Producir un 70% más de alimentos sin una gota extra de agua: el reto que la inteligencia artificial quiere resolver. El congreso Food 4 Future 2026 ha arrancado con una advertencia que pesa como una losa sobre la industria alimentaria española y global. El director de AZTI, Rogelio Pozo, ha sido el encargado de lanzar el aviso: ‘Hay que producir un 70% más de alimentos y no tenemos más tierra ni más agua’.
La frase, pronunciada en el foro de referencia sobre innovación agroalimentaria, resume el enorme desafío al que se enfrenta el sector. La presión demográfica —Naciones Unidas proyecta 9.700 millones de personas para 2050— y el cambio climático están empujando a la agricultura y a la ganadería hacia un callejón sin salida. Sin una transformación radical, el déficit entre oferta y demanda será insostenible.
La inteligencia artificial (IA) emerge en este escenario como la palanca clave. No se trata de una moda tecnológica ni de un futurible de laboratorio. En la industria alimentaria española, la IA ya está empezando a optimizar desde el uso del agua hasta la predicción de cosechas o la trazabilidad de los productos.
Un déficit que la digitalización debe llenar
Las cifras de la FAO no dejan margen para la complacencia. Para 2050 la producción mundial de alimentos tendrá que aumentar casi un 60% respecto a los niveles de 2006, y en el caso de los países con mayor crecimiento poblacional, ese salto será cercano al 100%. En Europa, con una agricultura tecnificada pero cada vez más limitada por las restricciones ambientales, el margen de maniobra es estrecho.
España, como séptimo productor mundial de alimentos y gran exportador hortofrutícola, nota la presión con especial intensidad. La sequía recurrente, la pérdida de suelo fértil y la incertidumbre regulatoria convierten cada hectárea en un bien aún más valioso. Producir más con menos recursos ya no es una opción: es la única vía.
Rogelio Pozo, que coordina desde AZTI buena parte de la investigación aplicada a la cadena alimentaria, fue contundente durante su intervención en Food 4 Future. ‘No hay plan B’, insistió. Y subrayó que la digitalización, y en concreto la inteligencia artificial, es la herramienta capaz de desbloquear la eficiencia que el sector necesita en los próximos veinte años.
El 70% más de producción que exige la FAO para 2050 no se va a alcanzar con las prácticas actuales.
IA en la industria alimentaria: de la granja al plato
La aplicación de la inteligencia artificial en el agro abarca un espectro cada vez más amplio. En agricultura de precisión, los modelos predictivos permiten ajustar el riego y la fertilización con una exactitud milimétrica, reduciendo el consumo de agua hasta un 30% sin mermar la producción. En la ganadería, sensores y algoritmos monitorizan la salud del ganado y anticipan enfermedades, recortando el uso de antibióticos y mejorando el bienestar animal.
Más allá de la producción primaria, la IA está redefiniendo la logística y la conservación de alimentos. Los sistemas de visión artificial detectan defectos en frutas y hortalizas en tiempo real; los algoritmos de demanda optimizan las rutas de distribución y reducen el desperdicio alimentario, que en la Unión Europea supera los 58 millones de toneladas al año. Cada mejora cuenta cuando el objetivo es sacar el máximo partido a cada gramo de materia prima.
España ante el espejo: oportunidad y riesgo
El posicionamiento de la industria alimentaria española en este tablero es paradójico. Por un lado, el país cuenta con centros tecnológicos de primer nivel —AZTI, AINIA, IRTA o los institutos del CSIC— y con una red de cooperativas y empresas que empiezan a invertir en digitalización. Por otro, la atomización del sector y la lentitud con la que los programas de ayudas europeas llegan al terreno lastran la velocidad de adopción.
La gran pregunta es si España sabrá aprovechar la oportunidad para convertirse en un polo de referencia en tecnología agroalimentaria o si, por el contrario, perderá competitividad frente a países como Países Bajos o Israel, que llevan años digitalizando su agricultura con una intensidad muy superior. La diferencia no está en la capacidad científica —que existe— sino en la voluntad empresarial y en la coordinación público-privada.
Desde Food 4 Future 2026 se lanzó un mensaje nítido: el tiempo de los pilotos ha terminado. La industria necesita escalar las soluciones que ya funcionan y conectarlas con la realidad de los agricultores y ganaderos. Rogelio Pozo cerró su intervención con una reflexión que muchos compartían en los pasillos del congreso: ‘La tecnología no va a sustituir al agricultor, pero el agricultor que no use tecnología va a ser sustituido’.
El debate no es si la IA transformará la alimentación —ya lo está haciendo— sino a qué ritmo y con qué apoyos. En un contexto geopolítico que amenaza la seguridad alimentaria, la respuesta que dé España en los próximos cinco años definirá el lugar que ocupe su industria en el mapa global. Ahora mismo, la pelota está en el tejado de las empresas y de las administraciones.





