El Niño 2026: la OMM confirma un episodio muy fuerte con efectos hasta febrero de 2027

Los centros que alimentan el boletín sitúan en casi el 100% la probabilidad de que el fenómeno persista hasta febrero de 2027. La OMM advierte de que su fuerza no determina por sí sola la gravedad del impacto en cada región.

La OMM confirma que El Niño 2026 se intensificará hasta ser un episodio muy fuerte, con pico a finales de este año y efectos climáticos que se extenderán hasta febrero de 2027.

El Pacífico se calienta más de lo previsto: la anomalía pasa de 1,5 °C a 2,6 °C

El episodio ya está firmemente establecido en el Pacífico tropical y va a más. La actualización que la Organización Meteorológica Mundial publicó en septiembre en Ginebra sitúa en casi el 100% la probabilidad de que persista hasta febrero de 2027 y lo clasifica como episodio muy fuerte. Nunca antes un boletín El Niño/La Niña de la OMM había sido tan rotundo: la organización lo atribuye al acuerdo sin fisuras entre los modelos de su red de centros. El contenido técnico está disponible en la web de la Organización Meteorológica Mundial.

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Los datos sostienen ese aviso. El índice Niño 3.4, la medida de referencia de la anomalía de temperatura superficial en el Pacífico ecuatorial central y oriental, promedió 1,5 °C por encima de la normalidad entre mayo y julio y llegó a los 2 °C en julio. Entre finales de julio y mediados de agosto los valores semanales escalaron hasta 2,2-2,6 °C sobre la media. Bajo la superficie el calentamiento es aún mayor: en algunas zonas las temperaturas subsuperficiales superaron la normalidad en más de 8 °C durante julio y principios de agosto.

La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, avisó de que el episodio puede asestar un golpe masivo a comunidades y economías de todo el mundo, y subrayó que las sequías y las inundaciones ya están causando perturbaciones visibles. El secretario general de la ONU, António Guterres, advirtió de que el planeta navega en aguas desconocidas. En sus 50 años de historia, la OMM nunca había movilizado así a los servicios meteorológicos e hidrológicos nacionales.

La letra pequeña: un episodio fuerte no equivale a un impacto grave en todas partes

OMM El Niño

Conviene leer la letra pequeña. La intensidad del fenómeno no determina por sí sola la gravedad de sus efectos en un país concreto: los impactos varían según la ubicación y la estación, y pueden quedar modulados por otros motores climáticos, entre ellos las condiciones del Índico y del Atlántico. El matiz separa un titular global de una decisión empresarial local.

La intensidad se mide en el Pacífico; la factura se paga en el embalse, en la cosecha y en la tarifa del trimestre siguiente.

Para el trimestre septiembre-noviembre se espera una fase positiva del Dipolo del Océano Índico, con una media estacional de 0,9 °C, y temperaturas por encima de lo normal en el Atlántico ecuatorial. En Sudamérica, los episodios intensos se han asociado históricamente a lluvias superiores a la media en la cuenca del Plata —sur de Brasil, Uruguay, Paraguay y noreste de Argentina— y en la costa de Ecuador y el norte de Perú, y a condiciones más secas en Colombia, Venezuela, el norte de Brasil y el altiplano andino.

El pronóstico no llega esta vez con un abanico de escenarios: llega con una ventana definida hasta febrero de 2027 y con los servicios hidrológicos ya movilizados.

Una precisión más: El Niño es un fenómeno natural, no lo provoca el cambio climático, y se repite cada dos a siete años con una duración de nueve a doce meses y un pico habitual entre noviembre y febrero. Eso sí, su influencia sobre la temperatura global puede extenderse más allá del máximo calentamiento oceánico, y ahí el aviso se cruza con la política climática.

Sequía en los Andes, lluvias en el Plata: el golpe a la hidroeléctrica y al agua

📊 Impacto ecológico en cifras

  • Anomalía térmica: entre 2,2 °C y 2,6 °C por encima de la media en el índice Niño 3.4 entre finales de julio y mediados de agosto.
  • Calentamiento subsuperficial: más de 8 °C sobre la normalidad en algunas zonas del Pacífico ecuatorial durante julio y principios de agosto.
  • Probabilidad de persistencia: prácticamente el 100% hasta febrero de 2027, según los centros que alimentan el boletín de la OMM.
  • Duración y pico: entre nueve y doce meses de ciclo, con el máximo previsto entre finales de 2026 y el primer trimestre de 2027.

El déficit de precipitaciones previsto en el altiplano andino, Colombia, Venezuela y el norte de Brasil golpea de lleno a los sistemas eléctricos con mayor peso hidráulico: menos aporte a los embalses implica menos generación barata y más dependencia de centrales de respaldo, con el consiguiente encarecimiento del mercado mayorista y más emisiones asociadas. En el otro extremo de la balanza, el exceso de agua en la cuenca del Plata tensa la logística de una de las grandes regiones exportadoras de grano del planeta.

Las utilities españolas con activos en la región siguen estos pronósticos con lupa. Iberdrola opera en Brasil a través de Neoenergia y cualquier ajuste hidrológico se traslada al resultado del ejercicio. Aquí no hay debate reputacional: se trata de caja. Un trimestre seco recorta el margen de generación y traslada presión a los contratos de de suministro y a las tarifas reguladas.

El riesgo hídrico tiene ya traducción financiera. La CSRD obliga a las empresas europeas a describir su exposición física a sequías e inundaciones, no solo la huella de carbono, y la Taxonomía Verde reconoce la adaptación al cambio climático como actividad elegible, lo que abre la puerta a financiar infraestructura de resiliencia. En el terreno voluntario, los cuestionarios de agua de CDP funcionan como termómetro para los inversores que suscriben deuda de una utility latinoamericana.

De la alerta al calendario: por qué esta vez la certeza es distinta

La novedad de este ciclo no es la intensidad, sino la unanimidad de los modelos. Los centros que alimentan el boletín coinciden en el escenario hasta febrero de 2027, y eso estrecha el margen de dispersión con el que trabajaban ministerios, operadores de red y aseguradoras. Con menos incertidumbre, la excusa de esperar mejores datos se encoge. La maquinaria de riesgo climático de la mayoría de las compañías, en cambio, sigue calibrada para horizontes de 2030 y 2050: un informe anual no captura bien un shock de cinco meses, y los planes de adaptación llegan por detrás de los de mitigación.

Hay también una lectura de oportunidad. La adaptación —resiliencia de embalses, gestión de cuencas, coberturas de cosecha, redes preparadas para picos de demanda— es la parte peor financiada de la transición. Un episodio con probabilidad cercana al 100% y una ventana temporal definida permite planificar mantenimientos, coberturas y compras de energía con meses de antelación. Lo que no cabe es seguir midiendo la transición con la media anual mientras el clima opera en trimestres. Ahí, la letra pequeña manda.

🌍 El Impacto Real para el Futuro

  • Beneficio medible: una ventana de pronóstico con probabilidad cercana al 100% hasta febrero de 2027 permite anticipar sequías e inundaciones en lugar de reaccionar cuando ya han ocurrido.
  • Modelo que cambia: el reporte anual de riesgo climático pierde peso frente a la previsión estacional integrada en la operación de embalses, cosechas y redes eléctricas.
  • Para las próximas generaciones: cada episodio gestionado con antelación reduce el coste en tarifas y alimentos que acabaría trasladándose a quienes hereden el sistema.

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