La inflación de la eurozona se dispara a máximos por Irán

Bloomberg Economics anticipa el mayor repunte del IPC en dos años y medio por el impacto energético del conflicto iraní. El BCE afronta su reunión de junio con el mercado recortando las apuestas por nuevos recortes de tipos.

La inflación de la eurozona saltará en abril al nivel más alto en dos años y medio, según Bloomberg Economics. El detonante es energético. El segundo mes de guerra en Irán ha tensado el crudo y el gas hasta un punto que ningún banco central esperaba gestionar en 2026.

La estimación que maneja Bloomberg sitúa el IPC armonizado del área euro por encima de cualquier registro desde finales de 2023, borrando buena parte del trabajo de desinflación que el Banco Central Europeo creía consolidado. Es un giro brusco. Y llega justo cuando los mercados descontaban una senda de recortes ordenados de tipos hasta verano.

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El choque energético vuelve a marcar el IPC de España y la eurozona

Según los cálculos de Bloomberg Economics publicados el 24 de abril, el componente energético explica prácticamente todo el repunte del mes. El Brent ha subido de forma sostenida desde que el conflicto en Irán entró en su segunda fase, y el gas TTF europeo ha recuperado niveles que no se veían desde el invierno de 2022-2023. El efecto base también juega en contra: hace un año los precios de la energía caían con fuerza, y esa comparación amplifica cualquier subida actual.

En España, el IPC de marzo ya había avanzado un anticipo de esta tendencia, con la electricidad y los carburantes tirando del índice general. El INE publicará el dato definitivo de abril a finales de mayo, y las casas de análisis consultadas por esta redacción apuntan a un repunte de entre cuatro y seis décimas respecto al mes anterior. No es una cifra catastrófica, pero sí rompe la narrativa de normalización que se vendía hace apenas un trimestre.

El detalle incómodo está en la inflación subyacente. Por ahora se mantiene contenida, lo que sugiere que el shock es todavía de oferta y no se ha trasladado a servicios ni a salarios. Eso da algo de margen al BCE. Pero no mucho.

El BCE, atrapado entre el mandato y la realidad geopolítica

¿Cómo reacciona Frankfurt ante una inflación que no nace de la demanda interna sino de una guerra en Oriente Medio? Es la pregunta que recorre los despachos de la Comisión Europea y de los ministerios económicos del sur del continente. Subir tipos para atajar una subida de precios energética sería castigar al consumidor dos veces. Bajarlos con el IPC al alza sería desafiar el mandato de estabilidad de precios.

La presidenta Christine Lagarde ya deslizó en la última rueda de prensa del Consejo de Gobierno que el BCE observará con paciencia los datos antes de modificar su hoja de ruta. La próxima reunión de política monetaria está convocada para junio de 2026, y allí tendrá ya sobre la mesa los datos definitivos de abril y mayo. Los futuros sobre tipos han recortado bruscamente las expectativas de recorte: si a principios de mes el mercado daba por hecho dos bajadas adicionales antes de septiembre, hoy descuenta apenas una, y con probabilidad inferior al 60%.

IPC España 2026

Algunos analistas, entre ellos los de ING y Pictet, defienden que el BCE debería mirar más allá del titular y centrarse en la subyacente. Otros, como los economistas de Deutsche Bank, advierten de que un shock energético prolongado acaba filtrándose a los precios de servicios en seis u ocho meses. Tienen razón ambos, y ahí está el problema.

Una inflación importada que recuerda a 2022, pero con menos colchón fiscal

Conviene situar este episodio en perspectiva. La eurozona ya vivió un shock energético de manual en 2022 con la invasión rusa de Ucrania, y la respuesta fue una combinación de subidas agresivas de tipos y escudos fiscales nacionales que amortiguaron el golpe a familias y empresas. Cuatro años después, el contexto es distinto, y en algunos aspectos peor.

Los gobiernos europeos llegan a esta crisis con menos margen presupuestario. España cerró 2025 con un déficit cercano al 3% y una deuda que sigue rondando el 103% del PIB, según los últimos datos del Banco de España. Italia y Francia están en situación más delicada todavía. No hay espacio para repetir las rebajas masivas del IVA eléctrico o los cheques a hogares vulnerables que se desplegaron entonces, al menos no con la misma generosidad.

Mi lectura, después de cubrir varios de estos episodios, es que el riesgo real no está en un mes concreto de IPC alto. Está en la cronificación. Si el conflicto en Irán se alarga hasta el segundo semestre —escenario que manejan ya algunos servicios de estudios— la eurozona se asoma a un año completo con inflación por encima del objetivo, crecimiento débil y un BCE incapaz de mover ficha. Es, en esencia, el peor guion posible: estanflación suave pero persistente.

Hay, eso sí, un matiz que diferencia este episodio del de 2022. Las reservas estratégicas de gas están más llenas, la diversificación de proveedores ha avanzado y el peso de las renovables en el mix eléctrico europeo es mayor. El golpe será duro, pero el sistema tiene más capacidad de absorción de la que tenía hace cuatro años. Falta saber si eso basta. La reunión del BCE de junio dará la primera pista real, y los datos de IPC de mayo —que conoceremos a primeros de ese mes— marcarán si esto es un pico aislado o el inicio de algo más profundo.


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