla cuando el sistema la necesite. Y eso, en un mercado eléctrico europeo acoplado, es un problema de todos.




