La AIE alerta: el cierre de Ormuz puede hundir el 20% del crudo mundial

Una quinta parte del petróleo que consume el mundo pasa por un embudo de 33 kilómetros de ancho. La AIE acaba de recordar lo que muchos prefieren olvidar: el estrecho de Ormuz no tiene sustituto y cualquier interrupción prolongada desataría una crisis energética sin precedentes recientes.

El cuello de botella que sostiene la economía global

El informe publicado esta semana por la Agencia Internacional de la Energía no deja margen a la interpretación optimista. Por el estrecho de Ormuz transitan diariamente entre 20 y 21 millones de barriles de crudo, aproximadamente el 20% de la demanda mundial. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak e Irán dependen de esta vía para exportar la mayor parte de su producción. No existe ruta alternativa con capacidad suficiente.

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Los oleoductos que cruzan la península arábiga podrían absorber, en el mejor de los casos, entre 6 y 7 millones de barriles diarios. Quedarían fuera del mercado más de 13 millones cada día. Las reservas estratégicas de los países de la OCDE, incluidas las de España, están diseñadas para cubrir interrupciones de semanas, no de meses.

Fatih Birol, director ejecutivo de la AIE, ha sido contundente en sus declaraciones: un bloqueo efectivo del estrecho provocaría un shock de oferta comparable al embargo árabe de 1973, pero con una economía global mucho más interconectada. Y, por tanto, más vulnerable.

España ante el espejo de su dependencia

Para España, las cifras resultan especialmente incómodas. Según datos de Cores, la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos, más del 35% del crudo que importa nuestro país procede de la región del Golfo Pérsico. Arabia Saudí e Irak figuran sistemáticamente entre los tres principales proveedores.

La diversificación que tanto se predica desde la crisis de 2022 avanza con lentitud. Nigeria, México y Estados Unidos han ganado cuota, pero ninguno puede compensar una interrupción masiva del flujo desde Oriente Medio. El problema no es solo de volumen, sino de infraestructura: las refinerías españolas están configuradas para procesar crudos con características específicas que no todos los proveedores alternativos pueden ofrecer en cantidad suficiente.

crisis petróleo mundial

Creo que aquí reside el verdadero punto ciego del debate energético español. Hablamos mucho de transición verde y poco de seguridad de suministro durante la transición. Ambas cosas no son excluyentes, pero tampoco son lo mismo.

Por qué la AIE lanza esta advertencia ahora

El contexto geopolítico explica la urgencia del mensaje. Las tensiones entre Irán y Estados Unidos han vuelto a escalar en los últimos meses, con incidentes navales en el golfo de Omán y sanciones cruzadas que no cesan. Teherán ha insinuado en varias ocasiones que el estrecho de Ormuz es su baza de negociación última. No es una amenaza nueva, pero tampoco es retórica vacía: Irán controla la costa norte del estrecho y dispone de capacidad militar para dificultar seriamente el tráfico marítimo.

La AIE no predice un bloqueo inminente. Lo que hace es cuantificar las consecuencias. Y eso, en sí mismo, es un mensaje político. Los organismos internacionales no publican este tipo de análisis por casualidad.

Hay quien argumenta que un cierre de Ormuz perjudicaría también a Irán, que necesita exportar su propio crudo. Es cierto. Pero los cálculos racionales no siempre gobiernan las decisiones en momentos de máxima tensión. La historia reciente de Oriente Medio debería habernos enseñado eso.

Las implicaciones para el precio del barril y la inflación

El informe de la AIE estima que un bloqueo sostenido de varias semanas podría llevar el precio del Brent por encima de los 150 dólares, posiblemente hasta los 180 en escenarios extremos. Para contextualizarlo: el máximo histórico se alcanzó en julio de 2008, cuando rozó los 147 dólares. Y aquello bastó para agravar una recesión global.

En España, cada subida de 10 dólares en el barril se traduce en un incremento aproximado de 3 a 4 céntimos por litro en gasolina y gasóleo, según las estimaciones de la Asociación Española de Operadores de Productos Petrolíferos. Pero el impacto va mucho más allá del surtidor. Transporte de mercancías, industria petroquímica, generación eléctrica en momentos de baja renovable: todo se encarece.

El fantasma de la inflación de 2022-2023 podría parecer menor comparado con un shock de esta magnitud. El Banco de España ha modelizado escenarios de crisis energética severa y las conclusiones no son tranquilizadoras: un repunte inflacionario de entre 4 y 6 puntos porcentuales adicionales en el primer año, con efectos de segunda ronda difíciles de contener.

Qué puede hacer Europa y qué probablemente no hará

La respuesta europea a este riesgo ha sido, hasta ahora, tibia. La Unión Europea habla de strategic autonomy energética, pero la realidad es que depende de importaciones para más del 90% de su petróleo. Las reservas estratégicas coordinadas existen, pero los mecanismos de liberación conjunta nunca se han probado en una crisis de las dimensiones que plantea la AIE.

Hay medidas que podrían tomarse: acelerar los contratos a largo plazo con proveedores africanos y americanos, invertir en capacidad de almacenamiento, diversificar el parque de refino. Todas requieren tiempo y dinero. Y, sobre todo, requieren una voluntad política que tiende a evaporarse cuando el precio del barril baja y las portadas hablan de otras cosas.

Me parece que la advertencia de la AIE cumple una función: poner negro sobre blanco lo que los analistas del sector llevan años señalando. Ormuz es el punto más frágil del sistema energético mundial. No sabemos cuándo ni si se materializará una crisis. Pero sí sabemos que no estamos preparados para ella.

La próxima cumbre de la AIE, prevista para septiembre de 2026 en París, tendrá este asunto en agenda. Veremos si para entonces el debate ha avanzado o si seguimos hablando de transición verde como si la seguridad de suministro fuera un problema de otros.


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