Decenas de centros de datos IA pujan por España: el Gobierno tendrá que elegir

España acumula más peticiones de conexión eléctrica que capacidad para atenderlas. El Ejecutivo tendrá que fijar criterios para priorizar qué proyectos entran primero y cuáles esperan turno.

Las decenas de proyectos de centros de datos de IA pujan por instalarse en España. El cuello de botella ya no es el suelo ni el capital: es la energía. Y eso convierte al Gobierno en árbitro de una partida que no puede atender entera.

La radiotelevisión pública lo resumió con una idea sencilla: hay más proyectos sobre la mesa que capacidad de red para conectarlos. La carrera por atraer inversión en centros de datos se ha transformado en un embudo donde alguien tendrá que decidir a quién se conecta primero y a quién se deja esperando.

Publicidad

La paradoja es que España reúne condiciones que el sector lleva años buscando: suelo disponible, un clima favorable, una red con alta penetración renovable y una posición geográfica que sirve de puente hacia América Latina y el norte de África. Sobre el papel, el país es un candidato natural. En la práctica, la conexión se ha convertido en el billete más caro del mercado.

La energía y la refrigeración frenan la avalancha

Un centro de datos de inteligencia artificial no se parece a un almacén de servidores convencional. Los aceleradores que entrenan modelos consumen mucha más electricidad por metro cuadrado y generan un calor que hay que evacuar de forma constante. Eso dispara dos demandas a la vez: potencia firme y sistemas de refrigeración capaces de sostener la carga.

El resultado es que cada proyecto nuevo compite por los mismos recursos escasos. La red de transporte de Red Eléctrica tiene nodos saturados justo donde más se quieren instalar estas instalaciones, y las colas de acceso se alargan durante años. La refrigeración añade otra restricción: no todos los emplazamientos tienen garantizado el agua que exigen las configuraciones más potentes.

El cuello de botella de la inteligencia artificial en España no es la ambición inversora, sino una red eléctrica que ya no puede conectar todo lo que le piden.

Según el enfoque que maneja la corporación pública, el problema no es la falta de interés inversor, sino la imposibilidad de atenderlo todo a la vez. Es un síntoma clásico de cuello de botella: cuando la demanda supera la oferta de un insumo crítico, el mercado deja de repartir y empieza a racionar.

La red eléctrica se convierte en el árbitro de la inversión

Aquí es donde entra el Ejecutivo. Fijar prioridades no es una decisión técnica menor. Conectar primero a unos proyectos y no a otros equivale a repartir ventajas competitivas: la compañía que consigue un punto de conexión arranca su negocio antes, capta clientes antes y amortiza antes.

El sector lo sabe y presiona. Los desarrolladores apuran los trámites ambientales y las solicitudes de acceso para no perder su lugar en la cola, mientras los ayuntamientos compiten por atraer inversión con suelo industrial y exenciones fiscales. La oferta de emplazamientos crece, pero la capacidad de evacuación no lo hace al mismo ritmo.

El criterio que se elija —madurez del proyecto, retorno económico, impacto en el empleo, uso de energías limpias— determinará qué tipo de centros de datos acaban operando en España. No es lo mismo priorizar hiperescalas con miles de megavatios comprometidos que dar paso a instalaciones más pequeñas y distribuidas.

La presión no llega solo del lado inversor. La red también debe atender la electrificación del transporte, la industria y el consumo doméstico. Cada megavatio reservado a la inteligencia artificial es un megavatio que no está disponible para otro usuario. La comparación con lo ocurrido en Irlanda y los Países Bajos, donde el crecimiento desordenado de los data centers obligó a imponer moratorias, sobrevuela cualquier decisión que se tome ahora.

Qué está en juego cuando el Estado reparte megavatios

Conviene mirar más allá del ciclo corto. Durante años, el debate sobre los centros de procesamiento de datos giró en torno a la fiscalidad y al empleo local. El asunto de 2026 es distinto: ya no se discute si España quiere estos proyectos, sino cuántos puede soportar su sistema eléctrico sin desequilibrarlo.

Hay además una cuestión de soberanía tecnológica que rara vez se pone sobre la mesa. Buena parte de los grandes proyectos dependen de capital y de proveedores extranjeros. Reservar energía para ellos es asumir que el país compra cómputo con recursos propios, aunque el retorno se reparta de forma desigual.

Mi lectura es que el país corre el riesgo de repetir el error inverso al que cometieron otros mercados. Irlanda dejó crecer los data centers hasta que pesaron demasiado en su demanda eléctrica y tuvo que frenar en seco. España puede acabar en el extremo opuesto: tanta cautela administrativa que los proyectos se marchen a mercados con menos fricción. Entre la saturación y la parálisis hay un punto medio que todavía no está definido.

La decisión tampoco es neutral para el contribuyente. Si el Estado reserva capacidad a proyectos que luego no se materializan, bloquea recursos que otros usos esperan. Si, en cambio, prioriza solo a los gigantes, concentra el mercado y deja fuera a operadores más pequeños que podrían aportar resiliencia, y competencia.

El desenlace dependerá de un detalle poco vistoso pero decisivo: la letra pequeña de los concursos de acceso y de los criterios de conexión que se publiquen en los próximos meses. Ahí se sabrá si España apuesta por un modelo ordenado de energía para inteligencia artificial o si deja que la cola decida por ella. Quien gane esa partida no será solo el que tenga más capital, sino el que llegue antes al enchufe.


Publicidad