Cada mañana, antes de que Barcelona despierte del todo, Thubten Wangchen ya camina su día. Una hora y cuarto desde su pequeño piso hasta la Diagonal, saludando vecinos, intercambiando gestos con conductores que lo reconocen de otras mañanas. Para este monje budista tibetano, discípulo directo del Dalái Lama y fundador de la Casa del Tíbet en Barcelona, ese ritual cotidiano no es ejercicio: es práctica espiritual. «Propósito de la vida no es solo comer, dormir y engañar a otro», asegura.
A sus espaldas carga una historia que empieza en el exilio y atraviesa décadas de búsqueda. Hoy, con cuarenta años viviendo en Europa, Wangchen es uno de los referentes del budismo en el continente y un puente entre tradiciones que muchos consideran irreconciliables.
Del niño de la calle al monasterio del Dalái Lama
Tenía cuatro años cuando su padre decidió cruzar la frontera. La invasión china del Tíbet había dispersado familias enteras y la suya no fue la excepción: su madre se perdió durante la huida y él llegó a Katmandú prácticamente sin nada. Años de mendicidad en las calles de Nepal primero, de India después. Desde los cinco hasta los nueve años, Wangchen fue lo que él mismo llama, sin drama ni autocompasión, «un niño de calle».
La escuela llegó gracias al gobierno indio y al Dalái Lama, que organizaron centros educativos para los miles de tibetanos refugiados. Allí, el contraste entre los maestros indios —estrictos, a veces violentos— y los lamas tibetanos —serenos, siempre con una sonrisa— marcó una elección de vida. «¿Por qué los lamas siempre sonrisa, siempre alegre? ¿Qué tienen?», se preguntaban entre los estudiantes. La respuesta llegó con el tiempo: paz interior. A los dieciséis años pidió ingresar al monasterio privado del Dalái Lama. Lo aceptaron.
Once años junto a quien él describe como «océano de sabiduría y compasión» dejaron una huella que atraviesa cada conversación, cada conferencia, cada caminata matutina por Barcelona. Wangchen reconoce incluso cierta deuda paradójica con quienes lo desplazaron: «Tengo que dar gracias, algunas veces, al gobierno chino por haber invadido el Tíbet. Sin la invasión, no habría cruzado fronteras, no habría llegado al monasterio, no habría podido transmitir el budismo a Europa durante cuatro décadas.
El budismo como ciencia de la mente en el siglo XXI

Wangchen rechaza con suavidad pero con firmeza la imagen del monje inmóvil en una cueva himalaya. Su vida transcurre entre reuniones en la Casa del Tíbet, viajes a conferencias, conciertos multitudinarios —U2, Coldplay, Joan Manuel Serrat lo han invitado a sus eventos— y conversaciones que van desde Richard Gere hasta personas sin hogar que dejan sus maletas en un rincón de la Casa durante el día. «El budismo tibetano es como El Corte Inglés: puedes encontrar cualquier cosa, excepto la felicidad», dice con esa mezcla de humor y profundidad que caracteriza su manera de explicar siglos de filosofía en términos contemporáneos.
Para Wangchen, la pregunta sobre si el budismo es religión, filosofía o ciencia tiene una respuesta que no excluye ninguna opción. La neurociencia moderna, señala, está llegando a las mismas conclusiones que el budismo planteó hace veinticinco siglos: que el origen del sufrimiento está en la mente, y que la mente puede entrenarse.
«Los grandes científicos y la neurociencia están diciendo que el budismo es la ciencia de la mente humana», afirma, y añade que eso no significa que haya que abandonar la propia tradición religiosa. El Dalái Lama, cuenta, insiste en ello: que cada persona siga su origen, su Islam, su catolicismo, su hinduismo, pero que se enriquezca con el diálogo.
El budismo, en su lectura, no promete redención externa. «Buda, Dios o Alá no van a solucionar todos los problemas; no depende de nadie». La transformación comienza con un minuto cada mañana: revisar la intención del día, decidir no dañar, no engañar, saludar con genuinidad. Después, caminar. Después, seguir.






