Tres semanas después de la cancelación de La familia de la tele en TVE, Lydia Lozano ha decidido hablar alto y claro sobre todo lo que ha vivido desde que aceptó formar parte de ese proyecto televisivo. Lo ha hecho en el pódcast Mola Mazo, presentado por Óscar Repo, donde se ha sincerado sin tapujos sobre el ambiente del programa, su estado anímico durante la emisión, las advertencias que dio al equipo y cómo ha afectado todo este proceso a su vida personal y profesional. Después de semanas de silencio, la colaboradora ha sacado a la luz un testimonio que, por su honestidad y contundencia, no ha dejado indiferente a nadie.
Un programa muy complicado

«Es la primera vez que no me he puesto histérica», asegura Lydia, haciendo balance de una experiencia que define como agotadora y frustrante. Reconoce que había enlazado trabajo tras trabajo durante treinta años sin descanso, hasta que llegó el cierre de Sálvame. Esa pausa forzada fue, en sus propias palabras, el momento de empezar a tomar decisiones más conscientes sobre su salud mental. “Mi repre, que es como mi hermano, me dijo: ‘¿te das cuenta de que estás desquiciada?’. Jorge Javier siempre me decía que tenía que ir a un psicólogo, y pensé que era el momento”, relata. La grabación del documental de Netflix sobre Sálvame y la salida de su libro se convirtieron entonces en válvulas de escape para una Lydia más vulnerable pero también más reflexiva.
Cuando TVE contactó con ella a través de Eduardo Blanco, ella ya intuía que no iba a ser un camino fácil. “Yo dije: ‘¿yo en TVE?’. Pero me lo pasé en Mañaneros que te mueres”, recuerda. Sin embargo, al enterarse de que el equipo iba a saltar completo a la cadena pública, supo de inmediato que habría muchas limitaciones. “TVE es un terreno muy duro, muy duro y hay mucha línea roja. Tú no puedes hablar como si estuvieses en una privada”, advirtió entonces a sus compañeros. Según afirma, sus advertencias no fueron tomadas en serio, aunque el tiempo le acabaría dando la razón. “Yo les dije a todos: somos cinco, seis, siete caballos desbocados que nos meten en una cuadra, y nadie se dio cuenta de mi titular”.
Lydia describe una tensión creciente en el plató desde el primer día. Asegura que las dinámicas televisivas habituales del equipo no eran compatibles con el estilo de trabajo de la cadena pública. “Nos decían que nos moviéramos, pero en TVE los cámaras no se mueven. Yo lo sabía porque me levantaba en Mañaneros y el cámara llamaba al director para echarle la bronca. Nos aguantaron, pero eso de estar moviéndonos todo el rato… yo sabía que eso no”, explica. A pesar de que intentó adaptarse, no tardó en darse cuenta de que aquella aventura profesional no le estaba haciendo bien. “Yo estaba deseando que se acabara”, confiesa con rotundidad.
La sinceridad de Lydia Lozano

La periodista compara esta experiencia con otros cierres de programas en los que ha participado, pero recalca que ninguno fue tan duro como este. “Viví lo de Crónicas Marcianas, lo de A tu lado, el final de Sálvame… pero la agonía que he pasado en este programa no la he vivido en mi vida”, afirma. En su análisis del fracaso, Lydia no duda en señalar una desconexión absoluta entre el contenido del programa y la audiencia de TVE. “El público de La 1 no es el público de Sálvame, ya está. Y que estamos muy estigmatizados, pues sí”, reconoce. Esa etiqueta, dice, sigue condicionando las oportunidades laborales del equipo, y en parte explica por qué la apuesta no funcionó.
Además, describe con crudeza cómo se vivían las discusiones internas cuando se abordaban ciertos temas. “Cuando habla Matamoros ya sé lo que va a decir. Y si hablamos de Bertín Osborne, ya sé que María Patiño me va a atacar porque he sido muy amiga de él, aunque llevo dos años sin hablar con él”. Todo ello, asegura, generaba un clima de tensión permanente que fue acumulándose semana tras semana, sin lograr conectar con el espectador ni establecer una dinámica sólida entre los colaboradores.
Sobre la posibilidad de un regreso a ‘Ni que fuéramos’ o a nuevos formatos con el mismo equipo, Lydia se muestra tajante. «Ni llamo ni he recibido llamadas. Y de momento, hasta que no vuelva de vacaciones, creo que mi teléfono va a estar en modo avión», declara sin rodeos. Se encuentra en una etapa en la que necesita desconectar, afrontar procesos personales y priorizar su salud mental. “Me da exactamente igual. Quiero mis vacaciones, quiero vivir mi luto, deshacerme de las cosas de mi madre y quedarme con las que me apetezca. Y, de momento, no estoy para nadie”, concluye.
La confesión de Lydia Lozano, más que un ajuste de cuentas, es un testimonio de desgaste profesional y humano. En su relato hay decepción, pero también claridad y valentía para reconocer los límites. En un momento donde muchos de sus compañeros buscan nuevas oportunidades o siguen aferrados a proyectos en marcha, Lydia ha optado por poner en pausa su carrera para recomponerse emocionalmente. Y esa decisión, lejos de ser una retirada, puede ser el primer paso hacia una reinvención más consciente y, quizá, más libre.


















































































































