El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha anunciado la concesión de 700 millones de dólares en subvenciones para la construcción de de dos nuevas plantas de carbón, una en Alaska y otra en Virginia Occidental, invocando para ello la Defense Production Act, una ley de tiempos de guerra. La decisión, presentada bajo el paraguas de «carbón limpio y hermoso», choca frontalmente con los esfuerzos globales de descarbonización y con los datos más elementales de emisiones del sector.
Una decisión que resucita el carbón con poderes de guerra
La Defense Production Act (DPA) es una norma de la Guerra Fría, aprobada en 1950, que permite al presidente movilizar recursos privados en nombre de la seguridad nacional. Utilizarla para financiar centrales de carbón supone un giro excepcional: nunca antes se había recurrido a esta herramienta para impulsar combustibles fósiles en un contexto de abundancia energética. Trump defiende que la medida abaratará el recibo de la luz y protegerá puestos de trabajo en Alaska y Virginia Occidental, dos estados con una fuerte tradición minera.
La paradoja es que el carbón estadounidense lleva una década en retroceso imparable. En 2025, el carbón representó menos del 15% de la generación eléctrica del país, su nivel más bajo en medio siglo, según los datos preliminares de la Administración de Información Energética de EE.UU.. Más de 200 centrales han cerrado desde 2010, y ninguna gran eléctrica ha construido una nueva planta de carbón sin ayudas masivas en los últimos años. Ahora, el Gobierno federal rompe esa tendencia a golpe de talonario y con un instrumento de emergencia nacional.
El impacto climático: el carbón no puede ser «limpio»
La etiqueta de carbón limpio que esgrime el presidente es una contradicción técnica. El carbón emite, de media, cerca de 1.000 kilogramos de CO₂ por cada megavatio-hora generado, frente a los 10–20 kg de la energía eólica o solar. Aunque se aplicaran tecnologías de captura de carbono, el coste se dispara y las emisiones se reducen solo parcialmente: la combustión del carbón sigue liberando óxidos de azufre, mercurio y partículas finas que dañan la salud pública. Llamar «limpio» al combustible más intensivo en carbono es greenwashing puro.
Aunque el anuncio del 4 de junio no detalla la capacidad conjunta de las dos nuevas centrales, una inversión de 700 millones de dólares en carbón equivale a sumar cientos de megavatios de generación intensiva en emisiones durante décadas. Cada año adicional de operación de una planta de carbón añade millones de toneladas de CO₂ a la atmósfera justo en el momento en que el IPCC insiste en la necesidad de recortes drásticos antes de 2030.
📊 Impacto ecológico en cifras
- Subvención total: 700 millones de dólares (aproximadamente 650 millones de euros).
- Emisiones unitarias: Cada MWh generado con carbón emite cerca de una tonelada de CO₂, frente a menos de 20 kg de la eólica.
- Plantas financiadas: Dos centrales, en Alaska y Virginia Occidental.
- Tendencia del carbón en EE.UU.: Ha caído del 40 % en 2014 a menos del 15 % en 2025, según la EIA.

La letra pequeña: ¿carbón barato o coste oculto?
Vamos a los datos. El coste nivelado de la electricidad (LCOE, por sus siglas en inglés) de una nueva planta de carbón en Estados Unidos ronda los 100 dólares por MWh, según las estimaciones más recientes de Lazard. Mientras, la eólica terrestre y la solar fotovoltaica ya se sitúan por debajo de los 40 dólares en muchas regiones, incluso sin subsidios. La energía renovable no solo es más limpia: es más barata. Subvencionar carbón nuevo, por tanto, no abaratará la factura del consumidor, sino que la encarecerá a largo plazo a través de costes sanitarios y medioambientales que no aparecen en el recibo de la luz.
La etiqueta de «carbón limpio» choca con la realidad contable: las renovables ya ganan la partida en precio.
La letra pequeña de esta operación revela, además, una transferencia de renta desde el contribuyente hacia un sector que el mercado había empezado a abandonar. Los 700 millones de dólares saldrán del erario público, pero las compañías propietarias de las plantas —aún por designar— disfrutarán de un régimen de ayudas que distorsiona la competencia. Mientras la administración Biden había incentivado la transición limpia con la Inflation Reduction Act, la actual presidencia utiliza los poderes de guerra para hacer lo contrario.
Una señal política que perturba la transición energética global
La decisión de Trump no solo afecta al mercado estadounidense. Cuando la mayor economía del mundo utiliza la seguridad nacional para financiar carbón, envía un mensaje a otros países que aún dependen de este combustible. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) dejó claro en su hoja de ruta de emisiones netas cero que no debería aprobarse ninguna nueva central de carbón a partir de 2021. El movimiento de Washington rompe ese consenso y puede servir de excusa a naciones que buscan retrasar su descarbonización.
Eso sí, el reloj de la transición no se detiene. Las grandes eléctricas estadounidenses, como Ørsted, NextEra Energy o Avangrid, siguen invirtiendo miles de millones en renovables porque el negocio está ahí. Los estados con mayor penetración eólica y solar, como Texas o California, no van a cambiar de rumbo por dos plantas de carbón en Alaska. La contradicción está en la Casa Blanca, no en la sala de máquinas del sistema energético.
Ojo con el dato: el carbón, con o sin ayudas, seguirá perdiendo terreno por pura economía. Lo que hace esta subvención es prolongar artificialmente una industria en declive, con el consiguiente coste climático y fiscal, mientras el resto del mundo acelera hacia las renovables.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: Ninguno en términos climáticos. Las dos nuevas plantas añadirán millones de toneladas de CO₂ a la atmósfera durante décadas, justo cuando la ciencia exige recortes anuales drásticos.
- Modelo que cambia: La generación con carbón, que ya era más cara y contaminante que las alternativas limpias, se perpetúa de forma artificial mediante un gasto público que el mercado no habría realizado.
- Para las próximas generaciones: Los ciudadanos que hoy no votan heredarán un sistema energético más sucio y una deuda climática que se traducirá en eventos extremos, crisis de salud y facturas más altas en el futuro.





