Caldas de Reis, el pueblo con aguas termales en el lavadero público

Desde época romana, las aguas sulfurosas brotan calientes en este municipio pontevedrés. Los peregrinos del Camino Portugués se refrescan en la fuente de Las Burgas, pero es en el antiguo lavadero donde el baño termal es libre y gratuito.

El agua mana caliente, a veintitrés grados, en una pileta de piedra que todavía recuerda su uso original como lavadero de pueblo. Las manos se sumergen y el vapor desprende un tenue olor a azufre. Es mediodía en Caldas de Reis, Pontevedra, y mientras algunos vecinos pasean por la calle Don Carlos García Bayón, otros se sientan en el borde de esta gran bañera colectiva, la misma en la que antaño las mujeres hacían la colada con un agua que brotaba del subsuelo a temperaturas termales. Nadie cobra entrada, no hay horarios, y el único requisito es saber que aquí, en el corazón de esta villa pontevedresa, el lujo termal es un bien común desde hace siglos.

Caldas de Reis no es solo un punto en el Camino Portugués ni un conjunto de balnearios de pago: es un municipio donde el termalismo ha calado tan hondo que hasta el nombre delata su esencia. ‘Caldas’ procede del latín aquae calidae, aguas calientes, y ya los romanos apreciaron estos manantiales que emergen sulfurados, cloruro-sódicos e hipertermales. Los análisis actuales les atribuyen beneficios para afecciones respiratorias, reumáticas, tópicas, ginecológicas e incluso para la recuperación posquirúrgica. Con semejante aval geológico, lo sorprendente no es que el pueblo cuente con dos balnearios privados, sino que exista un lugar donde el baño termal siga siendo tan libre como el aire.

Publicidad

El origen de las aguas calientes

El subsuelo de Caldas de Reis actúa como una caldera natural. El agua de lluvia se filtra hasta grandes profundidades, se calienta al contacto con rocas graníticas y asciende de nuevo enriquecida con minerales. Brota a unos cuarenta grados en los manantiales que alimentan los balnearios, pero también aflora en puntos insospechados, como la fuente de Las Burgas o el propio lavadero. Esta singularidad geológica no pasó desapercibida para los romanos, que construyeron villas termales en la zona, aunque los vestigios más visibles hoy corresponden a la larga tradición balnearia de los siglos XIX y XX.

El Balneario Acuña, en un edificio de arquitectura gallega de principios del siglo XX, y el Balneario Dávila, rodeado por un cañaveral de bambú que le da un aire casi tropical, son las dos referencias privadas del municipio. Ambos ofrecen circuitos termales, tratamientos y alojamiento, pero el visitante con curiosidad no tarda en descubrir que la esencia termal de Caldas se desborda más allá de sus muros.

termas de Caldas de Reis

Dos balnearios y una fuente tramposa

Junto a la entrada de Dávila, unos pocos escalones descienden hasta la fuente de Las Burgas, construida en 1881. Dos caños con cabeza de león vierten agua sin cesar: de uno sale fría; del otro, caliente. El contraste sorprende tanto a los peregrinos del Camino Portugués, que hacen aquí fin de etapa, como a cualquier visitante que se acerque. Es inevitable descalzarse y meter los pies. Sin embargo, un cartel advierte de la prohibición expresa de mojarse, bajo multa. A veces la señal desaparece, pero la norma municipal sigue vigente: el baño de pies está vetado. Lo que sí está permitido es tocar el agua con las manos y, más curioso aún, beberla a sorbitos. Se trata de la llamada cura hidropínica, una práctica terapéutica que consiste en ingerir pequeñas cantidades de agua mineral caliente durante un periodo controlado para aprovechar sus propiedades sobre el aparato digestivo y las vías urinarias.

Así que la fuente, con su doble caño y su historia, funciona más como una introducción a la cultura termal local que como un balneario en miniatura. Los viajeros se fotografían, prueban el sabor mineral del agua y siguen su camino, a menudo sin saber que a apenas cincuenta metros les espera una experiencia mucho más completa.

Un lavadero público convertido en baño termal gratis

En la misma calle Don Carlos García Bayón, el lavadero público de Caldas de Reis es hoy un espacio de recreo de lo más singular. Fue construido para que las mujeres del pueblo lavaran la ropa con agua caliente que brotaba de forma natural, sin necesidad de calderas. La colada se convertía en un acto social, un punto de encuentro donde se compartían historias, consejos y saberes populares. Con la llegada masiva de las lavadoras, el lavadero cayó en desuso como tal, pero su función termal le otorgó una segunda vida.

termas de Caldas de Reis

Hoy, cualquier persona puede sentarse en sus poyetes de piedra y sumergir pies, piernas o incluso el cuerpo entero en un agua que, según los análisis, es sulfurada, sódica y alcalina, con una temperatura media de veintitrés grados. Ese calor suave, sin resultar excesivo, relaja los músculos y, según la creencia popular respaldada por los beneficios atribuidos a estas aguas, alivia reumas, problemas cutáneos y molestias respiratorias. El acceso es libre las veinticuatro horas del día, todos los días del año. No hay taquilla ni vigilante; solo la confianza en que cada cual respetará el espacio. Es, sin duda, uno de los secretos mejor guardados del turismo termal gallego.

Los vecinos lo frecuentan con naturalidad. Algún jubilado sumerge los pies mientras lee el periódico, una pareja se moja las piernas tras una caminata, y los peregrinos, que ya han sorteado la tentación de la fuente, descubren aquí por fin cómo sienta el agua caliente en sus articulaciones cansadas. El lavadero, con su techumbre de madera y su sencilla estructura, mantiene la arquitectura popular gallega sin artificios. No hay vestuarios ni servicios, así que conviene llevar un bañador y una toalla.

El oro que relucía bajo los campos de As Silgadas

El subsuelo de Caldas de Reis no solo esconde aguas termales: también guarda la mayor acumulación de oro de la Prehistoria europea. En los años cuarenta del siglo XX, unos labradores que trabajaban en la finca de As Silgadas tropezaron de forma casual con un conjunto de cuarenta y una piezas de oro de gran pureza y de procedencia aluvial. El peso total rondaba los quince kilos. Había aros de distintos tamaños, fragmentos de barra, cuencos con asa lateral, una jarra, láminas decoradas e incluso un peine o peineta. Los agricultores vendieron una parte antes de que las autoridades tuvieran conocimiento del hallazgo, pero lo que se logró recuperar constituye uno de los tesoros más excepcionales de la Edad del Bronce en el continente.

Las piezas que quedaron a resguardo se exhiben hoy en el Museo de Pontevedra, a unos veinte kilómetros de distancia. Verlas de cerca permite intuir la maestría orfebre de aquellas comunidades y preguntarse por qué enterraron semejante fortuna en una finca que hoy parece tan tranquila. Para los arqueólogos, el tesoro de Caldas de Reis sigue siendo un enigma, una ventana a un pasado en el que el oro circulaba como símbolo de poder y prestigio en el noroeste peninsular.

termas de Caldas de Reis

Un jardín botánico de récord y una iglesia que sobrevivió a Almanzor

Una vez entrados en calor en el lavadero, conviene calzarse y recorrer el patrimonio cultural del pueblo. La iglesia parroquial de Santa María de Caldas de Reis es el primer testimonio pétreo de su resistencia. Fue destruida durante las incursiones de Almanzor en el siglo X y reconstruida en siglos posteriores, aunque la fábrica actual muestra una mezcla de estilos que va del románico tardío al barroco. Su sencillez exterior contrasta con la solera de un templo que lleva más de mil años marcando el perfil del municipio.

A pocos minutos andando, el jardín botánico es una sorpresa de dimensiones casi descomunales: nada menos que veintitrés mil metros cuadrados de verdor, con una historia que se remonta al siglo XIV. Conocido como el parque-jardín, alberga plantas procedentes de los cinco continentes. Destacan una nutrida colección de camelias, que en primavera tiñen los paseos de rojos y rosados, y una alineación de robles centenarios dispuestos de forma paralela al río Umia. El trazado invita a pasear sin prisas, escuchando el murmullo del agua que corre hacia la fervenza más famosa de la comarca.

La fervenza de Segade y el puente romano

Apenas kilómetro y medio separa el centro de Caldas de Reis de la fervenza de Segade. En gallego, fervenza significa cascada, y esta, situada en el río Umia, es una sucesión de pozas y saltos de agua que se escalonan entre rocas graníticas. Se puede llegar caminando por un sendero sencillo o en coche, ya que hay una pequeña zona de estacionamiento. El rumor del agua se oye antes de verla, y al doblar un recodo, la vista se abre sobre una lámina de espuma blanca que salpica los helechos de las orillas. En verano, las pozas invitan a un chapuzón, aunque el agua está considerablemente más fría que la termal del lavadero.

Junto a la cascada, el puente de Segade es un paso de origen romano de un solo arco que salva el Umia con una elegancia que el tiempo no ha borrado. Debió de formar parte de la vía secundaria que unía las tierras del interior con la costa, y su estado de conservación es impecable gracias a una remodelación que se llevó a cabo en el siglo XVIII. Cruzarlo a pie, con el rumor del agua debajo, devuelve al viajero a épocas en que estos puentes eran infraestructuras vitales para el comercio y el trasiego de peregrinos.

Caldas de Reis, en definitiva, despliega un catálogo termal y patrimonial que se saborea sin prisa. El agua que brota caliente no es solo un reclamo sanitario, sino el hilo conductor de una historia que va de los romanos al lavadero público, del oro prehistórico a las camelias del jardín botánico. Un pueblo que lleva las ‘caldas’ en el nombre y que entrega al visitante, sin pedir nada a cambio, la caricia tibia de sus entrañas.


Publicidad