Rafa Guerrero (44), psicólogo clínico: “El niño necesita sentirse visto, protegido y perteneciente para crecer emocionalmente sano”

En una época de pantallas, agendas saturadas y sobreprotección, Rafa Guerrero advierte que muchos niños crecen sin tolerancia a la frustración ni sensación real de pertenencia. Para el psicólogo, la atención emocional cotidiana sigue siendo el pilar invisible de una crianza sana.

Un niño entra corriendo al salón con un dibujo en la mano. El padre está mirando el móvil. Ese instante, según Rafa Guerrero, psicólogo clínico especializado en infancia y desarrollo emocional, es una de las oportunidades más importantes que tendrá ese adulto en su rol como padre. Y se juega en segundos.

Guerrero lleva años trabajando con familias y ha identificado hasta dieciocho necesidades que todo niño debe ver cubiertas durante su crianza para desarrollarse emocionalmente sano. Tres de ellas, sin embargo, articulan todo lo demás: sentirse visto, sentirse protegido y sentirse perteneciente a su tribu familiar.

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Lo que un niño necesita que no siempre está en el manual

Lo que un niño necesita que no siempre está en el manual
Fuente: agencias

Cuando Guerrero habla de que un niño necesita sentirse visto, no lo dice en sentido metafórico. Lo dice en sentido literal. «El niño necesita sentirse visto, protegido y perteneciente para crecer emocionalmente sano», afirma, y señala que muchos problemas de atención o de búsqueda compulsiva de reconocimiento en la adolescencia y la vida adulta tienen su raíz en esa necesidad insatisfecha durante los primeros años.

La protección no implica ausencia de dificultad. Un niño que nunca se enfrenta a nada difícil no aprende a gestionar lo que vendrá. Guerrero lo equipara al aprendizaje de un idioma: para hablar inglés hay que pasar por todos los niveles, de lo más sencillo a lo más complejo. Con las emociones ocurre exactamente lo mismo. El miedo, la rabia, la tristeza y la frustración no son emociones a evitar, sino a transitar. Cuanto antes empiece ese proceso, con la red de seguridad que ofrece la familia, mejor equipado estará el niño cuando esas emociones aparezcan sin red.

La pertenencia, la tercera gran necesidad, tiene también una dimensión práctica. Guerrero insiste en que cada miembro de la familia debe tener un rol, una función, un valor reconocido. Eso no es decorativo: genera identidad y sentido de responsabilidad desde edades tempranas.

El psicólogo observa que las mejores conversaciones con los hijos no ocurren cuando se planifican, sino cuando desaparecen las agendas y los dispositivos. Un trayecto en coche de vuelta del colegio, una tarde en el campo, un paseo sin destino. Es en esos márgenes donde el niño habla de verdad, donde aparece lo que lleva dentro y donde el adulto tiene la posibilidad de ejercer como espejo y como guía.

El problema de una generación a la que nunca se deja aburrirse

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Guerrero no elude el debate sobre la sobreprotección y la hiperactividad de las agendas infantiles. Su diagnóstico es directo: «Estamos criando niños sin tolerancia a la frustración porque nunca les dejamos aburrirse». El aburrimiento, lejos de ser un problema a resolver, es el espacio donde surge la creatividad, donde el niño aprende a generar sus propios recursos y donde las mejores ideas aparecen sin que nadie las haya convocado.

El modelo contrario, el de los horarios completamente estructurados de lunes a domingo, deja al niño sin oportunidad de probar, equivocarse y rectificar por su cuenta. Y cuando ese niño llega a la adolescencia y algo no sale como esperaba, no tiene herramientas para sostener el golpe.

Hay otro elemento que Guerrero subraya con insistencia: la honestidad de los padres como espejos. Los adultos tienden a inflar los logros de sus hijos por afecto, pero esa distorsión tiene consecuencias. Si un niño no tiene habilidad especial para el fútbol y sus padres le dicen que juega fenomenal, el niño construye una expectativa que tarde o temprano la realidad va a desmentir. La alternativa no es la crueldad, sino la precisión afectuosa: reconocer lo que se hace bien, señalar lo que se puede mejorar y no elevar expectativas que el niño no podrá sostener.

Guerrero lo aplica incluso con sus propios hijos. Cuando su hijo le preguntó si había jugado bien al fútbol, él respondió con honestidad: no es tu mejor habilidad, pero se puede mejorar. Y subrayó otras capacidades en las que sí destacaba. Ese ejercicio, sencillo en apariencia, es lo que él llama ejercer de espejo fiel.

Guerrero no defiende la crianza perfecta ni el del padre siempre disponible. Es el de la presencia con atención real cuando el niño la necesita. Parar el móvil cuando llega con el dibujo. Sentarse a la mesa sin pantallas. Salir al campo un sábado sin nada planificado. Cosas pequeñas que, acumuladas, construyen algo que ningún programa de actividades extraescolares puede sustituir: la certeza de que hay alguien ahí mirando.


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