La carrera por los semiconductores para inteligencia artificial da un giro inesperado con la irrupción de SpaceX: la empresa de Elon Musk proyecta una inversión mínima de 55.000 millones de dólares en una planta de fabricación de chips, bautizada como Terafab, en Austin. Los documentos fiscales presentados en el condado de Grimes, Texas, revelan la magnitud de una operación que podría alterar el mapa mundial de la computación avanzada.
Claves de la operación
- Una inversión masiva que desafía a los líderes. Los 55.000 millones de dólares iniciales equivalen a más del triple del gasto anual en I+D de TSMC, y podrían llegar a 119.000 millones en fases posteriores.
- El proyecto busca exenciones fiscales. La solicitud de beneficios tributarios en Texas forma parte del plan de financiación, lo que podría aligerar la carga pero también generar debate político.
- Implicaciones para la cadena de suministro europea. La irrupción de un nuevo fabricante de chips de IA podría reconfigurar las alianzas con proveedores como ASML y afectar los plazos del PERTE Chip español.
Un desafío directo a la hegemonía asiática
El plan de Elon Musk no es un simple movimiento de diversificación. La planta, conocida como Terafab por su nombre en código en los círculos industriales, apunta a producir chips capaces de alimentar centros de datos con una demanda energética de hasta 200 gigavatios al año. Una cifra que, según fuentes del sector, supera ampliamente la capacidad actual de las fábricas de TSMC en Taiwán.
La inversión de 55.000 millones de dólares —con la posibilidad de que se dispare a 119.000 millones en fases adicionales— coloca a SpaceX en una posición de rival directo de los gigantes asiáticos y también de Intel. Ninguna otra empresa ha anunciado una apuesta tan concentrada en un solo complejo fabril, lo que ha provocado una sacudida en los mercados de equipos de litografía y materiales.
Según el aviso de audiencia pública presentado en Grimes County, la compañía solicita exenciones fiscales para poder acometer el proyecto. Es una práctica habitual en Texas, pero en esta escala abre un interrogante: ¿hasta qué punto el contribuyente estadounidense está financiando la entrada de Musk en un sector estratégico?
Musk había adelantado en marzo sus intenciones de fabricar chips para IA, pero sin detallar cifras. Ahora, los documentos fiscales ponen números a esa ambición, y el mensaje es claro: quiere un pedazo del pastel de la infraestructura que sostiene a ChatGPT, Bard y los modelos de los hyperscalers.
Sin embargo la empresa aún no ha confirmado plazos ni clientes potenciales para la producción. La discreción es total en la sede de Hawthorne.
El proyecto Terafab podría duplicar la capacidad norteamericana de semiconductores avanzados en una sola zancada, pero también concentrar más poder en manos de un magnate que ya controla la órbita baja terrestre.
El músculo fiscal de Texas y la fragmentación del imperio Musk

La elección de Austin no es casual. Texas se ha convertido en en un polo de atracción para las tecnológicas gracias a sus ventajas fiscales y a una red eléctrica cada vez más descarbonizada. Musk ya tiene en el estado la Gigafactory de Tesla y la base de lanzamiento de Starship, y ahora añade la que podría ser la fábrica de chips más grande del mundo.
Pero el momento es delicado. El imperio de Musk se enfrenta a crecientes presiones regulatorias en varios frentes: la Comisión Europea investiga a X por desinformación, Tesla lidia con una demanda por la conducción autónoma y Neuralink acumula críticas. Meter a SpaceX en la producción de semiconductores suma otra capa de riesgo reputacional y financiero.
Desde el punto de vista de la cadena de suministro, la planta de Austin podría absorber una parte significativa de la producción de máquinas de litografía EUV de ASML, el cuello de botella actual de la industria. Eso dejaría menos capacidad para TSMC, Samsung e Intel, elevando los precios y tensando los plazos de entrega.
El espejismo del PERTE Chip y la oportunidad europea
En España, el contraste es sonrojante. El PERTE Chip movilizó 12.250 millones de euros de inversión público-privada con el objetivo de atraer fábricas y crear un ecosistema de semiconductores. Tres años después, los proyectos estrella como el de Broadcom en Barcelona o el de IMEC en Málaga avanzan a paso lento. Un solo proyecto privado en Texas multiplica por diez la apuesta europea, lo que evidencia la brecha de escala entre ambos lados del Atlántico.
No obstante, la jugada de Musk también abre una ventana para que los proveedores europeos de equipos y materiales ganen un nuevo cliente de primer nivel. ASML, con sede en Países Bajos, ya es proveedor de TSMC; si Terafab despega, será un cliente más que probable. Y empresas españolas como IMB-CNM o centros como el CSIC podrían encontrar nichos en el desarrollo de encapsulado avanzado o testeo.
En Merca2.es seguimos con atención este movimiento. La historia de Musk está llena de promesas grandilocuentes que se materializan, pero también de proyectos que se diluyen en el tiempo (¿alguien recuerda el Hyperloop?). Con los semiconductores, las barreras de entrada son más altas: una fábrica de chips de vanguardia tarda entre tres y cinco años en estar operativa y exige un ecosistema de suministro que solo existe en Asia. SpaceX aún no tiene ni la patente del silicio.
El condado de Grimes votará las exenciones fiscales en las próximas semanas. De ese trámite burocrático depende que la mayor inversión en chips de la historia privada comience a ser realidad o se quede en un titular. A día de hoy, no hay un solo cliente comprometido. Y sin clientes, Terafab es solo un agujero en la tierra de Texas.





