En un contexto audiovisual saturado de secuelas y franquicias ampliamente cultivadas, «Manual para señoritas» se presenta como una bocanada de aire fresco. La serie, estrenada el 28 de marzo del 2025 por parte de Netflix ha logrado lo que muy pocas producciones históricas consiguen, cautivar al espectador desde una mezcla de romanticismo, ironía y de crítica social, pero en la que se puede deducir una crítica enmascarada a una serie de convenciones sociales.
La serie producida en España, protagonizada por Nadia de Santiago y Álvaro Mel, han logrado ocupar algunas listas de tendencias, sino que están ya en las bocas de todos, ya que se manifiestan como candidatos laureados para la renovación de cara a la próxima temporada.
LA REBELIÓN SILENCIOSA DE BIANDA

Elena Bianda, interpretada por Nadia de Santiago, es algo más que una carabina encargada de vigilar la moral de las jóvenes. Detrás de la corrección de su uniforme y la disciplina en la que tiene que moverse, se halla una mujer pisoteada por una historia traumática y por un amor que no se atreve a pronunciar. Su encuentro con Santiago Torres (Álvaro Mel) no sólo desestabiliza su profesión, sino que también la confronta con todas las decisiones que ha tomado a partir del miedo.
La serie, además, destaca por no caer en tópicos ya conocidos. Elena no es una heroína que irrumpe en un mundo malvado; la cosa va más allá y, pareciendo desde fuera, su lucha es interior y está jalonada de contradicciones y pasos en falso. Por cada uno de sus gestos parece perseguirle la pregunta: «¿Hasta qué punto podemos elegir ser libres en un mundo que nos dice cómo vivir?». La relación con Cristina Mencía (Zoe Bonafonte), joven que ahora se ve obligada a «guiar» e instruir, formará un juego de espejos en el que ambas descubren que tras las etiquetas se desvelan los mismos anhelos.
Ni el rigor histórico prevalece ante la emotividad. Con diálogos afilados y cargados de dobles sentidos, asistimos como espectadores, entendiendo que el lenguaje en el siglo XIX era tanto un instrumento opresor como liberador. Uno de los instantes más sobrecogedores del ciclo se produce cuando Elena, en un ataque de rendido atrevimiento, acaba confesando que «enseno modales, pero nadie me enseñó a ser feliz».
Esta línea representa la esencia de su personaje, quien es una mujer que orienta a otras relaciones y a otras mujeres sobre cómo debe ser el comportamiento, pero que nunca ha tenido permiso para escuchar al propio corazón. Nadia de Santiago hace palpable esa fragilidad con una interpretación escénica que es tan comedida como demoledora. El vestuario, diseñado por Sonia Grande, es un componente esencial que acompaña el trayecto vital de la protagonista.
Los corsés apretados de los colores oscuros que parecen dominar las primeras escenas encuentran su respuesta, en los momentos más relevantes del ciclo, en tonos que empiezan a ser más cálidos, en ciertas prendas con más siluetas que permiten un ajuste menos forzado. No es una aportación radical ni fundamental, sino sutil, como si en la propia Elena se fuera probando el sentido que tiene poder respirar en la jaula.
UN TRIÁNGULO AMOROSO

Si hay algo que hace bien Netflix es la creación de romances en situaciones en las que queda una gran tensión en el aire. Pero «Manual para señoritas» sigue otro camino: no es solo quién se queda con quién, sino qué sacrificio exige el amor en un espacio en el que lo que manda es el estatus. La conexión se siente electrizante entre Elena y Santiago porque nunca es predecible. Él -un hombre herido por las mentiras-, ella -una mujer que habita en su propio laberinto del silencio-.
Cristina Mencía -su personaje es quizás el que mejor representa la tragedia de la época. Se ve obligada a casarse con Eduardo Espinoza de Monier porque con eso logra salvar su reputación. De manera que el final de la primera temporada es una apuñalada en el corazón para quienes esperaban un final más feliz para ella. «A veces, el mayor acto de rebeldía es sobrevivir», parece susurrarnos su historia mientras la cámara anticipa su mirada resignada en el altar.
Pero la verdadera sorpresa nos la ofrece Sara, la hermana pequeña (Paula Usero), cuya vocación médica choca con las limitaciones de su género. En una de las muchas memorables escenas, le dice a su padre: «Usted quiere que aprenda a servir el té, pero yo quiero salvar vidas». El triángulo amoroso de Elena, Santiago y Cristina logra sortear la trampa del maniqueísmo. Nadie es del todo culpable o del todo inocente; todos ellos toman decisiones que, aunque no falten de sentido, resultan dolorosas.
Hacen que el drama se vuelva más maduro que el manido “Team Santiago vs. Team Eduardo”. La serie sabe muy bien que el amor no suele ser blanco o negro, sobre todo cuando el texto de la sociedad pone las pautas para los movimientos. La boda de Cristina es un episodio magistral, de una crudeza extrema. Los invitados celebran el acto, la cámara se centra en los detalles: las manos temblorosas al firmar el contrato de la boda, la mirada perdida de Santiago, la expresión de Elena desde el fondo de la sala.
UN «CONTINUARÁ» QUE SUENA A ESPERANZA

El desenlace de la primera temporada es un auténtico maestro del arte de dejar heridas abiertas. Elena, despedida y sin confesar sus sentimientos, observa cómo parte Santiago. Cristina, atrapada en un matrimonio sin amor. Sara, peleando por un sueño que el mundo le niega. Hasta las otras carabinas, como Josefina (Iratxe Emparán) y Adela (Tristán Ulloa), también llevan en el bagaje su secreto a cuestas que piden a gritos resolver.
No obstante, ese final de “Continuará” no sólo es una simple estrategia de guion, sino que es una promesa. Las palabras de ejecutivos de Netflix como Larry Tanz y Diego Ávalos se interpretan claramente como promesas de que su renovación sólo es cuestión de tiempo: «El pueblo ha respondido con una pasión que nos sorprendió», dijo Ávalos en una reciente entrevista. Y no es de extrañar porque la serie ha dado lugar a memes, análisis en redes y abierto debates sobre la vigencia de sus temáticas.
¿Qué puede dar de sí una segunda temporada? Los anhelantes fans especulan con el regreso de Santiago, la posible rebelión de Cristina del matrimonio que tiene y el alzarse de Sara como médica pionera. Las teorías sobre los espectadores se encuentran ya arraigadas en la cultura popular. Cada una de estas posibilidades abrirá distintas perspectivas narrativas que podrían conducir a la serie hacia territorios aún más audaces.
El equipo de creación ha dejado varios indicios sobre posibles localizaciones. La primera temporada ha paseado por el Madrid aristocrático y es probable que una segunda tenga que ver con un viaje a mundos más populares, o siguiendo, en la estela de ciertos relatos de periodismo social, un viaje a ciudades como París o Londres. Y también está el enigma del pasado de Elena, poco dibujado en flashbacks. ¿Qué trauma la convirtió en la mujer hermética que es ahora? ¿Cómo influirá en su devenir? Si la primera temporada versaba sobre no reprimir los deseos, la segunda bien podría ser contada desde el ángulo de la lucha contra los propios fantasmas.



























