Fracaso de un unicornio: la historia del fundador que acabó entre rejas y lo que enseña sobre ética emprendedora

El fundador de Gojek fue condenado a 10 años de prisión por corrupción tras adjudicar 1,2 millones de Chromebooks a Google, uno de los inversores de su startup, sin concurso ni informe técnico que lo avalara. La lección para cualquier founder es que la integridad no puede diluirs

La presión por escalar un negocio puede llevar a un founder a cruzar líneas rojas sin darse cuenta. Nadiem Makarim, el creador del unicornio indonesio Gojek, acaba de pagarlo con 10 años de cárcel y una multa de 40 millones de euros. Su caso es una lección brutal sobre los límites de la ambición y la ética en el ecosistema emprendedor.

Nadiem Makarim fundó Gojek en 2010, con poco más de veinte años y un MBA de Harvard. Para capitalizar la plataforma de moto-taxis y reparto, fue diluyendo su participación: primero dieron entrada a fondos de Silicon Valley, luego a gigantes como Google o Softbank. En 2016 Gojek se convirtió en el primer unicornio indonesio, con una valoración que superó los 1.000 millones de dólares, y llegó a alcanzar los 6.000 millones en sucesivas rondas.

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Pero la historia de Makarim no empieza en un garaje anónimo. Su madre cofundó un premio a la integridad y su padre formó parte del comité anticorrupción que tumbó a un presidente del Parlamento durante la dictadura de Suharto. La ironía es que, mientras los Makarim construían una reputación intachable, el hijo terminaría entre rejas por el mismo tipo de prácticas que ellos combatieron.

De emprendedor modelo a ministro en entredicho

En 2019 aceptó el Ministerio de Educación, Cultura y Tecnología, desvinculándose formalmente de Gojek. Desde esa poltrona impulsó la compra de 1,2 millones de Chromebooks para las escuelas del archipiélago. El proveedor elegido fue Google, uno de los inversores de referencia de su excompañía. No hubo concurso público y, lo que es más grave, desoyó un informe técnico que desaconsejaba ese modelo de portátil en un país de seis mil islas donde la cobertura wifi es muy irregular. La operación le costó al Estado indonesio 40 millones de euros.

La sentencia —dictada a finales de junio de 2026— considera que Makarim incurrió en corrupción, aunque no acredita que recibiera soborno alguno. Le impone 10 años de prisión y le obliga a pagar la misma cantidad de la compra: 40 millones de euros. Si no la reúne, la condena se ampliará cinco años más. El fundador salió llorando del juzgado y declaró que le resulta imposible juntar esa cifra.

El caso de Makarim demuestra que la integridad no se hereda: se ejerce, sobre todo cuando hay mucho capital en juego.

La condena y el coste reputacional

Mientras el exministro se enfrenta a la cárcel, el Gobierno indonesio ha aprobado un decreto que entrará en vigor este mismo mes de julio: la comisión que las plataformas cobran a los motoristas por cada carrera se reduce del 20% al 8%. Una medida que hunde aún más la ya castigada cotización de Gojek (hoy vale una décima parte de los 30.000 millones de dólares que llegó a alcanzar en su salida a bolsa).

📦 Caso de estudio: La caída de un unicornio ético

  • El reto: Construir el mayor unicornio de Indonesia sin ceder a los conflictos de interés cuando la política y los grandes inversores se cruzan en el camino.
  • La jugada: Aceptar un ministerio y, desde dentro, adjudicar a un inversor clave de su exstartup un contrato millonario sin las garantías técnicas exigibles.
  • El resultado: Condena penal por corrupción, 10 años de cárcel, 40 millones de euros de multa y una reputación destruida.
  • La lección: Separar tajantemente la actividad empresarial de la pública no es un consejo blando: es una línea roja que, si se traspasa, te lleva directamente a la prisión.
fundador en prisión

La defensa de Makarim insiste en que ha sido víctima de una persecución política. Lo cierto es que su entorno familiar y político es denso: su tío fue el último jefe de inteligencia del dictador Suharto y su familia sigue conectada con la actual cúpula de poder. Pero la sentencia es firme y su reputación, irrecuperable.

Para cualquier founder que maneje rondas de venture capital, el caso deja una advertencia cristalina: cuando un inversor se convierte a la vez en cliente público, el conflicto de intereses no es una sutileza legal, es dinamita. Y si además ocupas un cargo de gobierno, el código penal no entiende de métricas de crecimiento.

Lo que enseña el caso a cualquier founder sobre ética y presión

La historia de Makarim recuerda a otros naufragios sonados: Elizabeth Holmes (Theranos) manipuló métricas para mantener viva la narrativa del disruptor; Sam Bankman-Fried confundió audacia con ausencia de controles. En todos los casos, el deseo de escalar rápido acabó erosionando cualquier barrera ética. La diferencia aquí es que Makarim ya no controlaba la startup, pero seguía actuando como si los intereses de Gojek y los del Estado pudieran mezclarse sin consecuencias.

El ecosistema emprendedor español, donde cada vez más founders colaboran con el sector público o reciben financiación europea, tiene una lección clara que extraer. La presión por justificar la valoración ante los inversores no puede convertirse en un atajo que esquive la legalidad. Un informe técnico desfavorable no se ignora; se debate, se mejora o se rechaza con transparencia, pero nunca se entierra.

🚀 Hoja de Ruta para Emprender

  • Forma un comité de ética desde el día uno: No esperes a tener 50 empleados. Incluye a alguien externo que pueda decir «no» cuando la presión por crecer nuble el criterio de los fundadores.
  • Documenta todas las decisiones sensibles: Si un gran inversor aparece en una operación que también beneficia a tu empresa, deja un rastro escrito de por qué se eligió esa opción y qué alternativas se descartaron.
  • Separa absolutamente el rol público del privado: Aceptar un cargo en la Administración mientras tu patrimonio y tu red siguen atados a una startup que tú fundaste es un riesgo penal que no vale la pena correr.

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