Invertir en trasteros urbanos cuesta 100.000 euros y se recupera en 4 a 5 años. Vero, una empresaria que gestiona tres centros de almacenamiento, detalla en una entrevista los números que sostienen su modelo de negocio.
Los números del modelo: 4.500 euros al mes con una ocupación del 99%
Cada instalación de unos 400 metros cuadrados requiere una inversión inicial de 100.000 euros, aunque la cifra puede variar según exigencias normativas. Una vez operativa, genera ingresos mensuales cercanos a los 4.500 euros, con unos gastos fijos que rondan los 2.000 euros (alquiler, suministros, seguros y mantenimiento). El margen neto mensual, por tanto, se sitúa en torno a los 2.500 euros.
La rentabilidad del modelo descansa en una ocupación casi total. Vero asegura que sus centros mantienen una tasa del 99%, con clientes que alquilan los espacios durante largos periodos. El formato más demandado es el pequeño: 50 euros por 2 metros cuadrados al mes. Un vecino que necesite guardar bicicletas, ropa de temporada o herramientas encuentra en estos trasteros una extensión económica de su vivienda.
Ubicación residencial y gestión remota: las dos ventajas frente a los grandes operadores
A diferencia de las grandes compañías del sector, que suelen situar sus centros en polígonos industriales, Vero apuesta por instalar los trasteros dentro de zonas residenciales. El objetivo es captar al cliente que quiere el espacio extra cerca de casa. “Es un más a más de su vivienda”, explica la emprendedora, que ve el servicio como una prolongación del hogar.
Otro factor diferencial es la automatización. La gestión de contratos y visitas se realiza de forma remota, lo que permite que el negocio funcione con una presencia física mínima. Los usuarios solicitan acceso por teléfono y el propietario abre las puertas a distancia. La documentación se formaliza online. “Hay días que no cojo el teléfono”, comenta Vero.
La ocupación del 99% no llega por casualidad: es la respuesta a una demanda de metros extra que la vivienda actual no puede satisfacer.

Análisis: por qué el ladrillo pequeño conquista al inversor particular
El auge de los trasteros urbanos se explica, en buena medida, por la evolución del mercado residencial. En muchas ciudades, el precio del metro cuadrado ha expulsado a los compradores modestos y ha reducido el tamaño medio de las viviendas. Al mismo tiempo, las familias acumulan más bienes: equipamiento deportivo, bicicletas eléctricas, objetos de temporada. La demanda de almacenamiento extra crece, pero no siempre hay opciones asequibles. Grandes cadenas como OhMyBox! o Necesito un Trastero ya operan en este segmento, aunque con una orientación más industrial que de proximidad.
Frente al alquiler tradicional de viviendas, el negocio de los trasteros ofrece barreras de entrada más bajas y una gestión menos compleja. La inversión es menor, la regulación es más laxa y los inquilinos permanecen años sin apenas incidencias. La rentabilidad no es espectacular, pero sí estable: con un retorno sobre la inversión del 20-25% anual bruto, el capital se recupera en cuatro o cinco ejercicios. No obstante, el modelo no está exento de riesgos. Una hipotética saturación del mercado, cambios en la normativa municipal o la entrada de operadores con más músculo financiero podrían erosionar los márgenes. Además, el factor localización es crítico: un trastero sin demanda de proximidad difícilmente alcanzará las cifras de ocupación que Vero maneja.
Para el pequeño ahorrador que quiere pisar el ladrillo sin atarse a una hipoteca, el trastero urbano es una puerta de entrada con sentido. La clave, como en todo negocio inmobiliario, está en elegir bien la calle. Si el metro cuadrado residencial sigue alejándose del bolsillo medio, los metros extra para guardar cosas ganarán más valor del que muchos imaginan. El tiempo dirá si se consolida como una alternativa de inversión recurrente o si se queda en una oportunidad puntual para perfiles muy determinados.




