Un agujero negro situado a apenas 1.800 millones de años luz de la Tierra está comportándose como si perteneciera a los primeros mil millones de años del universo. El hallazgo, liderado por la astrónoma Stefanie Komossa desde el Instituto Max Planck de Radioastronomía (MPIfR) en Bonn, ha pillado por sorpresa a la comunidad astrofísica: un objeto relativamente cercano muestra propiedades que se creían exclusivas del cosmos primitivo, cuando las galaxias y sus agujeros negros centrales apenas empezaban a formarse.
Un agujero negro ‘cercano’ con propiedades del cosmos primitivo
La galaxia anfitriona de este agujero negro ha brillado de forma excepcional en el rango de las ondas de radio durante más de ocho años, un comportamiento que los astrónomos asocian a los cuásares más distantes y antiguos. Sin embargo, este agujero negro no está en los confines del universo observable: se encuentra en nuestro vecindario cósmico, si aceptamos que 1.800 millones de años luz es una distancia modesta a escala del universo.
Para hacernos una idea, la luz que hoy captan los radiotelescopios partió de allí cuando en la Tierra los primeros organismos multicelulares iniciaban su andadura evolutiva. En términos cosmológicos, ese viaje de la luz equivale a un suspiro, si lo comparamos con los más de 13.000 millones de años que han recorrido los fotones de los cuásares primordiales.
Ocho años de observación en ondas de radio revelan el mecanismo
El equipo internacional de Komossa analizó tanto observaciones nuevas como datos de archivo para reconstruir la historia reciente de este agujero negro. Durante los últimos años, una cantidad creciente de materia ha estado precipitándose hacia el horizonte de sucesos. Ese festín cósmico ha provocado que el agujero negro dispare un potente jet de partículas de alta energía, un chorro que viaja a velocidades cercanas a la de la luz y que es el responsable del brillo excepcional en radio.
Los jets de partículas son comunes en los agujeros negros supermasivos activos, pero suelen observarse en objetos mucho más lejanos. Encontrar uno tan bien conservado en un entorno relativamente local ofrece una oportunidad única para estudiar el fenómeno con un nivel de detalle imposible en los cuásares del universo temprano.
Según los investigadores, el chorro se ha mantenido estable durante casi una década, lo que sugiere que el agujero negro sigue recibiendo material de su galaxia anfitriona a un ritmo constante. La estabilidad del jet, su brillo y su estructura recuerdan a los mecanismos que debieron dominar el cosmos cuando las primeras galaxias estaban ensamblándose.
Nunca habíamos visto un agujero negro tan próximo comportándose como un fósil viviente del universo primitivo.
El hallazgo no implica que este agujero negro sea un auténtico superviviente del Big Bang, sino que las condiciones internas de su sistema —la tasa de acreción, la geometría del disco de materia, la eyección del jet— imitan las que existían cuando el cosmos tenía menos de mil millones de años. Es como encontrar en un bosque actual una especie de planta que se creía extinta desde el Devónico.
Por qué este hallazgo cambia nuestra visión de los agujeros negros tempranos
El valor de este descubrimiento no reside en el objeto en sí, sino en lo que nos permite deducir. Los cuásares primitivos llevan su luz viajando tanto tiempo que estudiarlos con precisión es un desafío técnico formidable. Este agujero negro local, en cambio, se puede observar con decenas de instrumentos terrestres y espaciales. Cada detalle de su jet, de la variabilidad de su brillo, de la interacción con el medio interestelar de su galaxia anfitriona, se convierte en una pieza del puzle que ayudará a comprender cómo se formaron y crecieron los primeros agujeros negros supermasivos.
Cabe preguntarse, no obstante, si este objeto es una anomalía o si existen muchos más como él esperando a ser identificados en los catálogos de radio. El equipo de Komossa apuesta por lo segundo. Si otras galaxias cercanas albergan agujeros negros con jets ‘primordiales’, los astrónomos podrían construir un catálogo de laboratorios locales para el universo temprano sin necesidad de telescopios que rocen los límites de la física. Por el momento, esta única ventana recién abierta ya está ayudando a ajustar los modelos de crecimiento de agujeros negros y de formación de chorros relativistas. La próxima campaña de observación, prevista para finales de 2026, intentará determinar si el jet se mantiene estable o si el agujero negro está a punto de agotar su combustible.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: Un agujero negro a 1.800 millones de años luz que activa un chorro de partículas típico del universo primitivo.
- Dónde: En una galaxia situada a 1.800 millones de años luz de la Tierra, observable en ondas de radio.
- Institución responsable: Instituto Max Planck de Radioastronomía (MPIfR), con un equipo internacional liderado por Stefanie Komossa.
- Cuándo: El brillo en radio se ha mantenido durante más de ocho años; el estudio se ha presentado en julio de 2026.
- Impacto a futuro: Permitirá estudiar los mecanismos de crecimiento de los primeros agujeros negros del universo en un laboratorio cósmico cercano y accesible.




