Bajo los cimientos del ambicioso proyecto de remodelación del Ramón Sánchez-Pizjuán no solo hay hormigón y acero; hay una batalla por el modelo de ciudad. Lo que para el Sevilla FC y el Ayuntamiento de Sevilla representa un salto a la modernidad y una fuente de ingresos turísticos, para los residentes de Gran Plaza, Nervión Este y Ciudad Jardín es la estocada final a un barrio ya saturado.
El conflicto del suelo SIPS: entre el interés público y el proyecto del Pizjuán
El eje central de la discordia reside en una sigla que los vecinos han aprendido a manejar con soltura jurídica: SIPS (Suelo de Interés Público y Social). Según el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de Sevilla, este tipo de suelo está reservado para equipamientos que den servicio a la comunidad: colegios, centros de salud, bibliotecas o espacios deportivos municipales. Sin embargo, el expediente de ampliación tramitado por el Área de Urbanismo contempla la ocupación de más de 10.000 metros cuadrados de este suelo para integrarlos en la estructura y el entorno del nuevo estadio.
El Ayuntamiento defiende que la operación es legal bajo la figura de la «mutación demanial» o acuerdos de uso que, sobre el papel, mantienen la titularidad pública. Pero la realidad es más compleja. Los informes del Portal de Transparencia revelan que gran parte de ese espacio, antes destinado a posibles servicios para el barrio, pasará a estar condicionado por la actividad del club. Los vecinos denuncian que se está produciendo una privatización encubierta de facto. ¿Es el crecimiento de un estadio de fútbol un «interés social» equiparable a una zona verde o una dotación sanitaria en uno de los distritos con mayor densidad de población de la ciudad?
Una plaza peatonal como compensación: ¿solución o decorado?
Para mitigar el impacto, el proyecto incluye la creación de una gran plaza peatonal que rodeará el estadio. La experiencia en otros proyectos urbanísticos de la ciudad dicta que estas plazas suelen convertirse en «espacios de servidumbre» comercial. Temen que lo que hoy se vende como zona de paseo, mañana esté colonizado por veladores, tiendas oficiales y accesos restringidos durante los días de partido o eventos de gran formato.
«No queremos un decorado para las fotos de los turistas, queremos un espacio que podamos usar los que vivimos aquí sin tener que consumir en una franquicia», señalan desde la Asociación Nervión Este. La sombra, en este nuevo diseño, parece depender más de la arquitectura del estadio que de una planificación verde pensada para el ciudadano.
La trampa de las compensaciones ambientales a distancia
Uno de los puntos más polémicos y menos comprendidos del expediente es el de las medidas compensatorias de calidad ambiental. La normativa obliga a que proyectos de esta envergadura compensen la pérdida de suelo permeable o la eliminación de ejemplares arbóreos. La sorpresa para los colectivos de Nervión llegó al descubrir que estas compensaciones no se realizarán necesariamente en el entorno inmediato del Sánchez-Pizjuán.
El Área de Parques y Jardines ha barajado en diversos informes la posibilidad de aplicar estas medidas en otras zonas de la ciudad, alegando falta de espacio en el saturado distrito de Nervión. Esta práctica, permitida por ciertos resquicios legales, es lo que los expertos y vecinos llaman «la trampa de la distancia». Plantar árboles en la periferia de Sevilla no reduce el efecto de isla de calor que sufrirán los vecinos de la calle Luis de Morales o Eduardo Dato tras la ampliación.
Lo que los vecinos llevan años reclamando y el estadio podría enterrar
Nervión no es solo un estadio, es un barrio que envejece y que carece de dotaciones básicas proporcionales a su padrón. Durante décadas, las asociaciones de Gran Plaza y Ciudad Jardín han reclamado centros de día para mayores, ampliación de espacios deportivos públicos y, sobre todo, plazas que no sean meras zonas de paso. El suelo SIPS afectado por la ampliación del Pizjuán era, en el imaginario vecinal, la última reserva de esperanza para estas necesidades.
Al destinar esos 10.000 metros cuadrados a las necesidades logísticas y comerciales del Sevilla FC, el Ayuntamiento está, según Barrios Hartos, hipotecando el futuro del distrito. «Una vez que el hormigón se asiente, no habrá vuelta atrás. No habrá sitio para ese centro de salud o esa biblioteca que falta», lamentan. La sensación de que el barrio se está convirtiendo en un «parque temático del fútbol» es generalizada entre los residentes de toda la vida, que ven cómo el comercio local de proximidad también se ve desplazado por la presión de las grandes marcas que orbitan alrededor del estadio.
El Ayuntamiento defiende el proyecto; el barrio, no
La postura oficial del Palacio de San Telmo y de la Plaza Nueva ha sido, hasta ahora, de apoyo cerrado al proyecto. Argumentan que el nuevo estadio es una pieza clave para la economía local, que generará empleo y que situará a Sevilla en el mapa de los grandes eventos internacionales (como el Mundial 2030). El Área de Urbanismo insiste en que el proyecto cumple escrupulosamente con la legalidad vigente y que las críticas vecinales son fruto de una «falta de información» que esperan solventar en los periodos de exposición pública.
El rechazo no es contra el club, sino contra un modelo de gestión urbana que prioriza el beneficio privado sobre el bienestar público. Mientras el Ayuntamiento sigue adelante con los plazos administrativos, Nervión se prepara para una batalla legal y social larga. Exigen un rediseño que reduzca la huella del edificio y devuelva al barrio el suelo que, por ley, le pertenece.




