La cumbre del G7 en su 52ª edición, celebrada esta semana, ha marcado un punto de inflexión en el reparto del poder global: los líderes de la inteligencia artificial desplazaron a los jefes de Estado como los auténticos protagonistas de la cita. Sam Altman (OpenAI), Dario Amodei (Anthropic) y Demis Hassabis (Google DeepMind) dominaron los encuentros bilaterales y las comidas de trabajo, mientras los presidentes se esforzaban por cortejar su favor.
Claves de la operación
- Los Estados cortejan a las tecnológicas para asegurarse el acceso a la IA más avanzada. Las reuniones bilaterales entre máximos mandatarios y directivos marcaron la agenda de la cumbre, confirmando una dependencia estratégica que crece cada trimestre.
- Anthropic, OpenAI y Google DeepMind compiten por ser el socio preferente de las potencias mundiales. Cada empresa presentó su capacidad tecnológica y su disposición a colaborar con los gobiernos, aunque con condiciones que limitan la soberanía de éstos.
- Europa se queda sin un asiento propio en la mesa de la IA geopolítica. La fragmentación regulatoria y la ausencia de un gigante tecnológico comunitario convierten al bloque en un mero consumidor de herramientas desarrolladas en Estados Unidos y China.
Jessica Brandt, del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), resumió la situación con una afirmación que ha resonado en los pasillos de la cumbre: “Estamos viendo un cambio en quién consigue un asiento en la mesa, y una señal de dónde se asienta el poder”. La frase, recogida por medios presentes en el evento, ilustraba la posición negociadora que las empresas de inteligencia artificial han alcanzado frente a los estados.
El almuerzo en el que se decidió quién controla la IA
Uno de los momentos más reveladores de la cumbre fue la comida de trabajo en la que coincidieron Altman, Amodei y Hassabis con líderes como Donald Trump y Emmanuel Macron. La configuración de la mesa, con los directivos tecnológicos en el centro de la conversación, dejó patente que los grandes acuerdos geopolíticos dependen hoy de la infraestructura de cómputo y los modelos de lenguaje que esas empresas ponen —o retiran— a disposición de los gobiernos.
En paralelo, el primer ministro de India, Narendra Modi, se reunió con Arthur Mensch, CEO de la startup francesa Mistral, en un gesto que parece buscar alternativas al dominio estadounidense. Sin embargo, la capacidad de Mistral para competir con la escala de OpenAI o Anthropic sigue siendo limitada. La mayoría de los líderes del G7 los presidentes europeos se concentraron en los tres nombres que controlan los modelos más potentes del momento.
El veto a Fable 5: cuando la IA se convierte en arma y EEUU aprieta el gatillo
El detonante de este nuevo orden fue la reciente decisión de Estados Unidos de vetar la exportación del modelo Claude Fable 5, desarrollado por Anthropic, a varios países aliados. Emerson Brooking, socio del Atlantic Council, explicó en CNBC que “los controles de exportación sobre los modelos de Anthropic lo han cambiado todo”. El mensaje de Washington es inequívoco: el acceso a la IA de frontera no es un bien público global, sino un activo estratégico que se administra con criterios de seguridad nacional.
Las implicaciones de esta política se extienden a otras herramientas con capacidades avanzadas de ciberseguridad, como Claude Mythos Preview y GPT-5.5 Cyber, cuyas capacidades han alarmado a gobiernos y empresas. Europa ya expresó su malestar cuando Anthropic permitió a algunas corporaciones estadounidenses utilizar Mythos Preview antes que a sus homólogas comunitarias, una queja que en esta cumbre apenas encontró respuesta.

Brooking añadió una reflexión que conecta directamente con lo vivido en el G7: “Varios países del G7 han aludido previamente a la necesidad de inversiones soberanas en IA, pero siempre se había asumido que éstas tendrían lugar de forma conjunta al acceso a la pila tecnológica de EEUU. Ahora EEUU ha indicado su voluntad de cortar acceso a su tecnología de IA tanto al G7 como incluso a sus tratados con potencias aliadas”. La brecha entre la expectativa de colaboración y la realidad de la exclusión se ha convertido en el telón de fondo de todas las negociaciones multilaterales.
Los gobiernos del G7 se reúnen para cerrar acuerdos globales, pero su soberanía depende de una infraestructura privada que controlan unas pocas empresas.
El ‘Momento Oppenheimer’ de la inteligencia artificial: ¿quién tiene la llave del arsenal?
La concentración del poder en manos de las tecnológicas evoca, inevitablemente, el desarrollo de las armas nucleares a mediados del siglo XX. Entonces, solo un puñado de países podían fabricar y desplegar estos arsenales, generando una dinámica de disuasión y dependencia. Hoy, los centros de datos que ejecutan los modelos de IA más avanzados están mayoritariamente bajo el control de empresas estadounidenses y chinas. La inteligencia artificial, por tanto, no solo es un acelerador económico, sino un nuevo vector de poder duro, con capacidad para romper el equilibrio geopolítico que el G7 intenta preservar.
En este contexto, Europa se encuentra en una posición especialmente vulnerable, una situación que ya conoció durante la crisis energética provocada por la invasión rusa de Ucrania. La dependencia de infraestructuras externas, unida a una regulación que prioriza la protección de datos sobre la competitividad, relega al bloque a un papel de usuario en lugar de propietario de la tecnología. Las esperanzas puestas en Mistral o en proyectos como Gaia-X palidecen frente a los 200.000 millones de dólares que las grandes tecnológicas invierten anualmente en IA.
La pregunta que sobrevuela la próxima reunión del Consejo Europeo no es si la IA será un arma —ya lo es—, sino quién tendrá la llave del arsenal. Y en este G7, la respuesta no la dieron los presidentes, sino los consejeros delegados que, sin portar un solo voto, sentaron a los estados en su mesa.




