Deuda récord de las big tech para IA: Wall Street se forra con derivados

La financiación de la inteligencia artificial está disparando la emisión de bonos de las grandes tecnológicas a niveles históricos. Los bancos de Wall Street aprovechan la avalancha de deuda para multiplicar sus operaciones con derivados de crédito.

Wall Street ha encontrado un nuevo filón en la fiebre inversora de la inteligencia artificial. Mientras gigantes como Meta, Microsoft o Alphabet emiten cientos de miles de millones en deuda para financiar centros de datos, los grandes bancos de inversión disparan su negocio con derivados de crédito. La paradoja es evidente: el apetito por la IA nutre una máquina financiera que pocos inversores minoristas alcanzan a ver.

Claves de la operación

  • Las big tech baten récords de emisión de bonos. Solo en el último año, la deuda corporativa del sector tecnológico ha superado los 400.000 millones de dólares, según estimaciones de mercado recogidas por Bloomberg.
  • Los bancos se refugian en los derivados crediticios. La avalancha de papel obliga a las mesas de Wall Street a colocar coberturas con CDS y otros instrumentos, engordando comisiones y primas de riesgo.
  • El fenómeno traslada el riesgo desde las empresas a la banca en la sombra. Al concentrarse la deuda en fondos de crédito y aseguradoras, la exposición se diluye, pero la interconexión crece.

La marea de deuda que desborda los mercados

Las grandes tecnológicas llevan dos años acelerando su inversión en infraestructura de inteligencia artificial. Meta ha prometido gastar más de 60.000 millones de dólares este año, y la cifra se multiplica si sumamos a Alphabet, Amazon o Microsoft. Para evitar descapitalizarse, recurren al mercado de bonos: emisiones a tipos que, aunque bajos, empiezan a reflejar cierta prima de riesgo.

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Esa riada de papel ha cogido por sorpresa a muchos departamentos de tesorería bancaria. Los volúmenes de deuda corporativa tecnológica han crecido un 35% en dos ejercicios y, sin embargo, la demanda sigue firme. Fondos de pensiones, aseguradoras y vehículos de crédito privado absorben la oferta con la vista puesta en rendimientos estables.

Los derivados son el lubricante que engrasa la maquinaria de deuda, y ahora mismo esa maquinaria gira más rápido que nunca.

No obstante, el verdadero negocio no está en la emisión, sino en el maremoto de derivados que la acompaña. Los bancos estructuran swaps de incumplimiento crediticio (CDS) sobre esos bonos, paquetes sintéticos y opciones que amplifican los márgenes. Para las entidades, cada gran emisión tecnológica se convierte en una oportunidad de negocio en las mesas de renta fija.

Derivados de crédito: el negocio silencioso de los bancos

Cuando un coloso como Meta pide 10.000 millones de dólares al mercado, los bancos colocadores no se limitan a encontrar compradores. En paralelo, estructuran productos que permiten a los inversores cubrirse o especular con la calidad crediticia del emisor. Así, un mismo bono puede generar hasta cinco contratos derivados.

Esta actividad ha devuelto a los grandes bancos estadounidenses un protagonismo que parecía perdido tras la crisis financiera. Las mesas de credit trading de JPMorgan, Goldman Sachs o Morgan Stanley facturan ahora más con instrumentos sintéticos sobre deuda tecnológica que con la negociación directa de bonos. La prima por riesgo de crédito de las big tech se ha convertido en la materia prima de Wall Street, y los volúmenes diarios alcanzan cifras que no se veían desde la burbuja de las puntocom.

Pero el apetito no es gratis. Al multiplicar las posiciones sintéticas, la exposición nocional de los bancos crece sin que los balances reflejen todo el riesgo. Los supervisores, tanto la Reserva Federal como el BCE, observan con cautela este despegue de los derivados sobre deuda tecnológica, aunque por ahora no han impuesto límites adicionales.

Desde esta redacción entendemos que estamos ante una repetición, con matices, del ciclo de deuda corporativa que acompañó a la expansión de las telecomunicaciones a finales de los noventa. Entonces, el exceso de inversión acabó en impagos; ahora, la diferencia es que las tecnológicas tienen balance suficiente para aguantar. Pero la interconexión financiera es mucho mayor.

El riesgo sistémico que nadie quiere mirar

En España, el fenómeno tiene una lectura ambivalente. Los grandes bancos del IBEX 35, como Santander y BBVA, participan activamente en los mercados de derivados crediticios globales, pero su exposición directa a la deuda de los hiperscalers es limitada. De hecho, su negocio en renta fija se nutre más de la reestructuración de carteras de renta variable y de las comisiones por colocación que del trading puro.

El verdadero punto débil se sitúa en los fondos de crédito privado, muchos de ellos domiciliados en jurisdicciones con menor supervisión. Estos vehículos concentran la mayor parte de la deuda de las tecnológicas y la reempaquetan en productos estructurados que acaban en manos de aseguradoras y fondos de pensiones. Si la apuesta por la IA no generase los retornos esperados, el reprecio de esos instrumentos podría ser súbito y contagioso.

El antecedente de 2008, con las hipotecas subprime, muestra lo rápido que un mercado de derivados opaco puede tornarse sistémico. Ahora no son hipotecas, sino deuda corporativa de alta calidad, pero el volumen es similar. Y la principal enseñanza de aquella crisis es que el riesgo no desaparece, solo se traslada a donde los reguladores tardan más en mirar.

Por el momento, los mercados mantienen la calma. Las primas de los CDS tecnológicos se sitúan en niveles razonables, y la fiebre por la IA sigue atrayendo capital fresco. Pero si en algún momento el retorno sobre los billones invertidos en modelos de lenguaje y centros de datos decepciona, la correción no se limitará a las acciones. Afectará de lleno a un ecosistema de derivados que hoy, enmascarado por la euforia, pocos analistas se atreven a cuantificar.


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