El acuerdo nuclear con Irán vuelve a ser el epicentro de una crisis que mezcla diplomacia de alto riesgo, presión militar y una carrera contrarreloj para evitar el colapso energético global. En su último análisis, Bloomberg Television desgrana las enormes diferencias entre el pacto original de 2015 y el borrador de memorando de entendimiento que el presidente Trump está impulsando. Las exigencias iniciales de Washington chocan de lleno con una realidad incómoda: Teherán tiene hoy más cartas sobre la mesa que hace una década.
Lo que el JCPOA consiguió y lo que Trump exige ahora
Durante la vigencia del JCPOA, Irán se comprometió a no buscar un arma nuclear y a conservar solo uranio de bajo enriquecimiento para fines civiles, bajo la supervisión de la Agencia Internacional de la Energía Atómica. Según los expertos de Bloomberg, aunque hubo sospechas de trampas, los inspectores siempre defendieron que cualquier visibilidad era valiosa para monitorizar la actividad real de Teherán. Aquel pacto también obligó a que el excedente de uranio poco enriquecido —unas 25.000 libras— saliera del país o se diluyera.
El punto de partida de la administración Trump fue radicalmente distinto. La periodista Christina, citando el trabajo de la Oficina de Economía del medio, explica que la exigencia inicial de Estados Unidos era el desmantelamiento total del programa nuclear iraní. Sobre el uranio ya acumulado, la orden era tajante: transferirlo o destruirlo por completo. Esa postura maximalista se ha ido suavizando hasta el actual memorando, donde Irán solo accede a negociar qué hacer con ese material, sin compromisos concretos.
El nuevo memorando: buenas intenciones y pocas certezas
En lo que respecta a las sanciones, la evolución es igual de reveladora. El JCPOA desbloqueó el comercio petrolero, bancario y un pago de 1.700 millones de dólares a Irán, algo que el presidente utilizó repetidamente en campaña como arma arrojadiza contra Obama. La propuesta inicial de Trump exigía levantar las sanciones solo tras concesiones verificables y vetar cualquier transferencia de efectivo. Sin embargo, el borrador actual se limita a que Washington se comprometa a “discutir” el alivio de sanciones y la liberación de activos congelados, sin plazos ni cifras.
Chris Kennedy, exdirector de Asuntos Económicos Internacionales del Consejo de Seguridad Nacional y ahora economista jefe de Bloomberg, compareció en el programa para dejar una valoración cruda: lo máximo que puede esperar Estados Unidos es retornar a algo parecido al JCPOA, pero incluso eso llevará un tiempo considerable. Irán tiene ahora una palanca de presión que no poseía en 2015: ha demostrado que puede estrangular el tráfico en el Estrecho de Ormuz y asfixiar el suministro energético mundial.
Estados Unidos se enfrenta a un Irán que ya no es el de 2015. Ahora controlan el tráfico del Estrecho y pueden cortar la energía global, y eso les da una influencia que no se puede ignorar.
— Chris Kennedy, exdirector del NSC
La carta del Estrecho y la desconfianza mutua
El programa de misiles iraní, que queda fuera de todo acuerdo, garantiza técnicamente que Teherán pueda volver a cerrar el paso marítimo en cualquier momento. Kennedy advirtió de que incluso si se consigue una tregua de sesenta días y los petroleros logran salir del Golfo Pérsico, muchos buques vacíos probablemente no querrán regresar por miedo a quedar atrapados en una nueva escalada. El apetito de Trump por cantar victoria rápida choca con la desconfianza crónica de Irán, que sigue interpretando como amenazas reales las declaraciones públicas del presidente estadounidense.
Tampoco ayuda que la administración haya fragmentado el liderazgo negociador. Jeff Mason, corresponsal político de Bloomberg, apuntó que el círculo decisorio se reduce casi exclusivamente a Witcoff y Kushner, con la vicepresidencia de Vance cada vez más en segundo plano. Ese núcleo asume un coste político mayúsculo. Los halcones republicanos como John Bolton ven una oportunidad generacional para acabar con la amenaza iraní, mientras otros congresistas están aterrorizados ante el impacto del precio del combustible en sus escaños de cara a noviembre.
Israel mete presión y la herencia de Trump está en juego
La irrupción israelí en Líbano, la más amplia en décadas según el analista de Bloomberg, introduce otra variable explosiva. El primer ministro Netanyahu, “socio menor” en esta guerra, desearía que Trump rematara la faena militar, pero también tiene su propia agenda, explica Mason. Israel criticó ferozmente el JCPOA original y difícilmente aceptará un acuerdo que no cuente con monitoreo estricto. Si el memorando final se queda corto en ese apartado, el gobierno israelí podría verse tentado a continuar acciones militares por su cuenta, descarrilando cualquier alto el fuego patrocinado por Washington.
Por último, el legado presidencial planea sobre cada movimiento. Trump detestó siempre el JCPOA y aborrece la idea de enviar dinero a Irán. Pero si el texto que salga de las conversaciones se parece demasiado al acuerdo de Obama —o es objetivamente más débil en cuanto a verificación—, el presidente deberá explicar a su base por qué renunció a sus exigencias iniciales. A falta de un sistema de inspección equivalente al que existió, la promesa de que “Irán ya ha aceptado no tener un arma nuclear” se sostiene sobre un andamio muy endeble.
El reloj avanza. Con apenas dos meses por delante para negociar y una lista interminable de puntos sensibles —desde los fondos congelados hasta el uranio acumulado—, la probabilidad de un fracaso es alta. Irán ha demostrado que puede infligir un daño económico profundo sin disparar un solo misil, y la fiabilidad de la negociación actual dista mucho de ser sólida. La pregunta incómoda es si el presidente, atrapado entre sus promesas de campaña y la urgencia de la estabilidad energética, aceptará un mal menor que se parezca sospechosamente al pacto que él mismo dinamitó años atrás.




