Moody’s mantiene el rating de Francia mientras el bono a diez años supera el 5%. La agencia no ha movido la nota, pero ha atado su decisión a un paquete de condiciones fiscales que el país lleva dos ejercicios sin cumplir.
La rentabilidad del bono galo rebasó esa cota esta semana en un contexto de inflación persistente y tipos de interés altos, según la información difundida por EFE. Un 5% es una cifra redonda que el mercado lee como frontera. Por encima de ella, financiar la deuda deja de ser una línea del presupuesto y pasa a ser un asunto de Estado.
La agencia acompañó el dictamen de condiciones concretas. Mantener la calificación no equivale a dar un balón de oxígeno: equivale a conceder un plazo. Las exigencias apuntan a la trayectoria de consolidación fiscal, al control del gasto público y, sobre todo, a la capacidad del Ejecutivo para sostener el ajuste sin que la calle lo tumbe. La nota se sostiene; la credibilidad, no tanto.
Ahí está el nudo. La conflictividad social no es ruido de fondo en este expediente, es la variable que decide si el plan se ejecuta o se queda en un comunicado. En la cobertura de la agencia informativa, el director de inversiones financieras de Mutualidad, Pedro del Pozo, aparece entre las voces que siguen el deterioro del mercado francés. Hay tres frentes abiertos —inflación, tipos y tensión en la calle— y ninguno se cierra con un decreto.
El déficit público francés se mantiene muy por encima del 3% que fija el Pacto de Estabilidad, y ese es el terreno donde Moody’s ha plantado su bandera. El calendario tampoco ayuda: cualquier ajuste serio llega en un momento de fragmentación política, con un Parlamento que no garantiza mayorías y un electorado que ya ha demostrado castigar en las urnas las medidas de austeridad.
Una agencia de calificación no gobierna un país, pero puede dictar el precio al que ese país se financia mientras los gobernantes discuten.
Un 5% en el bono francés y el riesgo de contagio a España
Ese tipo a diez años no es una curiosidad de las mesas de renta fija. Marca el coste de la deuda nueva, encarece la hipoteca de los hogares y se cuela en las cuentas de las empresas. Cuando el diferencial francés se abre, el mercado no solo pregunta por París: pregunta por el euro.
El contagio tiene una vía directa y otra indirecta. La directa pasa por las carteras: los bancos y aseguradoras europeos, incluidos los españoles, mantienen deuda soberana francesa en balance, y una caída de precio obliga a provisionar. La indirecta es más sutil y más peligrosa, porque se transmite por expectativas. Si el segundo motor de la eurozona se convierte en emisor dudoso, los inversores revisan toda la periferia con otra lupa, España incluida.
Conviene precisar el tamaño del susto. Francia no está en default ni cerca, y su economía conserva una base productiva que muchas periferias no tenían en 2012. Lo que se deteriora no es la solvencia de mañana, es la percepción de que el país puede decidir hoy. En un mercado nervioso, esa diferencia se paga en puntos básicos.
La prima de riesgo político que Francia no descuenta
He cubierto varias crisis de deuda y casi siempre el problema era el mismo: el país no podía. El caso francés es distinto. Puede pagar, pero no consigue pactar. La prima que carga el bono galo no es una prima de insolvencia, es una prima de riesgo político, y por eso resulta tan difícil de comprimir con herramientas técnicas.
El Banco Central Europeo puede comprar deuda. No puede comprar mayorías parlamentarias. Ahí está la contradicción que el mercado lleva meses descontando: cada condición que Moody’s impone para mantener la nota hace el ajuste más necesario y, a la vez, más impopular. El remedio alimenta la enfermedad.
España debería mirar este expediente sin indiferencia. Nuestra deuda también está bajo lupa y la banca tiene exposición a la deuda gala que no es menor. Si el diferencial francés se instala por encima del umbral, la conversación sobre el gasto público español cambiará de tono en Bruselas. Eso sí, no todo son malas noticias: el bono español se ha comportado con más solidez que el francés en varios tramos del año, y ese es un cambio de jerarquía interna en el euro que conviene registrar.
Los mercados no esperan a los comunicados. Las próximas subastas del Tesoro francés, cuyo calendario publica la Agence France Trésor, y la siguiente revisión de calificación de Moody’s funcionarán como dos termómetros. Si el bono gala no recupera el 4,5% cuando el calendario político se despeje, el mercado estará diciendo que el problema es más profundo que un presupuesto. Si lo recupera, hablar de contagio será exagerado. El detalle que hay que seguir no es la nota. Es el diferencial.





