La inflación de la eurozona ha dado un salto incómodo en mayo. El dato interanual escala dos décimas hasta el 3,2%, su nivel más alto desde 2023, según los datos preliminares publicados por Eurostat. El repunte noquea la esperanza de un alivio rápido y sienta al Banco Central Europeo en una silla incómoda de cara a su reunión del 19 de junio en Fráncfort.
El repunte no es un accidente aislado. La inflación subyacente, que excluye la energía y los alimentos frescos por su volatilidad, también ha subido una décima, hasta el 2,9%. Es la tercera subida consecutiva de este indicador, el más vigilado por el BCE porque muestra la inercia de los precios internos. Las rebajas de tipos que el mercado daba por seguras hace seis meses se alejan.
El cuadro macro mete presión a un BCE que lleva meses pidiendo paciencia. La presidenta Christine Lagarde insistió la semana pasada en que la senda desinflacionaria no se ha roto, pero el dato de mayo obliga a matizar. El mercado de futuros descuenta ahora casi 50 puntos básicos de endurecimiento adicional antes de final de año.
España encabeza el repunte
Entre los grandes países del euro, España se lleva la peor nota. El IPC armonizado español subió al 3,8% en mayo, nueve décimas por encima del promedio de la eurozona. Es la tasa más alta desde el verano de 2023 y coloca a la economía española como el principal foco de presión inflacionista entre las grandes economías del euro.
Los precios de la energía han vuelto a girar al alza tras dos meses de respiro. El Brent ronda los 92 dólares por barril y el gas natural licuado vuelve a tensionar las facturas eléctricas. A eso se suma una temporada turística adelantada que ha disparado el coste de los servicios: restauración, ocio y alojamiento suben con fuerza en las costas y las grandes capitales.
Alemania, en cambio, ha contenido el dato en el 2,7%, cinco décimas por debajo de España. Francia se queda en el 2,5%. La brecha periferia-centro vuelve a abrirse, y eso nunca es neutro políticamente en el Eurosistema.
El doble filo del crecimiento español
La economía española crece más que la media europea y crea empleo a buen ritmo. Pero justo ese dinamismo es lo que alimenta la espiral de precios en los servicios. Es la cara B de un mercado laboral que roza los 21 millones de ocupados y una demanda interna que no da señales de fatiga. Los márgenes empresariales en hostelería y comercio aprovechan la corriente.
El BCE lleva meses observando la inflación de los servicios españoles como si fuera un termómetro roto. Mayo confirma que no lo está.
El Banco de España lleva dos informes consecutivos alertando del riesgo de segunda ronda: los salarios suben por convenio a ritmos del 5% en algunos sectores y eso presiona los costes laborales unitarios. Si el BCE endurece el tono, el crédito se encarecerá para empresas que necesitan inversión para crecer sin inflación.
Las opciones sobre la mesa de Fráncfort
El 19 de junio, el Consejo de Gobierno del BCE tiene una papeleta incómoda. Subir tipos enfriaría la demanda pero castigaría a los países más endeudados. Mantenerlos inyecta más inflación en una economía que crece al 0,8% intertrimestral. El margen es estrecho.
Los analistas de Goldman Sachs y BNP Paribas han elevado su previsión de tipos terminales al 3,75%. Eso implica al menos una subida de 25 puntos básicos en junio y otra en julio. La gran duda es si Lagarde se atreverá a mandar una señal explícita de endurecimiento o volverá a la fórmula de «reunión a reunión» que tan bien le ha funcionado para ganar tiempo.
Hay quien sostiene que el dato de mayo es puntual, contaminado por los precios de la Semana Santa tardía y por el tirón turístico. Pero la inflación subyacente, que descuenta esos efectos estacionales, también ha subido.
Por eso creo que la opción más probable es un mensaje más duro sobre los tipos, aunque sin llegar a subirlos de inmediato. Lagarde intentará calmar al ala dura, representada por Isabel Schnabel, sin poner en riesgo la ya frágil recuperación industrial alemana.
El riesgo real no está en la subida de tipos, sino en lo que viene después: un euro más fuerte que penaliza exportaciones, una prima de riesgo que sube en la periferia y un BCE que se queda sin herramientas si la inflación se resiste a bajar del 2,5%. Ese es el escenario que nadie quiere nombrar en voz alta, pero que está en las notas de los analistas.
España, por su parte, necesita que el dato de mayo sea un pico y no una meseta. Si los precios siguen creciendo al 2,8% o más en junio, el BCE no tendrá más remedio que actuar, y entonces la economía española notará el golpe en hipotecas, inversión y empleo. Sería una paradoja cruel: castigar el crecimiento por miedo a la inflación, que es hija del propio crecimiento.




