La escritora y capacitadora Mónica Villegas ha encontrado en la escritura no solo una vocación, sino un santuario personal. Un espacio íntimo donde sanar, ordenar su mundo interior y, como ella misma dice, divertirse. Su historia es una demostración de cómo las palabras pueden convertirse en un salvavidas incluso cuando la vida se complica. “Todos podemos escribir… y cuando nos damos permiso de fluir, conectamos con una versión nuestra que no conocíamos”, afirma con una seguridad que nace de la experiencia.
Una vocación temprana que se apagó por miedo a la comparación

Aunque comenzó a escribir siendo apenas una niña —publicó su primer cuento a los seis años en el periódico El Porvenir—, su voz literaria quedó silenciada durante la adolescencia. El motivo fue una frase que la acompañó durante décadas. Cuando, en la preparatoria, le confesó a su padre, el reconocido periodista Jorge Villegas, que quería dedicarse a escribir, él le respondió: “No escribas porque nos van a comparar.”
Mónica obedeció. Y las historias que quería contar se refugiaron en sus diarios, en cuadernos que nadie más leía. Era su territorio seguro, un lugar donde escribir sin miedo a ser medida con el metro ajeno.
Ese silencio creativo se rompió mucho tiempo después. Su padre, ya en fase terminal, le pidió perdón por haber frenado su vocación. También le dijo una frase que ella jamás olvidaría: “El día que ya no pueda escribir, se acabó mi vida.” Tras su muerte, Mónica sintió que el relevo estaba claro: “Ahora me toca a mí.”
El dolor como motor: pérdidas, maternidad diversa y renacimiento

La pérdida de su madre en 2015 fue el punto de inflexión definitivo. De ese duelo nació su primer libro. “Lo escribí para mí —recuerda—, para sanar, para entender este dolor… y también para divertirme.” Lo que comenzó como un acto íntimo terminó convirtiéndose en su camino de regreso a la literatura.
Su vida, como ella misma dice, podría ser una novela. Ha atravesado dos divorcios y ha acompañado a tres hijos con realidades completamente distintas. Su primogénito fue diagnosticado con Asperger. “Yo no compré boleto para este viaje, pero es el que me tocó”, confiesa. Su segunda hija recibió un diagnóstico de autismo de altas capacidades. Y su tercera hija vivió una transición de género a Pablo, seguida de una detransición a Ana Carla. Cada proceso vino acompañado de incertidumbre, miedo, dudas… y muchas páginas escritas desde el corazón.
La pandemia y la escritura como salvavidas emocional

Durante la pandemia, cuando el mundo entero parecía detenerse, Mónica encontró en las palabras un ancla. Mientras afuera reinaba la incertidumbre, ella avanzaba: escribía, soñaba, se sumergía en su segunda novela —una historia de romance ambientada en 1983— y descubría que la creatividad también puede ser un refugio cuando todo se tambalea.
“Escribe para ti. No escribas para que te lean; escribe para ti”, repite una y otra vez, convencida de que las mejores historias nacen del corazón y no de la expectativa.
La misión de acompañar a otros y un sueño que espera convertirse en película
Hoy, Mónica no solo escribe: acompaña a otras personas a descubrir la escritura como herramienta de autoconocimiento. Sus consejos son sencillos, prácticos y profundamente humanos. El primero: comprar un cuaderno. “Es muy diferente escribir a mano que hacerlo en el celular”, explica. El segundo: hacer una ‘lista de caos mental’ para liberar la mente y empezar a entenderse de verdad.
Y cuando habla de sus propios sueños, no duda: “Quiero que Bajo la luna del 83 se haga película.” Lo dice sin miedo, con ese brillo en los ojos de quien ha aprendido que las historias —igual que las personas— siempre encuentran su momento para nacer.






