Bruselas se despide de la etiqueta energética en papel. La Comisión Europea ha propuesto eliminar la obligación de entregar físicamente esta información para electrodomésticos, electrónicos y neumáticos, abriendo paso a formatos digitales en tiendas y compras online. El cambio, estimado en 125 millones de euros de ahorro en diez años, es uno de los platos fuertes del último paquete de simplificación legislativa de la UE.
La medida afecta a productos que van desde lavadoras y frigoríficos hasta televisiones, videoconsolas, bombillas y neumáticos. Actualmente, todos ellos deben exhibir una etiqueta impresa con la clase de eficiencia, desde la A (verde oscuro) hasta la G (rojo). Bruselas sostiene que ese método no siempre es el más adecuado.
Qué cambia: códigos QR y pantallas electrónicas
El corazón de la reforma es claro: la etiqueta en papel deja de ser obligatoria siempre. La Comisión plantea alternativas que ya funcionan en otros sectores y que, según sus cálculos, pueden mantener la transparencia sin disparar costes.
En tiendas físicas, los expositores electrónicos serían una opción aceptable. Para el comercio entre empresas, un código QR en la documentación del producto bastaría. Y si el cliente no ve el aparato hasta que un profesional lo instala —cocinas, por ejemplo—, la oferta contractual detallará la clase energética por el canal que se haya pactado.
Además, se pone fin a la absurda obligación de mantener juntas la etiqueta antigua y la nueva durante cuatro meses cada vez que se actualiza la clasificación. Ya no será necesario. Un inciso que reduce tiempos y costes sin afectar al consumidor.
El ahorro: 125 millones en diez años (y 40 millones solo en neumáticos)
La Comisión ha puesto cifras concretas al beneficio económico. El ahorro total estimado para fabricantes y vendedores asciende a 125 millones de euros en un horizonte de diez años. La mayor parte proviene de la eliminación de impresiones, gestión de papel y almacenamiento.
La etiqueta en papel lleva décadas cumpliendo su función. Sustituirla sin perder eficacia informativa exigirá un diseño digital claro y accesible.
Pero los neumáticos son un capítulo aparte. Bruselas propone suprimir la exigencia de que los concesionarios muestren la etiqueta energética de los neumáticos al vender un coche nuevo, porque el usuario final casi nunca elige el neumático que se monta en en su vehículo. Esta medida por sí sola podría ahorrar hasta 40 millones al año.
Eso sí, la etiqueta digital no desaparece. Seguirá siendo obligatorio que la información energética esté disponible de forma clara y en un formato comparable, ya sea en una pantalla, un código escaneable o en la ficha técnica enviada por correo electrónico. El objetivo de la UE es “sin bajar los estándares o reducir los beneficios para los consumidores”, recalca la institución.
La propuesta no es un cheque en blanco. Los Estados miembros y el Parlamento Europeo aún deben debatir el texto y, previsiblemente, introducir enmiendas. Pero el consenso en el sector es que la digitalización del etiquetado es imparable.

¿Merma la protección del consumidor o es un paso lógico?
Aquí conviene afinar el ojo crítico. A primera vista, retirar una etiqueta tangible podría parecer una pérdida de información para el comprador. Pero la realidad es más matizada. Muchos consumidores ya consultan la clase energética online, en la ficha del producto de la tienda, antes de pisar una superficie comercial.
Este cambio acelera una tendencia que ya venía de atrás. La obligación en papel se diseñó para un mercado en el que el cliente miraba el aparato en el expositor. Hoy, buena parte de las compras —sobre todo en electrónica— se realizan por internet, donde una etiqueta en el embalaje no se ve hasta días después de haber tomado la decisión. En ese contexto, forzar la impresión es más un lastre administrativo que una ayuda real.
No obstante, hay un riesgo que el propio Ejecutivo comunitario parece haber detectado: la brecha digital. Un código QR o una pantalla en la tienda no sirven de nada si el cliente no tiene datos en el móvil o no sabe interpretar la información. Por eso, la Comisión se ha apresurado a aclarar que los estándares de protección no se rebajan. La propuesta no elimina la etiqueta, sino que permite que se entregue por medios distintos al papel cuando el método de venta lo aconseje.
A mi juicio, el ahorro es significativo y la medida tiene lógica. Llevo años cubriendo las idas y venidas del etiquetado energético, desde el registro EPREL hasta las sucesivas revisiones de clases. Siempre con la misma tensión: cómo garantizar información fiable sin ahogar a la industria en cargas administrativas. Esta propuesta, si se afina la implementación digital, puede ser uno de esos puntos de equilibrio.
Eso sí, el diablo está en los detalles: ¿serán suficientemente claros los QR? ¿Habrá un formato armonizado en toda la UE? ¿Qué pasa con los puntos de venta sin conexión a internet? Son preguntas que el trámite parlamentario deberá resolver. Porque una etiqueta digital ilegible es peor que ninguna.
La simplificación del etiquetado es solo una pieza de un puzle más grande. Bruselas lleva meses impulsando un programa de reducción de cargas para empresas, convencida de que la competitividad europea pasa por aligerar normativa sin sacrificar protección ambiental. El ahorro de 125 millones en una década puede parecer modesto en términos macroeconómicos, pero para fabricantes de electrodomésticos que operan con márgenes estrechos, cada euro cuenta.
Y el caso de los neumáticos es revelador. Hasta 40 millones de euros al año en costes evitados solo por no imprimir una etiqueta que el comprador no ve. Es el ejemplo perfecto de burocracia ineficaz: un trámite que existe por inercia, no por necesidad real del usuario.
Habrá que seguir de cerca la tramitación. La propuesta no entrará en vigor antes de mediados de 2027, como muy pronto, una vez que Consejo y Eurocámara la aprueben. Hasta entonces, las tiendas seguirán entregando la etiqueta en papel. Pero el camino hacia un etiquetado energético digital está trazado.




