Hay territorios en la Amazonía ecuatoriana que llevan más de un siglo en disputa. No entre países ni entre ejércitos, sino entre comunidades indígenas que llevan generaciones habitando la selva y empresas petroleras que quieren lo que hay debajo de ella. Moi Guiquita es waorani, activista y nieto de la primera persona de su pueblo en tener contacto con el mundo occidental.
«El territorio waorani no está en venta: la vida se respeta, no es sacrificable», dice con una calma que no esconde la firmeza. Su historia personal y la historia de su pueblo son casi inseparables, y las dos tienen que ver con lo mismo: quién decide qué pasa con la tierra.
Una historia que empieza con la abuela y termina con las petroleras

Para entender lo que ocurre hoy en territorio waorani hay que retroceder al menos hasta los años sesenta, cuando el Instituto Lingüístico de Verano —vinculado a misiones evangélicas estadounidenses— estableció contacto con el pueblo. La primera persona de la comunidad en relacionarse con el mundo exterior fue la abuela de Moi. Sobreviviente de una batalla entre clanes, huyó selva adentro, vivió escondida durante siete días en una laguna y acabó siendo comprada en una hacienda donde esclavizaban indígenas. Desde allí la llevaron a la casa de los misioneros, donde pasó décadas siendo adoctrinada, aprendió inglés, viajó por el mundo y regresó al Amazonas con una nueva conciencia y una misión evangélica.
Lo que siguió fue una cadena de consecuencias que Moi narra sin dramatismo pero sin eufemismos. Los misioneros murieron a manos de la comunidad cuando intentaron entrar al territorio. La noticia recorrió el mundo. La abuela volvió. Una enfermedad que trajeron los recién llegados mató a más de la mitad de los que quedaban. Parte del grupo decidió desaparecer en la selva para no volver a tener contacto con nadie. Son los no contactados de hoy.
Las petroleras llegaron antes que los misioneros, ya desde 1920, y siempre encontraron resistencia. Durante décadas no pudieron abrir carreteras ni meter maquinaria porque los waorani las atacaban. Fue precisamente ese contacto con el mundo exterior lo que abrió la puerta a su entrada definitiva, señala Moi, sin acusar directamente a su abuela, pero trazando la línea con precisión.
Firmar con el dedo y perder el río
La contaminación no llegó de golpe. Llegó durante generaciones, acumulándose en los ríos que son la principal fuente de alimento de las comunidades. Las petroleras operaban sin registros sanitarios ni protocolos de residuos. Los desechos iban al agua. La gente empezó a perder el cabello, a que se les partiera la piel. «Las petroleras llevan más de cien años contaminando ríos, la principal fuente de vida indígena», dice Moi.
La manipulación también tuvo sus métodos más directos. En 2012 llegó un helicóptero a una comunidad con un médico que ofreció atención sanitaria. Nadie sabía leer. Todos pusieron el dedo. Meses después empezaron a llegar helicópteros para construir túneles para las petroleras. Lo que la gente había firmado era un permiso de entrada. «Nos hicieron firmar con el dedo prometiendo medicina, pero era permiso para que entraran las petroleras», recuerda Moi.
Frente a eso, las comunidades aprendieron a usar otras herramientas: demandas internacionales, presión mediática, movilizaciones. En 2019 se descubrió que jueces habían recibido sobornos de hasta 200.000 dólares para fallar contra los pueblos indígenas. El escándalo, sumado a años de presión social, logró frenar temporalmente la expansión de nuevas petroleras en la zona.
Pero Moi no vende optimismo fácil. Reconoce que muchos miembros de su comunidad trabajan hoy para esas mismas empresas porque el Estado lleva décadas sin aparecer. «Las petroleras ofrecen escuelas y casas a cambio de un desastre ambiental irreversible», dice, y añade algo que él mismo pudo estudiar gracias a una beca de una de ellas. No lo cuenta como contradicción sino como retrato de un sistema donde las opciones son escasas y el daño ya está hecho.
Su apuesta hoy es más pequeña y más concreta: ayudar a sus padres, a sus tíos, a los niños de la comunidad. Y confiar en que hay otros como él creciendo en territorios donde el arte y las redes sociales están construyendo una voz que antes no existía.





