El firmamento que inspiró a civilizaciones enteras está en peligro: un nuevo estudio cifra en 100.000 el número máximo de satélites que puede orbitar la Tierra sin convertir la noche en un velo luminoso que ciegue a los telescopios. La investigación, liderada por el Observatorio Europeo Austral (ESO) y publicada en Astronomy & Astrophysics, advierte de que las megaconstelaciones previstas —con más de 1,7 millones de artefactos— dispararían el brillo del cielo y harían imposible la detección de galaxias lejanas, exoplanetas y asteroides potencialmente peligrosos.
En el peor de los escenarios, las imágenes tomadas por instrumentos como el Very Large Telescope (VLT) en Chile perderían hasta el 28% de su campo útil durante horas cada noche. El propio estudio señala que un solo tipo de satélite —los espejos reflectantes de Reflect Orbital— podría ser cuatro veces más brillante que la Luna llena cuando refleja la luz solar, igualando al planeta Venus incluso sin apuntar directamente al observador.
El umbral que separa la ciencia de la ceguera
La simulación del ESO es la primera en evaluar conjuntamente tres efectos de la contaminación lumínica orbital: las estelas brillantes que arruinan las exposiciones, la luz difusa emitida por satélites invisibles al ojo humano y el aumento global del brillo del cielo debido a la dispersión atmosférica. Los investigadores adaptaron un modelo validado durante décadas para calcular la iluminación lunar y lo combinaron con un programa que simula la posición y el brillo de constelaciones enteras.
El resultado es una frontera nítida. Por debajo de unos 60.000 satélites las interferencias serían manejables. Pero al acercarse a los 100.000, y siempre que ninguno fuera visible a simple vista —es decir, con magnitud superior a 7—, los telescopios aún podrían operar con pérdidas asumibles. “No es un número rígido; claramente preferiría 50.000”, declaró Olivier Hainaut, autor principal del estudio, en el comunicado del ESO. A partir de ahí, el cielo se vuelve un paisaje brumoso donde los objetos más tenues se esfuman.
En la práctica, las megaconstelaciones ya presentadas ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC) superan con creces ese umbral. El escenario más extremo, con el millón de satélites propuesto por SpaceX para su red de centros de datos orbitales, provocaría que decenas de estelas atravesasen cada imagen del VLT y que la cámara del Observatorio Vera C. Rubin perdiese la mayor parte de sus capturas durante varias horas. Si los satélites de Reflect Orbital alcanzaran los 50.000, el brillo natural del firmamento se multiplicaría entre tres y cuatro veces. Desde ciudades ya castigadas por la contaminación lumínica terrestre, aquellos puntos serían las únicas «estrellas» visibles.
Por qué la luz residual es más peligrosa que una estela
El estudio distingue entre dos tipos de contaminación. La más conocida es la estela que satélites como los de Starlink dejan al cruzar el campo del telescopio: un trazo blanco que inutiliza parte de la imagen. Pero incluso los satélites que nunca vemos a simple vista —la mayoría— reflejan luz solar. Esa luz se dispersa en la atmósfera mediante los mecanismos de Rayleigh (por las moléculas del aire) y de Mie (por los aerosoles), y se suma al resplandor difuso de fondo.
“Es comparable a observar un paisaje cubierto por una fina neblina; los objetos están ahí, pero distinguir los más tenues cuesta cada vez más”, explicó Hainaut. Ese velo resta contraste a las galaxias lejanas, a los exoplanetas tipo Tierra y a los asteroides que se mueven en silencio. El resultado es que los telescopios necesitan exposiciones mucho más largas para alcanzar la misma sensibilidad, y en muchos casos no compensa. De hecho, con 1,7 millones de satélites la pérdida de sensibilidad sería tal que la astronomía profesional perdería capacidad para detectar amenazas cósmicas en plazos razonables.
El trabajo también desvela la magnitud del proyecto de Reflect Orbital: cada uno de sus satélites-espejo podría brillar como Venus, el lucero del alba, y una constelación de apenas 5.000 unidades aumentaría el brillo del cielo entre un 20% y un 30%. El propio ESO advierte que, en ciudades con luz artificial, esos centenares de puntos serían lo único que la población vería por la noche.

Un millón de satélites —el escenario más extremo— inutilizaría hasta el 28% de cada imagen tomada por el VLT durante gran parte de la noche.
Un patrimonio en juego y una decisión regulatoria urgente
“El envío de miles de satélites tiene implicaciones económicas, ecológicas y astronómicas”, recalcó Hainaut en el comunicado. Él mismo defiende que las propuestas actuales han ido “más allá del límite” que la astronomía puede soportar. No es una postura aislada: el ESO, la Real Sociedad Astronómica y la Unión Astronómica Internacional ya han presentado una respuesta conjunta ante la FCC, que estudia algunas de las solicitudes de lanzamiento más ambiciosas. El objetivo es que la tecnología y la exploración del cosmos no se conviertan en enemigos irreconciliables.
El director general del ESO, Xavier Barcons, recordó que “la astronomía genera un enorme valor para la humanidad” y subrayó que la proliferación de satélites obliga a que astrónomos, ingenieros, operadores y reguladores colaboren en medidas de mitigación antes de que el cambio sea irreversible. Los autores insisten en que la decisión no afectará solo a los laboratorios: el derecho a contemplar un cielo oscuro es un patrimonio compartido, una herencia tan antigua como nuestra especie. Si las megaconstelaciones despegan sin control, esa ventana podría cerrarse en menos de una década.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: El umbral de 100.000 satélites —con brillo inferior a magnitud 7— por encima del cual la astronomía óptica terrestre sufriría pérdidas irreversibles.
- Dónde: El estudio simula observaciones desde el Very Large Telescope (Chile) y el Observatorio Vera C. Rubin (Chile), representativos de la astronomía moderna.
- Institución responsable: Observatorio Europeo Austral (ESO), con Olivier Hainaut como autor principal. Publicado en Astronomy & Astrophysics.
- Cuándo: El artículo se publicó en julio de 2026, basándose en simulaciones que proyectan escenarios de 2030-2035.
- Impacto a futuro: Fija una base científica para que reguladores como la FCC limiten las megaconstelaciones y preserven el cielo nocturno como patrimonio de la humanidad.




