En Gurb, a diez kilómetros de Vic, se libra una de esas batallas que definen el tablero de la alimentación en España. Casa Tarradellas acaba de cerrar la compra de la fábrica que Leche Pascual tenía en esta localidad barcelonesa. El objetivo es inequívoco: dedicarla en exclusiva a producir mozzarella para sus pizzas refrigeradas.
La operación, que ambas compañías han formalizado sin desvelar el importe económico, es un movimiento de integración vertical que asegura a Tarradellas el control total sobre el ingrediente que más define el sabor y la textura de su producto estrella. Hasta ahora, la empresa catalana dependía de proveedores externos para este queso. A partir de ahora, lo fabricará ella misma.
Los plazos de la operación y el rediseño de la planta
El traslado de la maquinaria y la reorientación del centro productivo serán progresivos. Casa Tarradellas ha marcado finales de julio de 2026 como la fecha en la que se hará efectivo el traspaso completo y arrancarán las obras de adaptación. Mientras tanto, Leche Pascual llevará su línea de envasado de leche a la planta de Aranda de Duero, en Burgos, donde ya concentra buena parte de su producción láctea.
La firma catalana, con sede en la misma Gurb, había sopesado en un inicio seguir comprando la mozzarella a Pascual como proveedor. Sin embargo, la adquisición directa de la instalación le permite eliminar intermediarios y ajustar los costes de producción en un mercado de pizzas refrigeradas cada vez más competitivo.
La planta de Gurb se dedicará en exclusiva a elaborar queso mozzarella, un movimiento que refuerza la línea principal de negocio de Tarradellas. Las pizzas refrigeradas suponen el corazón de la compañía, que ha ido ampliando catálogo con referencias cada vez más elaboradas, como las perlas de mozzarella de fermentación lenta lanzadas recientemente.
La incertidumbre laboral, el capítulo más sensible
La vertiente social de la operación es la que más dudas despierta en el municipio. Casa Tarradellas ha anunciado que ofrecerá a los trabajadores que Leche Pascual tiene en Gurb la posibilidad de recolocarse en sus propios centros de producción. Sin embargo, fuentes de la plantilla han expresado a elEconomista su temor a que se produzcan despidos encubiertos, ya que la empresa reconoce que no habrá subrogación de los contratos laborales.
La compañía justifica esa decisión en que no hay continuidad del negocio lácteo sino un cambio completo de actividad: de envasar leche a fabricar mozzarella. Mientras, la incertidumbre se traduce en malestar entre los empleados, que ven cómo la operación, aunque justificada en términos industriales, puede dejarles sin un puesto fijo.

La decisión de internalizar la mozzarella no es un capricho: es una ecuación de costes y control de calidad que puede marcar la diferencia en el lineal.
Análisis: una jugada de eficiencia que marca tendencia en la alimentación
En un sector donde el precio del lineal es feroz, cada céntimo de euro en la cadena de suministro cuenta. Casa Tarradellas ha entendido que la mozzarella, al ser el componente que más influye en la percepción de calidad de una pizza refrigerada, no puede dejarse en manos de un tercero. Al producirla ella misma, controla tanto el coste como las especificaciones organolépticas del producto final.
La estrategia no es nueva en la industria alimentaria, pero sí revela un cambio de mentalidad en las empresas familiares catalanas. Hace apenas dos años, la dueña de Arroz Sos compró una fábrica centenaria en Italia para elaborar la pasta fresca que Mercadona vende bajo su marca Hacendado. Ahora Tarradellas replica el esquema con el queso. La integración hacia atrás permite blindar el suministro, evitar roturas de stock y, sobre todo, diferenciar el producto en un segmento en el que los blancos de marca propia de la distribución aprietan los márgenes.
Además, la jugada encaja con una tendencia más amplia: grandes fabricantes como Idilia Foods (Cola Cao, Nocilla) o GB Foods (Gallina Blanca) están reforzando sus plantas para no depender de co-manufacturers. Controlar la producción propia es, hoy, una ventaja competitiva de primer orden.
Con todo, el movimiento de Tarradellas no está exento de riesgos. Adaptar una fábrica lechera a la producción de mozzarella requiere inversiones significativas en tecnología y formación. Si los plazos se alargan o los costes se disparan, la rentabilidad de la operación se resentirá. Y la gestión de las relaciones laborales, como se ha visto, puede generar ruido reputacional que a ninguna marca de gran consumo le conviene.




