La primera ministra italiana apareció hace unos días en ropa interior en las redes sociales. No era ella, era una imagen generada por inteligencia artificial que circuló durante horas con un realismo tan perturbador que la propia Giorgia Meloni tuvo que desmentirla. Con una mezcla de ironía y preocupación, admitió que el montaje la había mejorado bastante, pero acto seguido lanzó una advertencia que merece leerse muy despacio: “Los deepfakes son peligrosos porque pueden engañar y golpear a cualquiera. Yo puedo defenderme, pero muchos otros no pueden”.
Esa frase, que podría sonar a simple lamento, es en realidad la punta del iceberg de un sistema que lleva dos décadas aprendiendo a conocernos mejor que nosotros mismos. Así lo plantea Marc Vidal en su último análisis, donde conecta el caso Meloni con una maquinaria de manipulación digital que no solo fabrica imágenes falsas, sino que modula emociones, levanta perfiles psicológicos y mercantiliza la atención sin que el usuario sea consciente.
La verdadera manipulación no es una imagen falsa
El deepfake de Meloni tiene algo de virtud: es visible, identificable y su víctima cuenta con altavoces. Pero Vidal sostiene que la manipulación que de verdad importa no se presenta con un montaje fácil de desmentir. “Llega como el orden en que aparecen las cosas en tu pantalla”, explica, como el contenido emocional que predomina en el muro de una red social un martes cualquiera. Añade que, según proyecciones de la UNESCO, para finales de este mismo año las identidades no humanas —bots, agentes de IA, cuentas automatizadas— podrían superar en número a las humanas en los entornos digitales. Eso significa que el espacio donde se forma la opinión pública y se decide qué pensar estará dominado por entidades que no son personas.
El experimento de Facebook que nadie autorizó
Para entender cómo se ha llegado hasta aquí, Vidal recuerda un episodio de 2012 que parece ciencia ficción pero fue ciencia pura. Facebook seleccionó a 689.003 usuarios sin informarles y manipuló durante una semana el contenido emocional que veían: a una parte le filtraron publicaciones positivas y a otra, negativas. Los resultados, publicados en 2014 en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences, demostraron un contagio emocional a escala masiva a través de la red social. “No era un estudio sobre la mente humana, era I+D”, sentencia el analista. La conclusión era comercial: un usuario emocionalmente activo interactúa más, y la interacción se monetiza.
La revista acabó lamentando la forma en que se obtuvo el consentimiento, pero el daño ya estaba hecho. Aquel ensayo a ciegas sentó las bases de un modelo de negocio que hoy se ha sofisticado hasta extremos impensables.
De los ‘me gusta’ al perfil psicológico
Para dimensionar el poder actual de los algoritmos, Vidal rescata una figura casi olvidada: Michael Kosinski. En 2013, siendo investigador de la Universidad de Cambridge, publicó un estudio que, con los datos de 58.000 usuarios, lograba predecir rasgos como la orientación sexual, la etnia, la ideología política o incluso si los padres se habían divorciado a partir de simples “me gusta” en Facebook. Dos años después, un seguimiento comparó la precisión del modelo con el conocimiento de personas cercanas: con 10 likes ya superaba a un compañero de trabajo; con 150, a un familiar; y con 300, a la propia pareja.
“Algo que antes se evaluaba de forma individual ahora puede inferirse automáticamente para millones de personas sin que lo noten. Es asombroso y un poco aterrador.”
— Michael Kosinski, citado por Marc Vidal
Desde entonces, recuerda Vidal, las plataformas no han acumulado tres años de datos, sino quince, y no 58.000 usuarios, sino miles de millones. Tampoco se limitan a los ‘me gusta’: ahora registran tiempo de visionado, velocidad de scroll, retrocesos, pausas sobre una imagen. El algoritmo de TikTok, describen sus propios ingenieros en 2026 como un motor de retención emocional, ya no mide lo que dices, sino cómo reaccionas antes de que hayas decidido reaccionar.
¿Te escuchan? El negocio del Active Listening
Pero la extracción de datos dio un paso más. En diciembre de 2023, la empresa estadounidense Cox Media Group colgó en su web un artículo titulado Tus dispositivos te escuchan. No era una denuncia, sino un argumento de venta. Ofrecía un producto llamado Active Listening que, según una presentación filtrada y publicada por el medio 404 Media, capturaba audio del entorno a través del micrófono del móvil, lo cruzaba con el perfil de comportamiento y detectaba intenciones de compra a partir de conversaciones domésticas. Entre sus socios figuraban Meta y Google, aunque ambas compañías se desmarcaron cuando la polémica estalló.
Vidal subraya la fina línea que separa esta práctica de la legalidad: CMG alegaba que no grababa directamente, sino que compraba datos de voz recogidos por aplicaciones de terceros, y que todo estaba cubierto por contratos de consentimiento que el usuario acepta sin leer. “Es la arquitectura del consentimiento digital”, ironiza.
La falsa protección: un panóptico digital con sello público
El profesorado de Harvard Shoshana Zuboff describió la experiencia humana como “materia prima gratuita que se extrae y se traduce en datos de comportamiento”. Y esa lógica explica por qué, para Vidal, ninguno de los casos anteriores es un incidente aislado: son piezas del mismo modelo de negocio. Pero el vídeo va más allá al advertir de que la respuesta regulatoria que muchos reclaman puede ser una trampa. La Unión Europea avanza con el AI Act y la Digital Services Act, pero el analista enumera tres ejemplos preocupantes: la Online Safety Act británica, que obliga a entregar el carné de identidad o una foto del rostro para acceder a contenido sensible y que disparó un 1.400 % las descargas de VPNs; el ‘chat control’ europeo, que pretendía escanear los mensajes antes de cifrarlos (y que un informe jurídico del Consejo calificó de vigilancia generalizada); y el paquete antiblanqueo que limita el efectivo y centraliza la vigilancia financiera, allanando el camino al euro digital con pagos condicionales.
“La máquina que aprendió a leerte antes de que la neurociencia supiera explicar cómo funciona nuestra mente la pusieron en tu bolsillo, te hicieron pagar por ella y le llamaron regalo. Ahora otro quiere la llave de esa maquina y le llaman protección”, resume Vidal con una frase que recuerda al panóptico de Bentham. El vídeo no pide desinstalar aplicaciones ni depositar la esperanza en un partido político, sino recuperar el control sobre lo único que realmente nos pertenece: la atención, el escepticismo y los datos que decidimos entregar. “La culpa, querido Bruto —cita finalmente a Shakespeare—, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos”.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Marc Vidal en YouTube a continuación.




