En México, la muerte no siempre se recibe en silencio. Hay flores, comida, velas y música. Las familias se reúnen, preparan los platos favoritos de quienes ya no están y acuden a los cementerios para pasar tiempo junto a sus tumbas. El recuerdo no queda encerrado en una fotografía ni se limita a una visita breve: ocupa un lugar en la mesa y se incorpora a la vida cotidiana a través de las tradiciones que pasan de una generación a otra.
Esa manera de relacionarse con la ausencia es el punto de partida de ‘Día de Muertos’, el especial que Canal Cocina, que mantiene su ambiciosa apuesta por la producción propia, estrena en exclusiva el sábado 31 de octubre, a las 23.00 horas. Al frente del viaje está Verónica Zumalacárregui, que se desplaza hasta Michoacán para conocer una de las celebraciones más arraigadas de México y descubrir por qué la gastronomía ocupa un lugar central en una festividad que transforma el duelo en memoria compartida.
La experiencia permite acercarse a una sociedad que encuentra en la comida una forma de mantener el vínculo con sus seres queridos fallecidos. Durante las jornadas del 31 de octubre al 2 de noviembre, millones de familias mexicanas preparan altares y ofrendas, cocinan recetas familiares y acuden a los cementerios. No se trata únicamente de recordar a quienes han muerto, sino de hacerles un espacio simbólico en el presente.
Zumalacárregui ha contado que una de las experiencias que más le llamaron la atención fue encontrarse en un cementerio con familias que comían y escuchaban música junto a las tumbas. La escena rompe con la imagen solemne que suele asociarse a estos espacios en otros lugares y permite entender que, en esta tradición, el camposanto puede convertirse también en un lugar de reunión. Los vivos se acercan a sus difuntos para compartir tiempo, alimentos y recuerdos, en una celebración en la que la muerte no borra los vínculos afectivos.
Lugares del viaje
El viaje de Canal Cocina se desarrolla en Michoacán, un estado mexicano donde el Día de Muertos conserva un especial arraigo. A través de siete historias familiares, el programa muestra cómo las costumbres se mantienen gracias a quienes siguen preparando las recetas heredadas, elaborando ofrendas y transmitiendo a los más jóvenes el significado de cada gesto.
La cocina se convierte así en un lenguaje de la memoria. Preparar un plato que gustaba a una madre, un padre o un abuelo es una manera de recuperar su presencia y compartirla con el resto de la familia. Las recetas no solo conservan ingredientes y técnicas: también guardan historias personales, celebraciones pasadas y recuerdos que se transmiten alrededor de los fogones.
Durante su recorrido, Zumalacárregui participa en la elaboración de la churima en Zirahuén y conoce la preparación de un mole en Tzintzuntzan. Son dos ejemplos de cómo la gastronomía forma parte de una tradición mucho más amplia, en la que cocinar implica recordar a quienes enseñaron esas recetas y mantenerlas vivas para las generaciones que vienen detrás.
El especial también se detiene en Capula, donde la presentadora conoce a una artesana que crea una catrina en homenaje a su madre. La figura, vinculada al imaginario popular mexicano sobre la muerte, adquiere aquí una dimensión íntima: el trabajo artesanal se convierte en una forma de rendir tributo a una persona querida. La memoria se expresa mediante objetos, colores y símbolos que permiten mantener presente a quien ha fallecido.

Otro de los momentos centrales del recorrido tiene lugar en la isla de Janitzio, donde Zumalacárregui vive una velación nocturna. Las velas y las ofrendas acompañan una celebración que reúne a las familias en torno a sus muertos. La noche transforma el cementerio y convierte el recuerdo en una experiencia colectiva, lejos de la idea de que la pérdida debe vivirse siempre en soledad.
El programa se acerca también al Día de los Angelitos en Nuevo San Juan Parangaricutiro, dedicado a los niños fallecidos. Esta tradición muestra otra dimensión de la celebración y la manera en que las familias incorporan la memoria de los más pequeños a sus costumbres. Aunque la muerte infantil está inevitablemente marcada por el dolor, la festividad ofrece un espacio para recordar y mantener el vínculo con quienes murieron demasiado pronto.
Las flores de cempasúchil y el copal completan un universo de aromas, colores y significados que acompaña a las ofrendas. Cada elemento tiene su lugar dentro de una tradición en la que los preparativos domésticos, las visitas al cementerio y las reuniones familiares forman parte de una misma experiencia. La gastronomía no aparece como un mero acompañamiento de la festividad, sino como uno de los mecanismos que permiten conservarla.
Reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, el Día de Muertos es una de las expresiones culturales más conocidas de México. Sin embargo, el recorrido de Canal Cocina busca acercarse a la celebración desde la intimidad de las familias, sin reducirla a sus imágenes más reconocibles. Los altares y las catrinas son solo una parte de una tradición que se sostiene gracias a las personas que la practican y la transmiten.
Las siete familias que reciben a Zumalacárregui permiten observar cómo una misma festividad adopta formas diferentes según los lugares, las historias personales y las costumbres locales. Cada hogar aporta sus recetas y sus recuerdos, y cada encuentro revela que la memoria colectiva se construye también a partir de experiencias individuales.
El resultado es un viaje gastronómico que habla de comida, pero también de afectos, identidad y continuidad. Frente a una concepción de la muerte marcada por la separación definitiva, las familias que participan en el especial mantienen una relación simbólica con sus seres queridos a través de aquello que comparten: una receta, una ofrenda, una canción o una noche junto a una tumba.




