Hay preguntas que la ciencia ha pospuesto durante siglos y que ahora, de repente, ya no se pueden ignorar. Álex Gómez es doctor en física teórica y neurocientífico, y hace unos años estuvo a punto de morir. Lo que vivió en ese umbral lo obligó a replantear todo lo que creía saber sobre la consciencia, la muerte, la inmortalidad y los límites del conocimiento humano.
Desde entonces investiga lo que él llama los márgenes de la consciencia: experiencias que la ciencia ortodoxa ha descartado durante décadas y que ahora empiezan a tomarse en serio. La inmortalidad, en ese contexto, deja de ser una promesa religiosa para convertirse en un problema científico y político de primera magnitud.
El científico que miró al otro lado
El episodio que cambió la trayectoria de Gómez fue un sangrado estomacal que lo llevó de urgencias a la UCI. Perdió mucha sangre durante días, se fue debilitando y empezó a tener visiones que describe como hiperreales, cualitativamente distintas de cualquier sueño o alucinación que hubiera experimentado. «Vi unos seres que estaban al final de un pozo y tuve la certeza de que si aceptaba su ayuda, moriría», relata. Decidió no cruzar. Tardó meses en recuperarse, perdió trece kilos y, cuando volvió a tener energía intelectual, empezó a buscar respuestas desde la física y la neurociencia.
Lo que encontró lo sorprendió: una comunidad de científicos que lleva décadas estudiando las experiencias cercanas a la muerte desde metodologías rigurosas. El cardiólogo holandés Pim van Lommel, el psiquiatra Bruce Greyson en la Universidad de Virginia, el trabajo pionero de Raymond Moody hace medio siglo. Cincuenta años de investigación acumulada en la sombra, publicada en revistas especializadas, prácticamente invisible para el gran público.
El problema central que estos investigadores intentan resolver es el mismo que Gómez se planteó al despertar: «¿Cómo pienso yo que puede haber mente cuando el cerebro, por ejemplo, está apagado?» Pacientes en parada cardiorrespiratoria que vuelven y describen experiencias coherentes, detalladas, verificables en algunos casos. Niños que recuerdan con precisión vidas anteriores, documentados durante cincuenta años por el psiquiatra Ian Stevenson también en Virginia. Ninguno de estos casos prueba nada de forma definitiva, reconoce Gómez, pero todos apuntan en la misma dirección: algo ocurre que los modelos actuales no explican.
Lo que ha cambiado en los últimos años, subraya, es el tono de la conversación. «Durante mucho tiempo, los llamados expertos, en nombre de la ciencia, nos han dicho que sabemos que no hay nada». Ahora tienen que admitir que no lo saben. Para Gómez eso ya es un avance, porque abre la posibilidad de investigar en serio. Los laboratorios de esta nueva ciencia, dice, ya no son los de biología molecular ni los de física de partículas. Los laboratorios ahora son los hospitales, porque es ahí donde se muere la gente.
La inmortalidad como proyecto político de Silicon Valley

Mientras la ciencia empieza a explorar con cautela qué ocurre en el momento de la muerte, desde otra dirección llega una propuesta radicalmente distinta: esquivar la muerte por completo. El transhumanismo, impulsado por algunos de los multimillonarios más influyentes de Silicon Valley, plantea la inmortalidad no como un misterio espiritual sino como un problema de ingeniería. Implantes cerebrales, edición genética, nanorrobots en el torrente sanguíneo, fusión progresiva del ser humano con la máquina.
«El proyecto de Silicon Valley es coger al humano, editarlo y hacer que viva para siempre», resume Gómez. Y lo que le preocupa no es el objetivo en sí, sino la letra pequeña. Esa promesa de inmortalidad tecnológica viene acompañada, en su lectura, de un coste que nadie menciona en los foros de inversión: la extinción de la humanidad tal como la conocemos. Cuatro multimillonarios decidiendo por todos cuál es el futuro de la especie. Figuras como Peter Thiel, cofundador de PayPal, que en círculos privados ha cuestionado abiertamente la democracia como modelo de gobierno.
Frente a ese horizonte, Gómez propone otra vía. Una que no pasa por implantes ni por la hibridación con máquinas, sino por explorar las capacidades que los humanos ya tienen y que han quedado atrofiadas. La intuición, la telepatía como hipótesis científica, la percepción que va más allá de los cinco sentidos convencionales. Pregunta, con cierta ironía, si es posible desarrollar esas facultades en un mundo donde todo está externalizado en una pantalla. «¿Cómo vas a trabajar la telepatía si tienes WhatsApp?»
La inmortalidad, concluye, no debería ser un producto de exportación para quien pueda pagársela. Debería ser, antes que nada, una pregunta honesta que la humanidad se haga a sí misma.





