PwC rebaja al 2,4% el crecimiento de la economía española y el 52% ve la inflación estructural

PwC proyecta una inflación del 3,7% en 2027 que seguirá erosionando el ahorro de los hogares. El encarecimiento de la luz y de la cesta de la compra frena ya el consumo y reduce el margen mensual de las familias.

El crecimiento de la economía española se modera al 2,4% este año. Lo sitúa ahí PwC, y con el dato llega la letra pequeña: la inflación no se va.

Los analistas consultados por PwC España sitúan el avance del PIB en ese 2,4%, una cifra que la propia firma describe como desaceleración. No es recesión. Es un ritmo más bajo, con el empleo aguantando y el consumo de los hogares como principal interrogante.

Publicidad

El punto delicado del informe no es el crecimiento, sino la percepción sobre los precios. Un 52% de los expertos considera que la inflación española es ya estructural, es decir, que no volverá a los niveles previos a la crisis energética por el simple ajuste de los mercados. La calificación importa: cuando un fenómeno deja de ser coyuntural, cambian la política económica, las previsiones de las empresas y el presupuesto de las familias.

Las proyecciones para 2027 apuntan a una tasa de inflación del 3,7%, un nivel que seguiría comiendo el ahorro de los hogares mes a mes. El encarecimiento de la electricidad y de la cesta de la compra son los dos vectores que más pesan en ese cálculo. Ninguno de los dos da señales de corrección rápida.

El 2,4% de PwC deja menos margen al consumo de los hogares

La fotografía macro encaja con la que dibujan los registros oficiales. El Instituto Nacional de Estadística viene publicando un crecimiento sostenido con un consumo privado de perfil más plano, y la tasa de ahorro de las familias se ha estrechado en los últimos trimestres. La diferencia entre crecer y crecer con margen es exactamente la que separa una economía que respira de una que solo aguanta.

En el terreno empresarial, la lectura es doble. Por un lado, el 2,4% sigue por encima de la media de la eurozona, lo que sostiene la creación de empleo y la facturación del comercio y los servicios. Por otro, cualquier compañía con márgenes ajustados —distribución alimentaria, hostelería, transporte— afronta una negociación de salarios y de proveedores en la que los costes no bajan.

La inflación estructural no se combate con tipos de interés: se combate con competencia, energía barata y salarios que no pierdan la carrera.

La inflación estructural recorta el ahorro y frena el consumo

El encarecimiento de la luz y de la cesta de la compra no dejará margen al ahorro mensual. Es la conclusión que comparten los análisis recogidos esta semana por la prensa económica y la que mejor explica por qué el consumo de los hogares no termina de despegar pese a la fortaleza del empleo. Cuando la factura energética y el ticket del supermercado absorben el grueso del presupuesto familiar, la primera partida que desaparece es el colchón.

Sin colchón no hay consumo discrecional. Y sin consumo discrecional, sectores como la restauración, el ocio, el textil o el turismo interno pierden el combustible que los mantuvo en pie durante la recuperación posterior a la pandemia. El comercio minorista lo nota ya en la composición de la cesta: menos volumen, más marca blanca y menos visitas por semana.

previsión PwC España

Hay un matiz que conviene no perder. El ahorro embalsado durante 2020 y 2021 actuó como amortiguador durante dos años. Ese colchón está prácticamente agotado en en los hogares con rentas medias y bajas, según los servicios de estudios. Las cuentas de los hogares que publica el Banco de España apuntan en la misma dirección.

En el flanco contrario, las exportaciones y los servicios ligados al turismo extranjero mantienen el tipo. La economía española ha crecido estos años con dos motores desiguales: un sector exterior fuerte y un consumo interno que se enciende y se apaga según la factura de la luz.

Por qué la inflación estructural pesa más que el dato del PIB

España lleva tres ejercicios creciendo por encima de la media de la eurozona y, al mismo tiempo, perdiendo terreno en productividad. Esa combinación explica por qué el 52% de los expertos consultados ya no habla de un pico de precios, sino de un régimen. La revalorización de las pensiones ligada al IPC, la negociación salarial que mira al índice pasado y el peso de la energía en la cesta industrial funcionan como mecanismos de transmisión: un shock puntual se convierte en una inercia que dura años.

La experiencia comparada ayuda. La inflación de los años setenta no se enquistó por un único shock petrolífero, sino por la respuesta: salarios indexados, precios administrados y una política monetaria que tardó demasiado en reaccionar. La diferencia con hoy es que el Banco Central Europeo tiene mandato de estabilidad y herramientas creíbles. La similitud es que las expectativas, una vez se anclan, son muy difíciles de desanclar.

Mi lectura del informe es que el 2,4% no constituye el problema. El problema es que una economía que crece a ese ritmo con precios subiendo por encima de esa referencia reparte mal el crecimiento: gana quien puede fijar precios y pierde quien cobra una nómina fija y compra electricidad y alimentos todas las semanas. Ahí hay una tensión política que no se resuelve con una décima más o menos de PIB.

El contrapunto, y conviene decirlo, es que el escenario podía ser bastante peor. El empleo resiste, la deuda pública baja en proporción al PIB y el sector exterior aporta. No estamos ante una crisis, sino ante una erosión lenta que se nota más en el bolsillo que en los titulares.

A finales de noviembre llega la primera prueba de fuego, con el dato adelantado del IPC que publica el INE, y después las tarifas energéticas del primer trimestre de 2027. Si la inflación subyacente no cede, la etiqueta de estructural dejará de ser la opinión de un 52% para convertirse en el consenso del mercado.


Publicidad