Lama Rinchen (54), monje budista: “La juventud tiene de todo, pero cada vez siente más vacío existencial”

En una época de abundancia material y conexión permanente, cada vez más jóvenes enfrentan ansiedad, falta de propósito y vacío existencial. El monje budista Lama Rinchen advierte que el bienestar exterior no alcanza cuando se descuida la mente y la vida interior.

El confort material ha alcanzado niveles sin precedentes, pero la paradoja del malestar emocional se vuelve cada vez más evidente. Lama Rinchen, monje de la tradición Sakia, observa con preocupación cómo la sociedad actual, especialmente la juventud, se encuentra atrapada en una búsqueda incesante de una felicidad que parece escapársele de las manos.

“Vivimos mejor que los reyes de la antigüedad y seguimos profundamente insatisfechos”, reflexiona el monje, subrayando que el acceso inmediato a bienes y servicios no ha logrado llenar los huecos de un espíritu que demanda propósito. Para Rinchen, el problema radica en que hemos volcado toda nuestra energía en conquistar el afuera, descuidando por completo el único territorio donde la paz es posible: nuestra propia mente.

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El vacío de la juventud que la comodidad no puede llenar

El vacío de la juventud que la comodidad no puede llenar
Fuente: agencias

Todo está disponible, todo es accesible y, sin embargo, algo falta. Esa es la contradicción que Lama Rinchen observa con especial preocupación entre la juventud. «La juventud percibe un vacío existencial y carece de propósito», dice, y señala que esa carencia no nace de la pobreza sino de su opuesto: de tener tanto que ya nada parece suficiente.

La razón, según él, es estructural. Todo lo que el mundo exterior ofrece es finito, y la naturaleza humana aspira a algo infinito. La conexión, la paz, la certeza. Ningún objeto, ninguna pantalla, ningún logro profesional puede colmar esa demanda. La satisfacción que produce es parcial, condicional y efímera. La juventud de hoy lo intuye, aunque no siempre encuentra palabras para nombrarlo.

Lo que sí encuentra son síntomas: ansiedad, ausencia de rumbo, dificultad para disfrutar lo que tiene. La pandemia, dice Lama Rinchen, funcionó como un catalizador involuntario. Cuando el modelo de vida colapsó, muchas personas —jóvenes en particular— se preguntaron por primera vez quiénes querían ser. Esa pregunta, aunque incómoda, fue el inicio de algo genuino.

Él mismo comenzó a hacérsela a los 13 años, en una biblioteca, leyendo sobre el karma y la muerte. A los 20 decidió que su vida giraría en torno al desarrollo espiritual. A los 25 se hizo monje, contra la opinión de casi todos.

Entrenar la mente como se entrena el cuerpo

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Lama Rinchen habla de meditación sin incienso ni misterio. «La meditación no es mística: es entrenar la mente», explica, y la equipara al gimnasio: si se abandona, se atrofia. Si se practica con constancia, los resultados aparecen en semanas: mejor memoria, mayor concentración, estados de ánimo más estables, más capacidad de elegir qué se piensa y qué se siente.

Describe cuatro grandes áreas de entrenamiento: equilibrio atencional, cultivo del altruismo, desarrollo de virtudes como la paciencia y la generosidad, y una percepción más clara de uno mismo y del mundo. La primera, dice, es la más urgente, porque produce resultados visibles rápido y genera el impulso para continuar.

Pero hay un adversario poderoso. «Si descuidamos nuestra realidad interna, lo que pasa fuera dicta lo que sentimos dentro», advierte. Y lo que pasa fuera hoy es ruidoso, veloz e implacable. La juventud crece expuesta a plataformas diseñadas para capturar la atención al precio de fragmentarla. «Los vídeos cortos nos dan el clímax emocional cada 15 segundos», señala. Lo que antes requería dos horas de película ahora llega en una ráfaga de instantes, uno tras otro, sin pausa ni integración.

La consecuencia no es solo distracción: es deterioro cognitivo. Lama Rinchen va más lejos cuando habla de inteligencia artificial. «La inteligencia artificial está dañando el pensamiento crítico de la juventud», afirma. Delegar en algoritmos la escritura, el análisis o la toma de decisiones no ahorra tiempo: roba el proceso que hace crecer al cerebro. La neuroplasticidad, explica, se construye en el esfuerzo, no en la comodidad.

¿Qué hacer entonces? Según el monje, es necesario limitar la exposición a contenidos que polarizan. Buscar conversaciones más humanas. Ir a la naturaleza. Y, sobre todo, invertir tiempo en el único territorio que nadie puede colonizar desde afuera.

«No hay riqueza mayor que ser dueños de nosotros mismos», resume. Y agrega, con la tranquilidad de quien lo ha comprobado: «Si realmente tomamos las riendas de nuestra vida, podemos ser arquitectos de nuestro futuro».


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