Los avisos de Donald Trump sobre un supuesto ataque inminente de Irán contra ciudades de Estados Unidos son, para el contertulio de Negocios TV Juan Antonio Aguilar, un ejercicio de puro teatro político. Irán no tiene forma de golpear Los Ángeles ni San Diego, y quien afirma lo contrario lo hace para asustar a la población y desviar el foco de los problemas económicos. La advertencia llega a tres semanas de las elecciones de medio término del 3 de noviembre, con los precios de la energía otra vez en el centro del debate.
La conversación emitida por Negocios TV, con Emilio y Juan Antonio Aguilar entre los contertulios, repasa una contradicción que se ha repetido durante semanas. El presidente asegura un día que los equipos técnicos siguen negociando a través de mediadores y al siguiente promete acabar con Irán, incluso desde la tribuna de la Asamblea General de Naciones Unidas. Para Aguilar, esa mezcla de mensajes ha terminado por demoler la credibilidad de la Casa Blanca y obliga a dudar de cada anuncio.
Los Ángeles no está al alcance de Teherán
Aguilar lo plantea como una pregunta retórica. Para destruir Los Ángeles haría falta disponer de misiles intercontinentales con cabezas nucleares capaces de recorrer miles de kilómetros sin ser interceptados, o de submarinos nucleares que se acercaran a la costa del Pacífico para lanzar desde allí. Ninguna de esas capacidades está en manos iraníes, subraya, y por eso compara el relato con el guion de un humorista más que con un informe de inteligencia.
Su lectura es que el mensaje no busca describir una amenaza real, sino instalar el miedo en una población que, a su juicio, puede llegar a creer que Teherán está en condiciones de atacar territorio estadounidense tras una campaña militar prolongada. En ese sentido, recuerda que ya se ha usado antes el recurso de la amenaza exterior para tapar asuntos domésticos y para polarizar al electorado más fanatizado, el que sostiene al presidente cuando las encuestas se deterioran.
El argumento tiene además una derivada de política interior. Aguilar menciona que el gobernador de Texas ha lanzado señales de alarma porque defender las políticas de Trump se ha vuelto difícil en un estado donde el sector agrícola y el industrial dependen directamente del coste de la energía. La base republicana del Midwest, añade, está molesta por el encarecimiento del combustible, de los plásticos y de los alimentos.
No conviene perder de vista, apunta, que Irán sigue colocando su petróleo en el mercado. Mantiene el control de una de las dos rutas del estrecho y ha redirigido parte de sus ventas hacia India, mientras China ha reducido sus compras de manera considerable. El flujo no se ha detenido: se ha reorganizado bajo su influencia.
Irán no tiene capacidad alguna para destruir Los Ángeles. Estos avisos solo sirven para meter miedo a la propia población estadounidense y para mover el foco de los problemas económicos.
— Juan Antonio Aguilar, en Negocios TV
La factura que sí llega al bolsillo
Donde el discurso se vuelve material es en los precios. Aguilar sitúa el galón de gasolina en torno a seis dólares de media en Estados Unidos y por encima de siete en algunos puntos de la costa oeste, una cifra que califica de impensable para el consumo diario. A eso suma el uso agrícola del combustible en los estados del Midwest, donde buena parte del electorado votó por Trump. La consecuencia, dice, es una base social irritada que nota la subida en el trabajo, en el supermercado y en los insumos.
El razonamiento del contertulio es que esa presión explica los bandazos: cuando el presidente filtra que la negociación va bien, el crudo baja; cuando al día siguiente anuncia un ataque, el barril sube. Aguilar sostiene que ese patrón merecería una investigación por uso de información privilegiada, aunque añade que el control del presidente sobre las instituciones estadounidenses hace imposible cualquier pesquisa.
Una campaña que se decide en Ohio y Michigan
Con las elecciones de medio término del 3 de noviembre en el horizonte, el análisis se desplaza a los estados clave. Aguilar señala que los candidatos demócratas al Senado van por delante en Ohio, Michigan, Texas y Carolina del Norte, y que en varios de ellos el peso del sector agrícola e industrial juega en contra del oficialismo. Incluso en plazas tradicionalmente republicanas, añade, la caída de popularidad empieza a notarse en las encuestas.
La pregunta que planea sobre la mesa es si perder el control del Congreso cambiaría algo. Aguilar responde que probablemente no: el presidente gobierna por decretos ejecutivos y nunca ha declarado formalmente una guerra que el Senado pudiera limitar. El contrapeso presupuestario existe sobre el papel, pero no cree que le preocupe demasiado.
Camarilla, aranceles y negociadores sin oficio
En el entorno presidencial conviven intereses que no siempre coinciden. Hay quien gana con los aranceles y quien pierde, quien empuja el gasto militar y quien prefiere que el crecimiento lo tire la tecnología. Aguilar describe esa estructura como una red de chiringuitos particulares que aprovechan la situación mientras dura.
Su crítica más dura apunta a la diplomacia. Los negociadores principales en los conflictos de Ucrania, Gaza e Irán son, según su relato, familiares y amigos empresariales del presidente, sin conocimiento profundo de la historia de las contrapartes. El Departamento de Estado, sostiene, se ha quedado sin los profesionales que durante años trabajaron sobre el terreno, y el hueco lo ocupan operadores inmobiliarios que buscan colocarse en la reconstrucción.
Qué significa esto para el lector
El escenario que dibuja Aguilar no es el de una guerra total, sino el de una tensión permanente que se paga en la factura energética. Europa ya liberó sus reservas estratégicas después de las presiones estadounidenses y ahora afronta el invierno con menos margen. Si la estación es dura, advierte, el precio de referencia del crudo será solo una parte del problema: a él se suman refinería, descarga y transporte, además de los derivados que alimentan la industria y la agricultura.
Los abonos son el eslabón más delicado. Al producirse a partir de hidrocarburos, su encarecimiento traslada la crisis energética al precio de los alimentos, con especial impacto en países africanos que ya operan al límite. Para el lector europeo la lectura práctica es doble: inflación importada y una política exterior que se decide en función del calendario electoral estadounidense. La volatilidad de los mercados responde a esa lógica, no a los fundamentos de la oferta y la demanda.
Queda saber si el electorado estadounidense castiga en las urnas lo que Aguilar describe como una sucesión de cortinas de humo o si, por el contrario, la polarización vuelve a funcionar. La respuesta llegará el 3 de noviembre. Mientras tanto, las declaraciones sobre Irán seguirán moviendo el petróleo cada mañana, con o sin sustento militar detrás.
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