Dos monarquías riquísimas, dos príncipes herederos que no estaban llamados a reinar y una alianza que parecía blindada. The Economist dedica su último análisis en vídeo a explicar por qué esa sociedad se ha resquebrajado y por qué la guerra de Yemen se ha convertido en el termómetro de la distancia entre Riad y Abu Dabi. La tesis del medio británico es incómoda: ambos países comparten objetivos pero no métodos, y su rivalidad está alargando conflictos que ninguno de los dos puede ganar.
Dos príncipes que dejaron de ser aliados
El punto de partida del vídeo es casi de cuento. Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos son dos países con recursos naturales extraordinarios, gobernados por monarquías y por dos hombres, Mohamed bin Salman y Mohamed bin Zayed, que llegaron al poder siendo hermanos menores y sin haber sido designados herederos naturales. Según el análisis de The Economist, esa simetría forjó una relación estrecha: el emiratí ejerció durante años como una suerte de mentor del saudí, coordinaron política exterior y entraron juntos en Yemen en 2015. También se alinearon contra Qatar y coincidieron en los grandes expedientes regionales.
Quienes firman el análisis reconocen que nunca se conocerá la historia completa, porque las cortes del Golfo son opacas por definición. Aun así, el vídeo apunta dos causas de la ruptura. La primera es la animosidad personal. Bin Salman se ve a sí mismo al frente de la mayor economía del Golfo y reclama el papel de líder natural de la región: quiere marcar la dirección no solo de la política exterior saudí, sino de la del conjunto de sus vecinos. Bin Zayed, en cambio, contempla a su país como una potencia media dinámica, un centro financiero y logístico, y no está dispuesto a recibir órdenes de un príncipe más joven.
La segunda causa es más estructural y, probablemente, más duradera. Riad concibe la política exterior de forma tradicional, con la soberanía del Estado como principio sagrado y con la aspiración de liderar el mundo árabe y musulmán. Abu Dabi funciona con otra lógica: negocia con quien haga falta, dentro y fuera de la región, colabora con actores no estatales y con entidades que no son Estados reconocidos, y subordina todo a su posición como eje de comercio, finanzas y tránsito.
Yemen: mismo diagnóstico, recetas incompatibles
El caso yemení es el ejemplo más claro. Ambas capitales quieren lo mismo —que los hutíes dejen de controlar amplias zonas del país— pero discrepan radicalmente sobre cómo lograrlo. El vídeo recuerda que Yemen fue dos países durante la Guerra Fría: un norte primero monárquico y después dictatorial y un sur comunista, el único Estado de ese signo en Oriente Próximo, hasta la unificación de 1990. Riad defiende preservar la unidad y busca socios locales comprometidos con ella. Abu Dabi, en cambio, apostó por el Consejo de Transición del Sur, un movimiento separatista que reclama la independencia del antiguo Yemen del Sur.
La contradicción acabó en enfrentamiento armado entre fuerzas patrocinadas por uno y otro. Según The Economist, las tropas respaldadas por Arabia Saudí se impusieron y forzaron a los Emiratos a rebajar su apoyo a los separatistas, pero la grieta sigue abierta. Ambos países tenían un interés compartido y permitieron que la rivalidad se colocara por delante.
‘Tienen un interés común, pero dejaron que su rivalidad se impusiera por encima de él, en perjuicio de los dos’.
— The Economist
Sudán, el oro y una guerra que se alarga
En Sudán la lógica se repite con un coste humano mayor. Arabia Saudí optó por respaldar al Ejército, al que considera representante del Estado. Emiratos eligió a las Fuerzas de Apoyo Rápido como socio para sus inversiones, sus puertos y su infraestructura en la costa del mar Rojo. El análisis del medio británico es explícito: los lazos comerciales de Abu Dabi con actores del conflicto facilitan la monetización del oro extraído de minas controladas por los combatientes, y ese flujo de dinero da a las partes más motivos para seguir disparando.
El vídeo enumera tres factores que según los estudios sobre conflictos, prolongan las guerras: el cambio climático, la corrupción y la complejidad. Los Emiratos no son responsables del primero, sostiene el análisis, pero en Sudán forman parte de los otros dos. A más actores implicados, más variables que satisfacer y más difícil resulta cerrar cualquier negociación.
Tierra, puertos y la obsesión por la comida
El tercer eje es la seguridad alimentaria. El Golfo es un territorio inhóspito que depende de importaciones, y en la última década Arabia Saudí, Emiratos y Qatar han comprado grandes extensiones de tierra fértil en el Cuerno de África. Abu Dabi posee parcelas extensas junto al Nilo, en Sudán, destinadas a producir cultivos que se exportan al Golfo. The Economist subraya el doble efecto perverso: esas tierras y esas aguas dejan de alimentar a quienes viven allí, y la competencia entre capitales del Golfo presiona a gobiernos y agricultores locales.
El medio británico califica la estrategia de equivocada desde su origen. En un mundo con alimentos suficientes, lo decisivo no es controlar hectáreas, sino garantizar la seguridad de las rutas marítimas por las que llegan los suministros. Comprar tierra y, además, avivar la guerra en el lugar donde se compró conduce a resultados absurdos.
El contexto que el vídeo da por sabido
Conviene situar el diagnóstico. La guerra de Yemen arranca en 2014, cuando los hutíes toman Saná, y se internacionaliza en marzo de 2015 con la coalición liderada por Riad. La tregua negociada en 2022 alivió los combates pero nunca desembocó en un acuerdo de paz definitivo, y el Consejo de Transición del Sur ya había tomado Aden por la fuerza en 2019 antes de firmar el Acuerdo de Riad con el gobierno reconocido. En Sudán, el enfrentamiento entre el Ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido estalló en abril de 2023 y ha desplazado a millones de personas, con zonas del país ya declaradas en situación de hambruna.
Sobre ese mapa, la lectura de The Economist encaja: dos potencias que podrían coordinarse para cerrar frentes abiertos compiten por la influencia y, al hacerlo, alargan las guerras. La novedad no es que Riad y Abu Dabi discrepen, sino que esa discrepancia se haya vuelto estructural y afecte a países donde ninguno de los dos tiene frontera.
Qué implica esta rivalidad para el resto del mundo
Para el lector europeo, el asunto no es ajeno. El mar Rojo es la vía por la que circula una parte relevante del comercio marítimo mundial y, tras los ataques a buques y la consiguiente alteración de rutas, se ha convertido en un punto de fricción que encarece el transporte y presiona los precios. Si dos de los principales actores del Golfo dedican sus recursos a contrarrestarse en lugar de estabilizar su entorno, las rutas alternativas y los costes de seguridad se encarecen para todos.
Hay además una derivada política. La fragmentación del Golfo debilita cualquier mediación regional y deja espacio a otros intermediarios. Y la crisis humanitaria, como señala el vídeo, funciona como multiplicador: cada mes de guerra añade desplazados, encarece la reconstrucción y hace más compleja cualquier salida negociada. Gobiernos que rara vez actúan por razones altruistas sí responden, en cambio, a argumentos de interés propio. Ese es el terreno donde The Economist sitúa su advertencia: la rivalidad entre Riad y Abu Dabi no solo daña a Yemen o a Sudán, también socava la posición de ambos en el tablero global.
Una alianza rota que nadie quiere reconocer
Al final del análisis queda una pregunta sin respuesta cerrada. Si el interés común es tan evidente y los medios para alcanzarlo tan disponibles, qué sostiene una competición que perjudica a los dos rivales. La respuesta, probablemente, tiene menos que ver con Yemen o con Sudán que con la política interna de dos cortes que no rinden cuentas. Mientras tanto, la guerra sigue.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de The Economist en YouTube.





