Encuentran por primera vez ADN humano en pinturas rupestres prehistóricas

El proyecto hispano-luso First Art aísla material genético adherido a los pigmentos de las cuevas ibéricas. La técnica desvela por fin quiénes dejaron su huella en bisontes y ciervos hace más de 20.000 años.

Por primera vez, un equipo de investigadores ha conseguido aislar ADN humano directamente de los pigmentos con los que fueron pintadas algunas de las obras maestras del arte rupestre del Paleolítico. El proyecto First Art, una colaboración hispano-lusa de dos años, ha logrado extraer material genético de figuras de bisontes, ciervos y signos geométricos que decoran las cuevas de la Península Ibérica. El hallazgo, que se hará público en un congreso internacional la próxima semana, permite por fin preguntar a las paredes quién las pintó.

Por qué las cuevas no querían soltar sus secretos

Datarlas ha sido siempre un quebradero de cabeza. Las pinturas no están enterradas en una capa de sedimento con una cronología clara, sino que flotan en la roca madre, sin contexto estratigráfico. La datación por radiocarbono funciona solo si el pigmento contiene carbón vegetal, y no todas las figuras lo usan. La datación uranio-torio sobre costras de calcita solo da una edad mínima, y no siempre se forma una costra encima. Por eso la edad de cuevas como Altamira, La Pasiega o Maltravieso sigue siendo terreno de debate.

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El proyecto First Art, impulsado por el CSIC y la Universidad de Lisboa, se planteó una idea casi detectivesca: si cada persona que tocó la pared dejó células de su piel, ¿podrían recuperarse restos de su ADN adheridos al pigmento? Era un plan ambicioso, casi una locura técnica. Pero tras dos años de trabajo de campo en cuevas españolas y portuguesas, los resultados son contundentes: han aparecido fragmentos de genoma humano atrapados en el ocre, el carbón y el manganeso.

El hallazgo transforma las capas de pintura en una especie de forensic drop: una huella biológica que sobrevivió decenas de milenios. No se trata de una hebra larguísima de ADN —sería imposible—, sino de fragmentos cortos que, secuenciados y comparados con genomas humanos modernos y neandertales, permiten trazar una filiación poblacional. “Es como encontrar una gota de sangre en una piscina olímpica”, explica uno de los investigadores, “pero ahora tenemos el equipo de amplificación adecuado”.

Así funciona la arqueología molecular del pigmento

El proceso es tan delicado como suena. Los arqueólogos recolectan micro-muestras con hisopos estériles, apenas unos miligramos de pigmento, y los introducen en tubos sellados dentro de la cueva para evitar contaminación moderna. La secuenciación masiva de nueva generación hace el resto: identifica los fragmentos y los compara con bases de datos genómicas. En las primeras pruebas, aplicadas a una figura de ciervo en la cueva cántabra de Covalanas, el ADN extraído —con doble espacio buscado— apuntaba a un individuo de la población europea del Paleolítico superior, un Homo sapiens con una mezcla de ascendencia gravetiense y magdaleniense.

Lo más sorprendente es que la técnica no solo identifica al autor principal, sino que también detecta mezclas: en un panel de bisontes de la cueva portuguesa de Escoural aparecieron dos firmas genéticas distintas, como si dos personas hubieran participado en la obra o alguien hubiera retocado el dibujo siglos después. Este nivel de detalle convierte al arte rupestre en un archivo demográfico inesperado.

arte rupestre

Qué cambia (y qué no) con la identificación genética de los artistas

La primera implicación es que ya no tenemos que imaginar a los pintores como seres anónimos. Saber que fueron Homo sapiens y no neandertales, o que ciertos motivos geométricos los trazó una mano femenina, rompe mitos y construye una arqueología de la autoría. El estudio, que se publicará este mes en Scientific Reports, indica que la mayoría de las muestras corresponden a sapiens, aunque en una cueva de la cornisa cantábrica se identificó un haplotipo minoritario compatible con neandertales tardíos, lo que alimenta el debate sobre si los neandertales crearon arte simbólico o simplemente imitaron.

Conviene moderar el optimismo. El ADN antiguo se degrada con mucha facilidad: un toque casual de un visitante, la humedad de una gruta o la propia acción bacteriana pueden borrar las señales. Además, la técnica funciona mejor en pigmentos con base orgánica, como el carbón, que en los óxidos metálicos. Por ahora los resultados se limitan a cinco cuevas y una decena de muestras, así que estamos lejos de un censo genético de todo el arte paleolítico europeo.

Con todo, la puerta se ha abierto. Los responsables del proyecto First Art ya preparan una segunda campaña en cuevas francesas y balcánicas. La posibilidad de emparejar el genoma del artista con los restos humanos enterrados en la misma región añade una dimensión inédita: podremos vincular a quién pintó con quién vivió, y tal vez hasta con quién enterraron. El arte rupestre, ese libro mudo de la prehistoria, empieza a tener nombre genético.

Cada trazo de ocre, cada silueta de bisonte, guardaba una firma biológica que permaneció oculta durante milenios.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: ADN humano preservado en los pigmentos de pinturas rupestres paleolíticas.
  • Dónde: Cuevas de la Península Ibérica, como Covalanas (Cantabria) y Escoural (Portugal).
  • Institución responsable: Proyecto First Art, colaboración entre el CSIC (Instituto de Arqueología de Mérida) y la Universidad de Lisboa.
  • Cuándo: Campaña de 2024-2026; resultados presentados en congreso en julio de 2026 y publicados en Scientific Reports.
  • Impacto a futuro: Permite identificar directamente a los autores del arte rupestre y la posible coautoría entre humanos modernos y neandertales.

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