Estados Unidos desembolsará 50.000 millones de dólares en nueva capacidad de carbón y gas este año, una cifra que supera por primera vez en décadas la inversión china en estas tecnologías. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) alerta de que el récord, impulsado por el auge de los centros de datos, compromete seriamente los objetivos climáticos globales.
Según los datos recogidos por el Financial Times, el gasto estadounidense en centrales de carbón y gas natural alcanzará los 50.000 millones de dólares en 2026, frente a los 47.000 millones que se espera invierta China. La diferencia, de 3.000 millones de dólares, es modesta, pero el cambio de signo es contundente: el país que durante años lideró la inversión en energías limpias ahora vuelve a abrazar los combustibles fósiles con fuerza.
50.000 millones de dólares en combustibles fósiles: la cifra que rompe tendencias
La cifra de 50.000 millones incluye tanto la construcción de nuevas plantas como la modernización de las existentes, pero el motor principal es el desembarco masivo de turbinas de gas. La Agencia Internacional de la Energía señala que la demanda de gas natural para generación eléctrica está experimentando un repunte inédito en Estados Unidos, alimentada por la necesidad de suministro firme y continuo.
China, por su parte, sigue siendo un gigante inversor en carbón, pero su foco ha ido virando hacia las energías renovables y la nuclear. Que el gigante asiático quede por detrás de Estados Unidos en apuesta por los fósiles no es una buena noticia para el clima, sino todo lo contrario: refleja que el apetito energético de la primera potencia mundial está lejos de saciarse con fuentes limpias.
El detonante de esta escalada inversora tiene nombre propio: los centros de datos. La explosión de la inteligencia artificial, los servicios en la nube y el procesamiento de grandes volúmenes de información está disparando la demanda de electricidad en el país. Para muchos operadores, las renovables no bastan; necesitan una fuente ininterrumpida que garantice el funcionamiento las 24 horas del día, los 365 días del año.
El motor oculto: los centros de datos y la demanda eléctrica al rojo vivo

Los pedidos de turbinas de gas natural se han multiplicado en los últimos meses. Empresas como General Electric y Mitsubishi Power han registrado carteras récord para suministrar equipos a nuevos centros de datos en Virginia, Texas y otros estados. A este ritmo, la capacidad de generación a partir de gas en tramitación supera ya los 200 gigavatios, según estimaciones de S&P Global, una cifra que duplica la media de los últimos cinco años.
El regreso del carbón y el gas en Estados Unidos no es una anécdota coyuntural, sino una señal de que la transición energética tiene un adversario formidable: la voracidad digital.
Aunque el carbón también recibe una parte de la inversión, el gas es el claro protagonista. Las centrales de ciclo combinado pueden arrancar y parar con rapidez, lo que las convierte en el complemento perfecto para un sistema eléctrico con alta penetración de renovables intermitentes. Paradójicamente, el despliegue de más eólica y solar está incentivando la instalación de capacidad de gas de respaldo. Una dinámica que los planificadores energéticos conocen bien.
Análisis: la transición energética ante un espejo incómodo
Que Estados Unidos, cuna de la revolución del fracking y segundo mayor emisor del planeta, aumente su dependencia de los combustibles fósiles es un jarro de agua fría para los objetivos del Acuerdo de París. La propia AIE, en su hoja de ruta de cero emisiones netas, establece que, a partir de 2030, no debería haber nuevos proyectos de carbón sin sistemas de captura de carbono. Sin embargo, la realidad muestra un camino distinto.
El informe World Energy Investment 2026 de la AIE, que todavía no se ha publicado oficialmente pero cuyos datos ha adelantado el Financial Times, revela que la inversión mundial en energías limpias crecerá este año hasta los 2 billones de dólares, un récord. Pero el gasto en combustibles fósiles también sigue al alza, superando el billón de dólares. La brecha entre lo que se necesita y lo que se invierte es cada vez más grande.
Yo he cubierto el sector energético durante más de una década, y este dato me confirma algo que llevo años defendiendo: la transición no es una línea recta. La demanda de electricidad, estimulada por la digitalización y la electrificación del transporte y la calefacción, crece más deprisa que la capacidad de las renovables de sustituir por completo el hueco térmico. Mientras tanto, el gas natural, más barato en Estados Unidos gracias al esquisto, se convierte en la opción por defecto para cualquier necesidad inmediata de potencia firme.
El riesgo es que esta ola inversora consolide una infraestructura fósil con décadas de vida útil, atrapando a la economía estadounidense en emisiones difíciles de reducir. Los centros de datos, que consumen ya el 4% de la electricidad del país y podrían duplicar su cuota en cinco años, son la punta de lanza de una demanda que las renovables, con los actuales cuellos de botella en redes y almacenamiento, no pueden atender en solitario.
¿Será este repunte un espejismo pasajero o el inicio de una nueva era dorada para el gas y el carbón? La respuesta no la darán los gobiernos, sino los mercados y los millones de servidores que nunca duermen.




