El precio del petróleo se ha convertido esta mañana en el termómetro más fiable del principio de acuerdo entre Washington y Teherán. Las cotizaciones del crudo Brent reaccionaban con caídas de más del 6% a primera hora, anticipando lo que los mercados llevaban semanas descontando con escepticismo: que el golpe de mano negociador de la Administración Trump para reabrir el estrecho de Ormuz podía cuajar.
La filtración del New York Times, confirmada en las últimas horas por un alto funcionario estadounidense, habla de un texto preliminar que establece la hoja de ruta para levantar el bloqueo iraní sobre este paso marítimo, clave para el tránsito del 20% del suministro mundial de petróleo. El borrador, sin embargo, está sostenido con alfileres. Falta la firma definitiva de Donald Trump y del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei. Y en un conflicto donde la narrativa vale tanto como los buques de guerra, la cautela es la moneda de cambio más cara ahora mismo.
Qué contiene (y qué omite) el principio de acuerdo
De acuerdo a los puntos centrales revelados de forma anónima y recogidos por el medio estadounidense, el pacto preliminar se asienta sobre tres patas: la reapertura del estrecho por parte de Irán, el compromiso de Teherán de deshacerse de sus reservas de uranio altamente enriquecido y el fin del bloqueo naval que Washington mantenía sobre los puertos iraníes como medida de presión. Nada de esto es un cheque en blanco. El mecanismo concreto para la eliminación del uranio sigue en el aire, con Trump exigiendo que sea Estados Unidos quien incaute directamente ese material, según trasladó el alto cargo estadounidense.
El texto deja fuera dos asuntos espinosos: el suministro de misiles por parte de Irán y cualquier moratoria sobre el enriquecimiento de uranio. Tres funcionarios iraníes citados de forma anónima concretaron que esas cuestiones quedarán relegadas a un calendario de negociación de entre 30 y 60 días tras la firma, buscando un compromiso nuclear de al menos 20 años. Dicho de otro modo, esto es un punto de partida, no un tratado definitivo. La Casa Blanca ya ha transmitido, según el medio Axios, que la firma podría demorarse varios días.
Las prisas nunca fueron buenas consejeras en las negociaciones entre Washington y Teherán, y esta vez parece que la estrategia pasa por ir paso a paso.
Los ‘halcones’ republicanos se sublevan contra el borrador
La filtración ha provocado un incendio político inmediato en Washington. El ala más dura del Partido Republicano, los conocidos como ‘halcones’ frente a Irán, ve en este principio de acuerdo una rendición que dinamita los objetivos bélicos fijados por la propia Administración Trump. El senador Roger Wicker, presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, ha sido el más rotundo en sus críticas. Utilizando su cuenta oficial en redes sociales, tachó sin matices la propuesta de «desastre» y cuestionó de forma abierta que el régimen iraní vaya a sentarse a negociar «alguna vez de buena fe».
La realidad es que el acuerdo se produce bajo el paraguas del alto el fuego acordado a principios de abril entre Estados Unidos, Israel e Irán. Aquel cese de hostilidades frenó temporalmente un conflicto que se inició a finales de febrero tras los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra territorio iraní, dejando miles de muertos y un clamor creciente entre la opinión pública estadounidense en contra de la escalada.
El escenario es tenso. El propio Trump publicó este mismo domingo un mensaje en sus redes sociales asegurando que ha ordenado a sus negociadores «no apresurarse a llegar a un acuerdo», matizando así sus declaraciones del día anterior, cuando afirmó que el pacto preliminar estaba «negociado en en su mayor parte». La ambigüedad táctica es máxima. Las refinerías y los operadores logísticos de media Europa y Asia, mientras tanto, miran al estrecho como quien mira una pantalla de radar.
Los mercados han dado más credibilidad al pacto que los propios líderes políticos; el crudo, con su volatilidad, está haciendo de notario de un acuerdo aún por firmar.
Ormuz, la llave energética que marca los precios de la cesta de la compra
Conviene no perder la perspectiva. Por el estrecho de Ormuz transitan a diario una media de 21 millones de barriles de petróleo, cerca de un tercio del comercio mundial de crudo por vía marítima. La sola amenaza de bloqueo —confirmada desde hace semanas— ha actuado como un impuesto silencioso que ha ido inflando los precios energéticos en toda la cadena de suministro, desde la factura eléctrica hasta el precio final de los combustibles en las gasolineras españolas. Repsol, Cepsa y BP no operan en vacío: sus márgenes de refino se estrechan cuando el Brent se dispara sin que la demanda final acompañe.
La reapertura del estrecho, si se confirma, aliviaría la presión sobre los costes energéticos en un momento en el que la inflación subyacente sigue dando quebraderos de cabeza al Banco Central Europeo. Pero el ‘si’ sigue siendo la palabra más larga de esta historia. Porque el principio de acuerdo es eso: un principio. Ni la letra pequeña está cerrada ni las armas están en silencio. El desarme nuclear iraní, los misiles, y las inspecciones internacionales quedan para la carpeta de ‘pendientes’ de los próximos dos meses. Un calendario ajustado cuando hablamos de un régimen que, como recordó Wicker, lleva décadas jugando al escondite con los inspectores de la AIEA.
Desde una perspectiva estrictamente empresarial, la noticia introduce un factor de volatilidad a la baja que los gestores de riesgos de las grandes petroleras llevaban sin ver desde antes de la invasión de Ucrania. Pero también introduce un factor de riesgo político considerable: si los ‘halcones’ republicanos logran tumbar el acuerdo en el Congreso, o si el líder supremo iraní decide que la oferta no cubre sus expectativas, el rebote del crudo podría ser tan violento como su descenso de esta mañana. La prima de riesgo geopolítico no se extingue; simplemente se toma un café.




