Trump bendice el acuerdo nuclear de Arabia Saudí: uranio al 20% que Irán no puede tocar

El acuerdo 123 firmado en julio de 2026 abre la puerta a que Riad enriquezca uranio hasta el 20%, un techo que Washington jamás aceptó para Irán. VisualPolitik analiza qué gana Trump y por qué el Congreso aún puede tumbarlo.

El 22 de julio de 2026, mientras Donald Trump amenazaba con golpear otra instalación nuclear iraní, el ministro de Energía saudí estampaba su firma en Washington en un acuerdo de cooperación nuclear con Estados Unidos. El artículo 7 de ese texto abre la puerta a que Riad enriquezca uranio hasta el 20%, justo lo que Washington lleva cuatro décadas negándole a Teherán entre sanciones y bombas. En su último análisis, VisualPolitik sostiene que el acuerdo no le vende una bomba a Arabia Saudí, pero sí algo parecido de puertas adentro: una opción sobre ella.

Al día siguiente de la firma, Trump escribió en su red social que no habría enriquecimiento de material y que Washington no se opone a las instalaciones civiles. El canal lo dice con retintín: los tuits no anulan acuerdos firmados. Y en Riad, añade VisualPolitik, parecen tener otras intenciones. Mohamed Bin Salman repitió ante las cámaras estadounidenses que si Irán se hacía con la bomba, Arabia Saudí haría lo mismo para equilibrar el poder regional.

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Un permiso de la era atómica y dos décadas de negociación

Para vender reactores, componentes o combustible nuclear, una empresa estadounidense necesita un papel concreto: el acuerdo 123, bautizado así por la sección de la ley de energía atómica de 1954 que lo regula. Sin él no hay negocio posible. Washington y Riad llevaban más de una década negociándolo; las conversaciones se cerraron en noviembre de 2025, con Bin Salman en la Casa Blanca, y culminaron con la firma de julio de 2026. El 24 de agosto, la Casa Blanca remitió el texto al Congreso, que tiene 90 días de sesión para tumbarlo. Si no lo hace, entra en vigor con su polémico artículo 7 incluido.

Ese artículo diseña una escalera de tres peldaños. El primero prevé un estudio conjunto de dos años para evaluar si tiene sentido enriquecer uranio en suelo saudí. El segundo permite, si ambas partes lo acuerdan por escrito, construir una planta que enriquezca hasta el 5%. El tercero abre la puerta a subir el techo hasta el 20%.

Del 5% al 20% está casi todo el trabajo

Conviene recordar la física. El uranio que sale de la mina contiene apenas un 0,7% de uranio 235. Para alimentar una central basta con subirlo al 3% o al 5%; para fabricar una bomba hace falta rondar el 90%. Visto así, un 20% parece poca cosa. No lo es. El esfuerzo de enriquecimiento no crece en línea recta: el tramo más duro es el primero, cuando hay que separar el poco material útil de una montaña de uranio, y a partir de ahí cada paso cuesta menos. Del 0,7% al 20% está casi todo el trabajo; del 20% al 90% es el último empujón.

Según The Wall Street Journal, si el estudio del primer peldaño da luz verde, la planta la construirían empresas estadounidenses como una especie de caja negra: los saudíes no verían la tecnología ni operarían las instalaciones. Y si Washington dice que no, Riad se comprometería a no enriquecer por su cuenta ni con otro socio durante diez años. El detalle es que ni la caja negra ni esa década aparecen en el texto público. Estarían en dos cartas anexas que siguen siendo secretas.

Estados Unidos no le ha vendido un arma nuclear a Arabia Saudí, pero sí le ha vendido la opción de fabricarla si algún día la necesita.

— VisualPolitik

El canal lo llama latencia nuclear: tener la capacidad de dar el salto sin darlo, pero pudiendo hacerlo en poco tiempo. Es la opción que, según VisualPolitik, persiguen los saudíes.

Por qué enriquecer en casa es un disparate económico

La versión oficial tiene su lógica: el reino quema cerca de un millón de barriles diarios para generar electricidad, sobre todo en verano, y a 80 dólares el barril son unos 30.000 millones al año que dejan de exportarse. El canal responde que Arabia Saudí tiene alternativas más baratas literalmente encima de su cabeza: en 2021 inauguró una planta solar que vende electricidad a 1,04 céntimos por kilovatio hora, un récord mundial. Sus planes nucleares, mientras tanto, han encogido: de 16 reactores anunciados en 2011 se ha pasado a dos.

El argumento se cae del todo al hablar de enriquecimiento. Dos reactores necesitarían en torno al 0,6% de la capacidad mundial, un servicio que comprado fuera costaría unos 80 millones de dólares al año. Hacerlo en casa sería mucho más caro, porque en este negocio el tamaño lo es todo. Y en todo Oriente Medio no existe una sola fábrica de combustible nuclear: el uranio tendría que cruzar continentes de ida y vuelta. Israel opera cuatro reactores con combustible comprado en el exterior y no le va mal. Para VisualPolitik, ningún estudio serio avalaría una planta así por méritos propios.

Emiratos firmó en 2009; Riad no ha firmado nada parecido

El contraste deja al descubierto la cesión. Emiratos Árabes Unidos firmó su acuerdo 123 en 2009 y tuvo que renunciar por escrito a enriquecer y a reprocesar, además de aceptar el protocolo adicional, la herramienta que permite a los inspectores del OIEA llamar a puertas que el país no les enseña. Con Arabia Saudí no hay nada de eso: en su lugar hay un sistema de inspecciones a medida en el que Riad decide qué se puede ver y cuándo, y el tope del 5% solo se aplica a las plantas con tecnología estadounidense. El texto público no prohíbe a Riad enriquecer con tecnología propia o de terceros.

El canal recuerda lo que ocurrió la última vez que se subestimaron esas puertas. En los años setenta, un ingeniero paquistaní llamado Abdul Qadeer Khan trabajaba en Urenco, el consorcio europeo de enriquecimiento. Los diseños de centrifugadoras que se llevó acabaron en Pakistán, Libia, Irán y Corea del Norte.

Qué gana Washington con esta cesión

VisualPolitik apunta a varios motivos. El primero es el negocio nuclear, con Westinghouse y la surcoreana Kepco como grandes beneficiadas. El segundo es el argumento estrella de la administración: si no lo hacemos nosotros, lo harán China o Rusia. El problema, matiza el canal, es que ni Pekín ni Moscú habían puesto sobre la mesa la exportación de tecnología de enriquecimiento. El tercero apunta a los Acuerdos de Abraham y a Israel, donde el 27 de octubre hay elecciones y la oposición ya ha convertido el asunto en tema de campaña. A eso se suma una evaluación de la inteligencia estadounidense recogida por The Washington Post a finales de septiembre: los saudíes no han descartado desarrollar armas nucleares.

Puestos a ordenar el tablero, caben dos lecturas y ninguna es cómoda. La primera sostiene que Washington ha sustituido el viejo reflejo de la no proliferación por una política de socios privilegiados: mejor un aliado con latencia nuclear vigilada que un rival con capacidad libre. La segunda, menos generosa, apunta a que la administración ha canjeado una línea roja de cuatro décadas por contratos, influencia y un gesto hacia Riad en plena competición con China. En cualquiera de los dos casos conviene retener una idea: el acuerdo todavía puede descarrilar. El Congreso tiene 90 días de sesión para tumbarlo y las elecciones israelíes pueden envenenarlo. Pero si sale adelante quedará fijado un precedente incómodo, porque lo que hoy se presenta como energía civil mañana se lee como un programa a un paso de la bomba.

Queda la pregunta que el propio canal lanza a su audiencia: a santo de qué romper ahora tantas líneas rojas, con el uranio y tambien con los F-35. ¿Qué busca realmente Donald Trump?

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de VisualPolitik en YouTube.


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