La NASA tiene en órbita la misión SSPICY, un demostrador para inspeccionar satélites en desuso y frenar la basura espacial. El aparato, bautizado Otter, despegó el 1 de octubre desde la Base de la Fuerza Espacial de Vandenberg, en California, y su trabajo de verdad no arrancará hasta principios de 2027. Entonces se acercará, uno por uno, a hasta cuatro objetos muertos que siguen dando vueltas a la Tierra.
No es una operación de rescate. Es un ensayo. Durante meses, la nave se situará a unos cientos de metros de cada objetivo —satélites averiados y cuerpos de cohete abandonados, todos de origen estadounidense— y los medirá sin llegar a tocarlos. Lo que busca la agencia es aprender a mirar de cerca lo que ya no sirve, para que algún día alguien pueda repararlo o retirarlo de la órbita.
Cuatro objetivos a unos cientos de metros: así inspeccionará SSPICY la órbita baja
El programa se llama Small Spacecraft Propulsion and Inspection Capability, y el nombre resume bien la ambición: propulsión y capacidad de inspección metidas en un aparato pequeño. La nave que la ejecuta es una Otter construida por Starfish Space, con un tamaño comparable al de una lavadora doméstica. Pequeña, sí, pero con un sistema de propulsión eléctrica capaz de moverla de una órbita a otra.
De cada objeto visitado, la nave recogerá tres datos concretos: la velocidad de giro, la orientación y el estado de la superficie. Suena modesto. No lo es. Un satélite fuera de control gira sobre sí mismo de forma impredecible, y saber exactamente cómo lo hace es el primer requisito para acercarse sin chocar. De hecho, a 28.000 kilómetros por hora, un encuentro a ciegas no es una opción.
La misión no contempla ningún contacto físico. Ni agarre, ni acoplamiento, ni empujón.
Acercarse a un satélite muerto es más difícil que perseguir a uno vivo: nada responde, nada estabiliza y nadie avisa de cómo será el siguiente giro.
Autonomía, visión por computador y un brazo que apunta los motores

Lo interesante de SSPICY no es un instrumento aislado, sino el hecho de que varias tecnologías se prueban juntas por primera vez como un sistema integrado. La nave navega con un software de guiado autónomo que recibe apenas instrucciones desde tierra. Sus cámara y sensores alimentan un sistema de visión por computador que decide en tiempo real hacia dónde moverse en cada aproximación.
En un extremo del aparato viaja un brazo robótico articulado. Su función es ensayar la puntería de los propulsores mientras la nave cambia de órbita, una maniobra fina que ningún demostrador anterior había resuelto con este grado de autonomía. La propulsión es eléctrica, lo que permite saltar entre objetivos sin depender de grandes reservas de combustible químico.
Para hacerse una idea de la escala, una aproximación de unos cientos de metros equivale a la distancia que separa dos andenes opuestos en una estación de tren grande. Suficiente para fotografiar con detalle. Insuficiente para tocarse. Y muy por debajo de los miles de kilómetros que separan habitualmente dos satélites situados en la misma órbita.
La financiación llega de dos programas de la agencia: el de Small Spacecraft and Distributed Systems, dentro de la Dirección de Misiones de Tecnología e Investigación, y el SBIR/STTR, que costeó las primeras fases de desarrollo de las tecnologías clave. La NASA detalla el funcionamiento del demostrador en su página oficial de la misión.
Inspeccionar no es limpiar: el primer paso de una tarea pendiente
Cada año se lanzan miles de satélites para sostener servicios que usamos sin pensar: comunicaciones, navegación, predicción meteorológica. Los que fallan o se quedan sin combustible no desaparecen. Siguen ahí, a toda velocidad, y pueden fragmentarse o chocar entre sí. De esas colisiones nacen desde grandes restos hasta partículas diminutas, la materia prima del problema que los especialistas describen como síndrome de Kessler: una reacción en cadena capaz de dejar inservibles ciertas órbitas durante generaciones.
SSPICY no limpia nada. Eso conviene decirlo con claridad. Lo que hace es resolver el paso previo, el que casi nadie había abordado: entender qué le ocurre a un objeto antes de decidir qué hacer con él. Sin ese diagnóstico no hay reparación posible, ni retirada segura, ni reabastecimiento de combustible en órbita.
Las limitaciones son las propias de un demostrador. Se probará con un máximo de cuatro objetos, todos estadounidenses, y no habrá ni un solo contacto físico. La propia agencia sitúa las inspecciones a principios de 2027, una ventana que depende del estado real de cada objetivo y de la mecánica orbital. Tampoco está resuelto el marco legal para retirar un aparato que sigue perteneciendo a quien lo puso allí. La tecnología va por delante de las reglas, y ese desfase pesa hoy tanto como la ingeniería.
Aun así, hay algo que merece atención. Si las aproximaciones funcionan, la NASA habrá demostrado que una nave pequeña y relativamente barata puede decidir por sí misma cómo acercarse a un objeto hostil, sin control humano continuo. Esa capacidad es la llave de todo lo demás. Las primeras inspecciones están previstas para principios de 2027, y hasta entonces el Otter seguirá en silencio, esperando su turno en órbita baja.
🔬 Ficha del Descubrimiento
- Qué se ha descubierto: SSPICY es un demostrador tecnológico que acercará una nave a satélites y cuerpos de cohete fuera de servicio para inspeccionarlos sin tocarlos, con vistas a futuras reparaciones o retiradas en órbita.
- Dónde: órbita baja terrestre; lanzamiento desde la Base de la Fuerza Espacial de Vandenberg, California.
- Institución responsable: NASA, a través del programa Small Spacecraft and Distributed Systems; la nave Otter la construye y opera la empresa Starfish Space.
- Cuándo: lanzamiento el 1 de octubre de 2026; primeras inspecciones previstas para principios de 2027.
- Impacto a futuro: abre la puerta al servicio, la reparación y la retirada controlada de objetos en órbita, una capacidad clave para contener la basura espacial.




