Elisa Zaga, analista existencial: “La adicción es una fuga emocional que da alivio inmediato, pero destruye tu vida lentamente”

Elisa Zaga Mogravi sostiene que la adicción es una fuga emocional que brinda alivio inmediato pero deteriora progresivamente la vida, generando dependencia y codependencia, mientras advierte sobre sus efectos invisibles en el entorno cercano.

La vida de Elisa Zaga Mogravi dio un giro irreversible cuando descubrió que la aparente estabilidad de su hogar ocultaba el abismo de la ludopatía. Tras enfrentar el impacto de la traición y la quiebra emocional, halló en la logoterapia una respuesta a su propio dolor. Hoy, como analista existencial, ayuda a otros a identificar las señales invisibles de la dependencia.

Zaga define la adicción como una fuga emocional que ofrece alivio inmediato a cambio de la libertad personal. El proceso no solo consume al individuo, sino que arrastra a su entorno hacia la codependencia, un amor mal dirigido que perpetúa el daño.

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Adicción al juego: Cuando el dolor ajeno se convierte en tu propio camino

Adicción al juego: Cuando el dolor ajeno se convierte en tu propio camino
Fuente: Freepik

Elisa tenía una vida que desde afuera parecía ordenada y estable. Cuatro hijos, un matrimonio, un negocio propio. Lo que no sabía era que su esposo llevaba años atrapado en la ludopatía, una adicción al juego compulsivo que ella ni siquiera reconocía como tal. Las señales estaban ahí: el carácter cambiado, las deudas que aparecían de la nada, las mentiras que se acumulaban con una precisión quirúrgica. Pero la adicción al juego no se ve como el alcoholismo. No llega borracha a casa. Se disfraza de normalidad durante años.

El quiebre llegó con una llamada telefónica. Le dijeron que su esposo necesitaba internarse al día siguiente. Su mundo se derrumbó en segundos. Sintió traición, confusión y un dolor que describió como el de una infidelidad. Su primera reacción fue el rechazo total: no quería saber nada de clínicas ni de procesos familiares. Pero alguien la convenció de ir a tomar un café. Una sola frase lo cambió todo: «No vas a ver a él. Vas a tratarte a ti».

Esa semana en la clínica fue el parteaguas. Ahí entendió que la adicción es una enfermedad y que quienes la padecen no eligieron ese camino con plena conciencia. También descubrió que ella misma había caído en la codependencia sin saberlo: pagando deudas que no le correspondían, cubriendo situaciones que no debía cubrir, confundiendo ese encubrimiento con amor. Cuando salió, comenzó a estudiar logoterapia. No fue una decisión racional sino una respuesta visceral a la pregunta de para qué le había pasado todo aquello.

La línea delgada entre amar y destruirse junto al otro

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Elisa define la adicción con una claridad que resulta difícil de refutar. Es una fuga emocional. Una manera de escapar del dolor que da alivio inmediato pero cobra un precio altísimo con el tiempo. La palabra tiene raíz latina: adictus significaba esclavo en Roma, alguien que no podía pagar su deuda y la saldaba con su libertad. Esa imagen le parece perfecta para describir lo que ocurre cuando una persona ya no controla su relación con una sustancia o una conducta sino que es ella quien la controla a él.

El proceso, aclara, no es repentino. Empieza con el uso normal, sigue con el abuso donde aún existe conciencia y decisión y llega finalmente a la adicción donde esa voluntad prácticamente desaparece. El cerebro, dominado por la dopamina que generan las sustancias, deja de encontrar placer en otra parte. Y la persona se va alejando de sí misma sin darse cuenta de cuándo empezó a perderse.

Lo que más le preocupa a Elisa no es la fase de adicción declarada sino la zona intermedia, ese espacio de abuso donde todavía hay margen para detenerse y donde la mayoría de las personas se convence de que todo está bajo control.

Ahí entra la familia, y ahí también comienza uno de los errores más frecuentes: el de proteger al otro de sus propias consecuencias. Pagar sus deudas, tapar sus fracasos, evitar que enfrente el fondo. Todo eso se hace por amor pero tiene el efecto contrario.

La codependencia, explica, funciona con la misma lógica que la adicción: así como el adicto persigue la sustancia, el codependiente persigue al adicto y pierde de vista su propia vida en ese proceso. No se trata de falta de amor sino de exceso de un amor mal dirigido que termina dañando a los dos. Hay madres que llevan décadas pagando deudas de sus hijos sin que nada cambie. Hay parejas que se enferman cubiertas de impotencia mientras ven cómo el otro se hunde.

La pregunta más difícil que Elisa enfrenta en su consultorio es siempre la misma: ¿lo dejo? Y su respuesta, aunque incómoda, es con frecuencia afirmativa. Porque si no se suelta, no se echa a perder una sola vida. Se echan a perder dos.


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