S&P Global lleva sus ratings al DeFi: notas AAA para vaults de préstamo en Ethereum

La agencia analiza seis riesgos distintos —calidad del crédito, liquidez, curador, blockchain, protocolo y gobernanza— en un mercado que ya roza los 10.000 millones de dólares. No son calificaciones de crédito ni miden la rentabilidad esperada.

S&P Global ha estrenado sus evaluaciones de riesgo para el DeFi. La agencia de calificación estadounidense pone ya nota a los vaults de préstamo que operan sobre Ethereum, un mercado que ronda los 10.000 millones de dólares y que hasta ahora se movía sin un estándar de análisis reconocido.

El anuncio tiene miga. El DeFi —el conjunto de servicios financieros que funcionan con contratos automáticos, sin banco de por medio— acaba de recibir la herramienta que los grandes inversores exigen antes de comprar un bono. S&P insiste en que sus evaluaciones no son calificaciones de crédito al uso, pero se le parecen lo suficiente como para mover el mercado.

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Qué evalúa exactamente la nota de S&P

El marco descompone cada vault —productos que agrupan el dinero de los inversores y lo prestan mediante estrategias automatizadas— en seis bloques de riesgo. El primero es la calidad crediticia de la cartera: a quién se presta el dinero depositado y con qué garantías. El segundo mide el desajuste de liquidez, es decir, si los inversores pueden retirar su dinero cuando quieren o quedan atrapados mientras el préstamo sigue vivo.

Los otros cuatro cubren el riesgo del curador —la persona o el equipo que diseña la estrategia—, el de la cadena de bloques, el del protocolo que ejecuta los contratos y el de la seguridad y gobernanza del propio vault. Una puntuación alta en un factor no compensa un fallo grave en otro, según Lisa Schroeer, analista de S&P Global Ratings. La idea que resume su enfoque es sencilla: hay demasiados puntos donde el sistema puede romperse.

S&P no evalúa la rentabilidad esperada ni equipara su nota a una calificación de crédito tradicional. Tampoco quiere decir cuál de los seis riesgos pesa más. El objetivo declarado es aportar más transparencia para que cualquier inversor decida con mejor información dónde pone su capital.

El tamaño del mercado justifica el movimiento. Los depósitos en vaults de préstamo rozaron los 10.000 millones de dólares en septiembre, frente a los 1.500 millones de dos años antes. La agencia publicará sus primeras evaluaciones en próximos anuncios, aunque todavía no ha desvelado qué vaults analizará primero.

Los vaults han pasado de experimento de laboratorio a producto que mueve miles de millones sin que nadie hubiera puesto una nota encima.

Por qué los vaults han pasado de experimento a producto masivo

La fórmula no es nueva. En febrero, la cartera integrada en Telegram estrenó vaults autocustodiados de bitcoin, ether y USDT construidos sobre infraestructura de Morpho, TAC y Re7. En mayo, Kraken replicó la idea con un vault de rendimiento en bitcoin y captó 30 millones de dólares de 4.000 carteras en sus primeras diez horas.

En septiembre, el mismo exchange fue más allá y lanzó vaults sobre versiones tokenizadas de acciones de Nvidia y de los ETF SPDR S&P 500 e Invesco QQQ, con Sentora gestionando las estrategias. La lógica se repite: empaquetar una operación de crédito compleja en un producto que cualquier usuario pueda contratar con un par de clics a cambio de un rendimiento.

El atractivo tiene su reverso. En agosto, el protocolo de préstamo Term Finance perdió unos 8,5 millones de dólares después de que un atacante tomara el control de la gobernanza de sus Meta Vaults. Un vault no es una caja fuerte. Es código, y el código falla.

La institucionalización del crédito on-chain, con asteriscos

Que una agencia como S&P ponga un pie en el DeFi no es casualidad. En el verano de 2020, el llamado DeFi summer demostró que se podía prestar y pedir prestado sin un banco de por medio; el problema era que nadie auditaba esos mercados con criterios homogéneos. Dos años después, con The Merge —la transición de Ethereum a un sistema de validadores en lugar de mineros—, la red ganó eficiencia y atractivo institucional, pero la evaluación del riesgo siguió siendo artesanal.

Las notas de S&P atacan justo esa pieza. Conviene, eso sí, no exagerar su alcance. La agencia no certifica que un vault sea seguro ni garantiza que vaya a pagar; solo ordena y hace comparables los riesgos. Un aprobado no equivale a un aval, y quien vea una nota alta tendrá que seguir entendiendo qué compra.

El segundo asterisco es regulatorio. En Estados Unidos, estos productos siguen en zona gris. En julio, la comisionada de la SEC Hester Peirce advirtió de que algunos vaults podrían caer bajo la ley federal de valores si implican decisiones discrecionales sobre asignación de activos, estrategias de rendimiento o umbrales de liquidación. Según cómo se estructure el producto, quien lo gestiona podría necesitar licencia de asesor de inversiones.

Queda un tercer riesgo que no sale en los folletos: la concentración. Buena parte de los vaults de nueva generación se apoya en un puñado de curadores y protocolos. El riesgo es contagioso. Si uno falla —como ocurrió con Term Finance—, el efecto se propaga con la misma facilidad que un desajuste en la banca tradicional.

Lo que viene ahora es la prueba de fuego: ver qué vaults reciben las primeras notas y si el mercado las usa para decidir dónde pone su dinero. Si esas evaluaciones se convierten en un requisito de facto para los inversores grandes, el crédito on-chain habrá dado el paso que le faltaba para dejar de ser un nicho.


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