La niebla se enreda entre los siete arcos de piedra del puente de Besalú como un sudario que el río Fluvià se encarga de apartar con parsimonia. Son las ocho de la mañana de un viernes cualquiera de otoño y el primer rayo de sol rasga el velo justo sobre la torre fortificada que custodia el acceso al casco antiguo. No hay coches, no hay prisas. Solo el rumor del agua y el eco lejano de unos pasos sobre el empedrado, los de un vecino que se dirige al horno de leña de la plaza Mayor. Cruzar este puente románico del siglo XI es algo más que un gesto turístico: es la llave que abre una cápsula del tiempo donde la Edad Media ha decidido quedarse a vivir.
Besalú, en la comarca gerundense de La Garrotxa, no es un decorado. Es uno de los conjuntos medievales mejor conservados de España, declarado Conjunto Histórico-Artístico Nacional en 1966. Su entramado de callejuelas, plazas porticadas y edificios de piedra volcánica ha llegado hasta nuestros días con una integridad que sorprende incluso al viajero más escéptico. Pero la villa no se conforma con exhibir su patrimonio como quien muestra una reliquia en una vitrina: cada año, al final del verano, lo reactiva con un festival que convierte sus rincones en el escenario de una recreación histórica de primer orden. La piedra, aquí, respira.
El puente fortificado, umbral de otro tiempo
La estampa del puente de Besalú pertenece a esa categoría de imágenes que no necesitan filtro. Siete arcos desiguales, una torre hexagonal en el centro con aspilleras defensivas y un portal de acceso que parece sacado de un códice miniado. Se construyó en el siglo XI sobre los cimientos de una antigua estructura romana y fue ampliado en el XIV, cuando la villa necesitaba reforzar sus defensas frente a las disputas feudales que agitaban la Cataluña condal.
El viajero que lo atraviesa no solo cambia de orilla: cruza una frontera simbólica. Al otro lado espera un laberinto de calles estrechas donde las fachadas de sillares irregulares compiten en vetustez. La calle Major, la de los Canterers o la plaza de la Llibertat forman un plano casi intacto desde el medievo. Las marcas de cantero que salpican los bloques de piedra, las ventanas geminadas y algún arco apuntado recuerdan que aquí vivieron mercaderes acaudalados, artesanos judíos y notarios condales que redactaban pergaminos a la luz de un candil. No hay trampantojo: el tiempo ha sido clemente, pero también lo ha sido la política de restauración del Ayuntamiento de Besalú, que ha sabido frenar cualquier tentación de disneyficación. (Turisme Garrotxa, Oficina de Turismo de Besalú)





