Blackstone ha captado 8.700 millones de dólares este año para su fondo de transición energética y ha rechazado otros 3.000 millones, mientras la cartera incluye plantas de gas natural y centros de datos.
8.700 millones con etiqueta verde y una cartera con gas
El mayor gestor de capital privado del mundo no es un recién llegado al negocio energético. Blackstone dejó de invertir en producción de petróleo y gas en 2017 y en 2022 rebautizó su fondo de energía para añadir la etiqueta energy transition. El giro no ha enfriado el apetito institucional: el vehículo ha captado 8.700 millones de dólares este año y ha rechazado otros 3.000 millones para no superar su tope de inversión, según el anuncio de mediados de octubre recogido por Grist.
Conviene separar el dato de la narrativa. Los 8.700 millones son capital comprometido por inversores institucionales, no energía limpia instalada; el rechazo de 3.000 millones indica disciplina de capacidad, no virtud climática. Nada más.
El negocio tampoco es una excepción. Los fondos de transición de ‘private equity’ han levantado 178.000 millones de dólares entre 2021 y principios de 2026, el triple que los vehículos dedicados a combustibles fósiles, según la investigación de Ryan Loughead para BloombergNEF. El contraste con el capital riesgo climático es brutal: 2026 va camino de su peor año de la década.
Dentro de la cartera, el mapa es explícito. Este año el fondo ha anunciado inversiones en seis compañías: un operador de plantas de gas natural, una empresa de refrigeración para centros de datos, un desarrollador de renovables y varias sociedades de transmisión y tecnología de red. Gas, computación y electrones. La transición, en su versión más elástica.
Un fondo de transición no se mide por el nombre que luce, sino por la energía que financia y las emisiones que evita.
La defensa del gestor es conocida. Al rebautizar el vehículo, su director, David Foley, argumentó que añadir renovables a la red no permite por sí solo apagar y retirar las fuentes de generación existentes, como el carbón y el gas. Es el argumento clásico del combustible puente. El problema es que ese puente no tiene calendario de retirada.
El fondo cobra el retorno cuando vende el activo; las emisiones de esas plantas las paga el sistema eléctrico durante décadas.
La letra pequeña: gas, centros de datos y dinero público con mandato climático
Aquí está la grieta entre la etiqueta y el dato. El fondo no invierte en campos de petróleo y gas, pero sí en plantas de gas natural. Ese combustible emite al quemarse y también al filtrarse en la infraestructura, en forma de metano, con un potencial de calentamiento muy superior al del CO2 a corto plazo. Shruti Shukla, del NRDC, escribió en 2025 que el gas ya no funciona como puente creíble: retrasa la descarbonización y encarece el sistema.

Los partícipes del fondo son, en buena medida, dinero público con mandato climático. Al menos tres grandes inversores institucionales —el Tesoro de Oregón, el consejo de inversión de Minnesota y el fondo de pensiones de empleados de San Francisco— han comprometido 525 millones de dólares, según Private Equity International, pese a mantener objetivos explícitos de clima. La mayoría de los fondos de pensiones públicos analiza estas etiquetas con criterios dispares.
La confusión ya tiene coste político. En Oregón, un representante estatal pidió este año al Tesoro de su estado que definiera con precisión qué contabiliza como inversión ‘clima-positiva’, una categoría que aparece en sus informes públicos. En Europa, la Taxonomía Verde obliga a empresas y fondos de su ámbito a declarar qué porcentaje de su actividad es realmente sostenible; en Estados Unidos no existe una definición equivalente, y de ahí la elasticidad del término.
📊 Impacto ecológico en cifras
- Capital captado: 8.700 millones de dólares este año, con 3.000 millones adicionales rechazados para no superar el tope del fondo.
- Reducción de emisiones comprometida: no detallada en la información pública del vehículo.
- Cartera anunciada: seis inversiones en 2026, entre ellas un operador de plantas de gas natural y una empresa de refrigeración para centros de datos.
- Inversores públicos con objetivo climático: 525 millones de dólares de tres fondos de pensiones estadounidenses con planes de clima declarados.
El término es elástico.
Brookfield, Copenhagen y BlackRock: tres formas de entender lo mismo
Blackstone no está sola, y ahí está parte del problema. El fondo de transición de Copenhagen Infrastructure Partners se concentra en energía limpia, con el hidrógeno verde como apuesta principal y apenas peso del gas. Brookfield admite inversiones en gas cuando sustituyen combustibles más sucios, una frontera que también le ha costado críticas. Y BlackRock lo separa por escrito: ‘no todas las estrategias sostenibles son de transición, y no todas las de transición son sostenibles’.
El incentivo económico explica la elasticidad mejor que cualquier comunicado. Los fondos que incluyen gas registran retornos ligeramente superiores a los que no lo hacen, según Loughead. Y la fiebre de los centros de datos ha permeado incluso a vehículos que se presentan como climáticos. Ahí está el incentivo.
El gas como puente se queda sin argumento económico
El precedente ya está escrito. Cuando Blackstone cambió el nombre al fondo en 2022, el mercado premiaba la etiqueta; cuatro años después, los fondos de transición acumulan 178.000 millones y el capital riesgo climático se hunde. El dinero no ha abandonado la energía: ha cambiado el diccionario. Ese trasvase de vocabulario, no de tecnología, es lo que debería vigilar un inversor con mandato de sostenibilidad.
La posición del mercado empieza a moverse. Dan Cohn, analista del Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero (IEEFA), señala que los inversores perciben una escasez eléctrica próxima y se posicionan en consecuencia, pero también que el argumento del gas se debilita: la solar, la eólica y las baterías siguen bajando de precio, y algunas redes ya garantizan fiabilidad con almacenamiento en lugar de ciclos combinados. La letra pequeña manda.
Queda el desajuste que ningún folleto resuelve. Una planta de gas autorizada hoy opera durante décadas y sus emisiones, incluido el metano fugado, se acumulan en la atmósfera mucho después de que el fondo haya vendido el activo. El retorno llega al partícipe; la factura climática, a quien herede el sistema eléctrico. Nadie regala retorno, pero conviene saber quién paga el resto de la factura.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: los fondos de transición han movilizado 178.000 millones de dólares desde 2021, el triple que los vehículos fósiles, y esa escala cambia la economía del sector eléctrico.
- Modelo que cambia: el capital privado sustituye a la banca en la financiación energética, pero la etiqueta verde deja de venderse sola: exige cartera verificable y emisiones declaradas.
- Para las próximas generaciones: cada planta de gas aprobada como puente compromete décadas de emisiones; el activo instalado hoy condiciona la factura climática que heredarán quienes vengan después.




