Analizan 165 cráneos de cueva maya y hallan un patrón que reescribe el depósito ritual

El depósito hallado en una cavidad de Frontera Comalapa (Chiapas) reúne 83 cráneos femeninos frente a 79 masculinos, según el INAH. Las marcas de hollín en el techo y la ausencia de mandíbulas apuntan a un lugar de peregrinaje anterior a los tzompantli de Tenochtitlan.

Un análisis de 165 cráneos de cueva maya en Chiapas ha revelado una mayoría de mujeres en un depósito ritual.

La cavidad está en Frontera Comalapa, en el sur de México. Los arqueólogos entraron en 2012 y las linternas iluminaron un montículo de cráneos ensartados sobre un armazón de madera. Era un tzompantli, la estructura ceremonial mesoamericana en la que las cabezas se exhibían como ofrenda. Desde entonces, el equipo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) intenta responder a dos preguntas sencillas y difíciles a la vez: quiénes eran y cuántos años tenían.

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Un tzompantli con más mujeres que hombres

El recuento final es de 165 individuos: 83 mujeres y 79 hombres, más tres casos que la fragmentación de los huesos impidió asignar. La diferencia es de cuatro personas. El margen es estrecho.

Cuatro individuos sobre 162 sexados equivalen a un 2,5%. Para los investigadores, sin embargo, ese 2,5% cambia el relato: ‘nos remite a revalorar el papel de la mujer en la ritualidad antigua’, según Josuhé Lozada Toledo, de la Dirección de Estudios Arqueológicos y comisionado al INAH en Chiapas.

Las edades completan el retrato. Predominan los adultos jóvenes de 25 a 35 años, aparecieron 15 cráneos de infantiles y solo dos corresponden a personas de entre 55 y 70 años. Ese último dato roza la anomalía: en la cultura maya del Posclásico Temprano (900-1200 d. C.) la esperanza de vida no superaba las cuatro décadas.

Puestos en fila, 165 cráneos son una multitud discreta; sobre un armazón ritual, son un mensaje. La franja de edad dominante, de 25 a 35 años, es hoy la de quien termina una carrera y firma su primer contrato. En la Mesoamérica prehispánica era, sin más, la madurez.

En un depósito construido con huesos humanos, contar 83 mujeres frente a 79 hombres obliga a preguntar quién ocupaba el centro del rito.

Cómo se distingue un cráneo masculino de uno femenino sin pelvis

Sin huesos pélvicos, el mejor indicador sexual del esqueleto, el equipo recurrió al dimorfismo craneal, el segundo marcador más fiable. El ángulo del maxilar inferior suele ser recto en los hombres y curvo en las mujeres. El arco supraorbitario aparece más pronunciado en los varones y más plano en ellas. Con esas dos lecturas, y la comparación con colecciones de referencia, se asignaron 162 de los 165 cráneos.

arqueología maya

El resto del yacimiento contó otra historia. Al revisar fotografías de archivo, los investigadores detectaron hollín en el techo de la cueva: los mayas entraron con antorchas y celebraron allí ceremonias que convirtieron la caverna en un sitio de peregrinaje. Casi todos los cráneos carecían de mandíbula y muchos tenían los maxilares superiores retirados. Varios lucían modelado cefálico, la deformación practicada con tablillas durante la infancia.

El tonalli y la lógica de un montón de almas

Para entender la cueva hay que entrar en la anatomía del alma maya. Lozada explica que las entidades anímicas de una persona residían en órganos distintos: el teyolía en el corazón, el ihíyotl en el hígado y el tonalli en la cabeza, donde se alojaba la esencia del individuo. Bajo esa lógica, un tzompantli no era un trofeo: era una acumulación de esencias ofrecidas a las deidades en un lugar sagrado. Y una cueva lo era por partida doble, entrada al inframundo y vientre de la tierra.

La antigüedad del conjunto añade peso al argumento. Los grandes tzompantli conocidos, el de Tenochtitlan entre ellos, corresponden al Posclásico Tardío, entre 1200 y 1521 d. C. El de Frontera Comalapa es anterior, y el INAH lo califica de ‘extraordinario’ por ese motivo: la práctica documentada en la cueva precede a los centros ceremoniales que la hicieron célebre.

Conviene recordar el marco. Los tzompantli documentados en la Cuenca de México asombraron a los cronistas del siglo XVI, que describieron hileras de cabezas de cautivos de guerra. Esa imagen, repetida durante cinco siglos, ha hecho que cualquier colección de cráneos se lea casi automáticamente como botín. El conjunto de Chiapas introduce dos matices incómodos para el estereotipo: la paridad entre sexos y la presencia de niños y de dos ancianos en un mismo depósito.

Aquí conviene frenar. El hallazgo es sólido en lo descriptivo —165 individuos contados, sexados y clasificados por edad— y más frágil en lo interpretativo, donde el equipo propone un modelo ritual a partir de indicios indirectos. La información difundida no incluye una datación absoluta del depósito ni una cronología fina de las manipulaciones. Tres cráneos quedaron sin sexo. Y 165 individuos de una sola cueva no autorizan a generalizar a toda la civilización maya.

Aun así, el dato central es difícil de esquivar: en un depósito construido con huesos de hombres, mujeres, y niños, ellas son mayoría. No es poco. El siguiente paso lógico es el laboratorio, con isótopos estables para reconstruir dieta y procedencia y ADN antiguo para comprobar parentescos. De esas pruebas dependerá que el montón de almas de Frontera Comalapa quede como excepción o como norma.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: Un tzompantli maya con 165 cráneos —83 de mujeres, 79 de hombres y tres sin determinar— en el que las mujeres son mayoría.
  • Dónde: Una cueva del municipio de Frontera Comalapa, en Chiapas (México).
  • Institución responsable: Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a través de su comisionado en Chiapas, Josuhé Lozada Toledo.
  • Cuándo: La cavidad se exploró en 2012; el análisis de los 165 cráneos se ha hecho público ahora, tras años de estudio.
  • Impacto a futuro: Obliga a revisar el papel de la mujer y la función ritual de las cuevas en la Mesoamérica anterior a Tenochtitlan.

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