Hay un universo completo dentro del cuerpo humano que la medicina convencional tardó décadas en tomar en serio. Al respecto, el microbiólogo Goosen López es contundente al afirmar que «tenemos peor microbiota que hace unas generaciones atrás, y esa fragilidad se hereda de generación en generación».
Lo que López describe no es una moda ni una corriente alternativa. Es ciencia que avanza más rápido que los consultorios: la microbiota —ese conjunto de miles de millones de bacterias, virus, hongos y parásitos que viven principalmente en el intestino— regula la digestión, el sistema inmunológico, la producción de neurotransmisores y, según la evidencia acumulada, prácticamente todos los procesos internos del organismo.
Microbiota: Un ecosistema que determina la salud desde el nacimiento

«El mecanismo principal de la digestión es la microbiota», afirma López. No se trata solo de descomponer alimentos: los microorganismos intestinales también sintetizan neurotransmisores, neutralizan toxinas, regulan la inflamación y actúan como primera línea de defensa frente a patógenos externos. Cuando esa comunidad microbiana se debilita o desequilibra, el cuerpo lo acusa en múltiples frentes al mismo tiempo.
El microbiólogo traza el origen del problema en los primeros días de vida. Los niños nacidos por cesárea, los que no recibieron leche materna o los que fueron tratados con antibióticos en la infancia parten con una microbiota comprometida. Esa base frágil se expresa después como intolerancias alimentarias, problemas dermatológicos, digestiones difíciles o mayor susceptibilidad a infecciones. Y si los padres ya arrastraban un desequilibrio microbiano, los hijos heredan ese punto de partida deteriorado.
La conexión con las enfermedades autoinmunes es uno de los hallazgos que más lo impresionan. «Las enfermedades autoinmunes tienen una correlación absoluta con la fragilidad de la microbiota», dice López. En condiciones normales, los microorganismos intestinales dirigen al sistema inmune hacia los intrusos reales —virus, bacterias dañinas, células tumorales—. Cuando esa dirección falla, el sistema ataca tejidos propios. Es el mecanismo detrás del hipotiroidismo de Hashimoto, la psoriasis, la dermatitis y el síndrome de intestino irritable, entre otros cuadros que hoy se diagnostican con frecuencia creciente.
Antibióticos, gluten y el camino para reconstruir
Uno de los puntos más incómodos para la medicina convencional es el uso masivo de antibióticos. López es directo: más del 90% de las infecciones de garganta son virales y se autolimitan en dos semanas sin intervención farmacológica. Tratar esos cuadros con antibióticos elimina también las bacterias beneficiosas del intestino, dejando al paciente más expuesto en el mediano plazo. Aquí introduce otra idea que suele generar resistencia: los virus no son necesariamente enemigos. «Los virus te ayudan a regular tu sistema inmunológico», explica, y los sitúa como parte activa del microbioma, no como agentes externos a eliminar.
El proceso de recuperación que propone López tiene tres pilares alimentarios concretos. El primero es retirar el gluten —y con él los pesticidas como el glifosato que lo acompañan—, que inflama las paredes intestinales e impide que los microorganismos beneficiosos se establezcan. El segundo es incorporar caldo de huesos al menos tres veces por semana, porque repara esas paredes desde adentro. El tercero es introducir alimentos probióticos —yogur ecológico, kombucha, chucrut— de forma gradual y en cantidades pequeñas, para evitar las llamadas crisis curativas: reacciones temporales que ocurren cuando los microorganismos perjudiciales mueren en masa y liberan toxinas.
La intolerancia a los lácteos, tan extendida, encaja en este mismo marco. Para López no tiene tanto que ver con la leche en sí como con el estado del intestino de quien la consume. Una microbiota fuerte, con buenos niveles de lactobacilos y bifidobacterias, puede digerir lácteos de calidad sin dificultad. El problema, dice, es que muchas personas carecen de esas bacterias, y eso convierte un alimento potencialmente nutritivo en un disparador de síntomas.
La reconstrucción lleva tiempo —entre dos y tres años en casos severos— y no es lineal. Hay retrocesos temporales que forman parte del proceso. Lo que López busca no es suprimir síntomas sino cambiar el ecosistema de fondo, ese universo interior que, según insiste, es tan vital para la supervivencia humana como el corazón o el cerebro.





