Diferencia de precios entre gasolineras: ¿low cost o tradicionales? La experta Cardenal explica por qué no es solo el margen

Inés Cardenal, portavoz de AICE, detalla que los aditivos y los servicios asociados marcan la diferencia de precios entre las gasolineras low cost y las tradicionales. El consumidor elige entre ahorro inmediato o una calidad y asistencia superiores.

Con más de cien millones de desplazamientos previstos para este verano y la operación salida en marcha, la decisión de en qué gasolinera repostar puede traducirse en un ahorro de hasta diez euros por depósito. La diferencia de precios entre los surtidores low cost y los tradicionales no es ningún misterio para Inés Cardenal, portavoz de la Asociación de Industria del Combustible de España (AICE), que ha descartado en COPE que la brecha se explique solo por el margen empresarial.

Modelos low cost vs. gasolineras tradicionales: los aditivos y los servicios marcan la brecha

«La diferencia de precios entre gasolineras se debe a los aditivos y a que las low cost y las tradicionales tienen modelos de negocio distintos», ha subrayado Cardenal. En las estaciones de bandera, el producto incluye paquetes de aditivos que mejoran la combustión y la limpieza del motor, mientras que las gasolineras low cost operan casi siempre sin personal y sin los extras que encarecen la experiencia de repostaje.

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Las gasolineras low cost han ganado terreno en los últimos años precisamente porque eliminan de la ecuación todo lo que no sea el carburante base: nada de tiendas, lavado de coches ni puntos de recogida de paquetería. Esta ausencia de servicios mantiene los costes operativos al mínimo y les permite trasladar al surtidor un precio visiblemente inferior.

En el lado opuesto, las estaciones tradicionales sostienen una estructura de costes más pesada pero ofrecen «productos aditivados que hacen que sea un producto mejor», según la portavoz de AICE. Ese plus de calidad, sumado a la asistencia presencial y los servicios complementarios, justifica los céntimos de más que paga el conductor en cada litro.

La coexistencia de ambas fórmulas «es muy buena para el consumidor», opina Cardenal, porque cada usuario puede elegir en función de lo que valore más: el ahorro inmediato o la calidad y los servicios añadidos. De hecho, el segmento de las gasolineras económicas sigue creciendo a ritmo de dos dígitos y ya representa una cuota de mercado significativa, especialmente en zonas urbanas y corredores de alta competencia.

No es una cuestión de márgenes, sino de un producto mejorado y un modelo de atención que permite al consumidor decidir cuánto está dispuesto a pagar.

La gasolina no es solo gasolina: el efecto de la aditivación

El debate sobre si la gasolina es la misma en todas las estaciones tiene respuesta técnica: los aditivos cambian la fotografía. Mientras que la base del combustible es común y procede de las mismas refinerías, el paquete de aditivos que se inyecta en el surtidor marca la diferencia de precio y de prestaciones. Estos compuestos ayudan a mantener limpios los inyectores, reducen la formación de depósitos y optimizan la combustión, lo que a largo plazo puede traducirse en un menor consumo y menos averías.

Este factor, unido a los servicios de las gasolineras clásicas, explica por qué el litro puede llegar a costar entre 8 y 12 céntimos más que en una low cost. La cuestión para el automovilista es si ese sobrecoste mensual compensa frente a la posible mayor durabilidad mecánica o la comodidad de una estación atendida.

Inés Cardenal apunta además que los mercados internacionales de gasolina y gasóleo refinados –no el crudo Brent– determinan el precio antes de llegar al surtidor. Actualmente, la cotización de la gasolina se sitúa un 35% por encima del nivel previo a la invasión de Ucrania y la del gasóleo un 25% por encima, debido en parte al cierre del 25% de la capacidad de refino europeo desde 2009. Sin embargo, España cuenta con el sistema de refino más flexible y competitivo, lo que garantiza suministro incluso en contextos de tensión geopolítica.

Mientras el mercado digiere esa volatilidad, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) ha confirmado en dos informes que la traslación de los precios internacionales al surtidor está siendo correcta y no hay indicios de prácticas anómalas.

El calendario inmediato trae además un factor extra de presión para el bolsillo: el descuento estatal para particulares se irá apagando. En julio ya se ha reducido de los 20 céntimos por litro que estuvieron vigentes hasta junio a 15 céntimos; en agosto bajará a 10, en septiembre a 5 y en octubre desaparecerá por completo. El IVA de los carburantes, por su parte, ha vuelto al 21% tras la rebaja temporal. Según los cálculos de COPE, este doble movimiento encarecerá el llenado de un depósito de gasolina en unos 5 euros y el de gasóleo en 3 euros a partir del próximo mes.

Análisis: el verano de los precios, la desaparición de los descuentos y la paradoja del ahorro

El verano de 2026 está funcionando como un laboratorio para el consumidor español de carburantes. Con las ayudas públicas en retirada gradual y la famosa «excepción ibérica» ya historia, la diferencia entre repostar en una low cost o en una estación de bandera se amplía en términos nominales. Quien elige la opción más barata se está ahorrando ahora mismo entre 4 y 6 euros por depósito lleno; una cantidad nada desdeñable si se multiplica por los cuatro o cinco repostajes de un mes de vacaciones.

Sin embargo, la paradoja está servida: el ahorro a corto plazo puede disfrazar un desgaste prematuro si el motor se habitúa a combustibles sin aditivos de calidad. Los fabricantes recomiendan usar gasolinas aditivadas para alargar la vida útil de los sistemas de inyección, y aunque la diferencia sea sutil en periodos cortos, un coche con diez años de low cost encadenados puede presentar más depósitos en los inyectores que otro que haya bebido siempre gasolina premium.

De ahí que la decisión no sea solo financiera, sino también mecánica. Yo he visto rodajes de flotas de renting que tras años de abaratar en combustible acaban pagando la factura en el taller. La elección, por tanto, no es binaria: conviene calibrar la edad del vehículo, la frecuencia de uso y, sobre todo, el precio real del mantenimiento frente al sobrecoste de los aditivos.

La buena noticia es que el mercado español de estaciones de servicio goza de una competencia real, avalada por la CNMC, y que los dos modelos seguirán pugnando por el cliente. El low cost ha llegado para quedarse, pero no va a jubilar a la gasolinera de siempre mientras haya conductores que valoren pisar un suelo limpio, recibir asistencia o simplemente confiar en que el producto que cargan lleva un plus de ingeniería química. Al final, la diferencia de precios es el síntoma visible de un mercado que ha aprendido a segmentarse; y eso, por ahora, beneficia a todos.

Con la vista puesta en octubre, cuando el descuento desaparezca, el ahorro que ofrecen las low cost será aún más determinante. La pregunta que flota en el aire no es si sobrevivirán, sino cuántos automovilistas que hoy llenan en una tradicional cruzarán la calle para abrazar el precio más bajo cuando cada depósito les cueste cinco euros más.


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