Iain McGilchrist (73), psiquiatra: “La intuición es clave; perderla es quedarse solo con una razón que puede volverse loca”

Iain McGilchrist advierte que despreciar la intuición empobrece la mente y distorsiona la realidad. Su enfoque revela cómo una razón aislada puede derivar en errores profundos y desconexión con el mundo.

Hay ideas que, al escucharlas, reorganizan la manera en que uno entiende el mundo. Iain McGilchrist, psiquiatra, filósofo y neurocientífico británico, lleva décadas defendiendo una tesis que desafía los lugares comunes sobre el cerebro humano. Según el especialista, vivimos en una civilización que ha apostado por la mitad equivocada de su mente y está pagando un precio altísimo por ello.

La intuición ocupa el centro de su pensamiento. Para McGilchrist, desdeñarla en nombre de la razón no es un avance intelectual sino una mutilación. Y lo argumenta con décadas de investigación clínica, casos psiquiátricos extraordinarios y una erudición que abarca desde las matemáticas hasta la poesía.

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El gran malentendido sobre los hemisferios cerebrales

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Durante años, la divulgación popular instaló una idea errónea en el imaginario colectivo: el hemisferio izquierdo era el de la razón y la lógica, frío pero fiable, mientras que el derecho era el de las emociones y el arte, interesante pero incontrolable. McGilchrist desmonta ese relato punto por punto. No se trata de qué hace cada hemisferio sino de cómo y con qué actitud se relaciona cada uno con el mundo.

El hemisferio derecho, explica, es el que percibe el contexto completo, entiende la ironía, capta la metáfora y comprende lo que alguien realmente quiere decir más allá de sus palabras literales. También es el que modera las emociones excesivas y el que alberga las más profundas: la compasión, la culpa, la vergüenza. El izquierdo, en cambio, tiende a fragmentar la realidad en pedazos desconectados, a encasillar la experiencia en categorías previas y a generar ira y agresividad cuando opera sin contrapeso.

Para ilustrarlo, McGilchrist recurre a uno de sus casos clínicos más reveladores. Un paciente que había sufrido un ictus en el hemisferio derecho tenía el brazo izquierdo completamente paralizado pero negaba cualquier problema. Cuando el médico colocó el brazo ante sus ojos y le pidió que lo moviera, el hombre respondió que ese brazo no era suyo, que pertenecía a otro paciente. Esa negación absoluta de la realidad, esa incapacidad para asumir lo evidente, es exactamente lo que ocurre cuando el hemisferio izquierdo opera sin la guía del derecho.

Por qué la intuición no es el enemigo de la razón

Por qué la intuición no es el enemigo de la razón
Fuente: agencias

Uno de los argumentos más poderosos de McGilchrist es su defensa de la intuición como facultad cognitiva legítima e imprescindible. En los últimos años, ha proliferado cierta tendencia a presentarla como una fuente de sesgos y errores que la razón explícita debería corregir. El psiquiatra rechaza esa visión con contundencia y, sobre todo, con ejemplos concretos.

La intuición, señala, permite integrar de forma simultánea docenas de hilos de pensamiento que la mente consciente no podría procesar uno a uno. Un piloto que aterriza un avión averiado en el río Hudson sin saber exactamente cómo lo hizo, un matemático como Henri Poincaré que resuelve un problema complejo en el momento en que pone el pie en el escalón de un autobús, un maestro del ajedrez que ve el siguiente movimiento sin calcular variantes durante minutos: todos ellos ilustran que la excelencia real no se construye sobre el pensamiento explícito, sino sobre algo más profundo que lo ha integrado y lo ejecuta de forma espontánea.

Perder la intuición, advierte, tiene consecuencias graves. El caso de la esquizofrenia lo demuestra con claridad. Quienes la padecen carecen precisamente de esa guía interna que orienta el juicio en tiempo real. Lo resuelven todo racionalmente y llegan a conclusiones que, siendo deducidas paso a paso desde premisas razonables, resultan completamente delirantes. El escritor G. K. Chesterton lo formuló con precisión hace más de un siglo: el loco no es quien ha perdido la razón sino quien lo ha perdido todo menos la razón.

McGilchrist no propone abandonar el pensamiento racional ni la ciencia. Ambos tienen un valor indiscutible. Pero advierte que la ciencia también se equivoca, que la razón también lleva por caminos erróneos y que la intuición, con todas sus imperfecciones, acierta el noventa y nueve por ciento de las veces porque es el resultado de años de experiencia destilada en un juicio inmediato. Ignorarla sería tan absurdo como dejar de usar los ojos porque una ilusión óptica nos engañó una vez.

El problema, concluye, es que la sociedad contemporánea ha construido un mundo dominado por el hemisferio izquierdo, lleno de fragmentos sin contexto, de ira moral, de literalidad y de negación de todo lo que no puede medirse. Recuperar la intuición no es volver a un pensamiento mágico ni renunciar al rigor. Es reconocer que la parte más importante de nuestra mente lleva demasiado tiempo sin ser escuchada.


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