Hallan un eucariota que sobrevive a 70 ºC: nuevo récord de vida eucariota extrema

El microorganismo, bautizado Incendiamoeba cascadensis, se recupera tras cinco minutos a 70 ºC, un límite que ningún otro eucariota conocido resistía. El estudio, financiado por la NASA y publicado en Cell, sugiere que hay más amebas termófilas por descubrir.

La vida eucariota extrema tiene un nuevo récord: una ameba de California se divide a 63 ºC.

El hallazgo lo firma un equipo liderado desde la Universidad de Siracusa con financiación de la NASA, y aparece publicado este martes en la revista Cell, según recoge el comunicado de la agencia. Hasta ahora, el techo conocido para una célula con núcleo estaba en 60 ºC, una marca que sostenían unos pocos hongos y unas algas rojas. La nueva ameba no solo la supera: sigue nadando y buscando alimento a 64 ºC, permanece parcialmente activa a 66 ºC y, en el laboratorio, se recupera tras cinco minutos a 70 ºC.

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Una ameba que se divide a 63 ºC y sigue nadando a 64

Los investigadores la han bautizado Incendiamoeba cascadensis, nombre que traducido viene a significar ameba del fuego procedente de las cascadas. La encontraron en las aguas termales del Parque Nacional Volcánico de Lassen, en California, la región volcánica activa más meridional de la cordillera de las Cascadas y el lugar donde se alza el Lassen Peak, el mayor domo de lava del planeta. Fumarolas, barro hirviente y manantiales humeantes: un laboratorio natural para quien persigue los límites de la biología.

El récord se apoya en tres cifras. La ameba se divide a 63 ºC, equivalentes a 145 grados Fahrenheit. Por encima de esa temperatura deja de reproducirse, pero ni muere ni se queda quieta: sigue desplazándose en busca de comida hasta los 64 ºC y mantiene una actividad parcial a 66 ºC. En cultivo, después de cinco minutos a 70 grados, vuelve. Ninguna célula eucariota había documentado algo semejante. A 80 ºC, eso sí, no hay vuelta atrás.

Conviene traducir la escala a la vida cotidiana. Sesenta y tres grados es la temperatura a la que se pasteuriza la leche para eliminar bacterias, agua que quema al tacto y muchísimo más que cualquier fiebre humana. Subir de 60 a 63 grados no es añadir un peldaño: es cambiar de régimen fisiológico. A esas temperaturas las proteínas tienden a desnaturalizarse y las membranas celulares, a deshacerse.

Sesenta grados parecían el techo definitivo para una célula con núcleo. Esta ameba lo cruza, sigue nadando y regresa de los 70 grados.

Cómo se mide el techo térmico de una célula con núcleo

Incendiamoeba cascadensis

La investigación sobre extremófilos se ha centrado casi siempre en bacterias y arqueas, células sin núcleo y con menos maquinaria interna que pueda destruirse con el calor, la acidez, o la radiación. Los eucariotas llegaron después en la historia de la vida y arrastran una arquitectura más delicada, con el material genético encerrado en un núcleo y orgánulos membranosos que funcionan como pequeñas máquinas. Un termófilo de verdad, recuerda el equipo, debe replicarse, moverse, alimentarse y sobrevivir por encima de los 45 ºC.

El equipo, liderado por Beryl Rappaport desde la Universidad de Siracusa, no se limitó a poner la ameba al fuego y cronometrar. Secuenció su genoma y estudió qué genes se encienden y se apagan a distintas temperaturas. Encontró herramientas para estabilizar el ADN y protegerlo de roturas, para leer el entorno exterior y para mantener el plegado correcto de las proteínas. Parte de la clave está en la superficie de algunas de ellas, con una carga positiva elevada que, igual que en bacterias y arqueas termófilas, ayuda a que no se desmoronen con el calor.

Hay un detalle que me parece el más sugerente del trabajo. Al comparar sus datos con secuencias geotermales de medio mundo, los investigadores encontraron fragmentos de ADN parecidos en muestras de Nueva Zelanda y del Parque Nacional de Yellowstone. Dicho de otro modo: es probable que existan amebas termófilas emparentadas con esta en muchos más rincones del planeta, todavía sin identificar.

Lo que cambia y lo que no en la búsqueda de vida fuera de la Tierra

Durante años se dio por hecho que las membranas de los orgánulos eucariotas no podían mantenerse estables por encima de 62 ºC. La existencia de I. cascadensis demuestra que esa suposición era, como mínimo, demasiado estricta. El hallazgo llega cuando la astrobiología ya no busca solo microbios sencillos: si la vida compleja aguanta más de lo que creíamos, la lista de lugares con posibilidades se ensancha. La NASA estudia desde hace décadas los límites de la vida en la Tierra para estimar cómo podrían sobrevivir organismos en mundos menos hospitalarios, Marte entre ellos.

La científica del programa de Exobiología de la NASA Alison Olcott subraya, en el comunicado de la agencia, que estudiar extremófilos ayuda a acotar los límites bioquímicos y fisiológicos de la vida tal y como la conocemos, y que esa información guía la búsqueda de vida en otros mundos. El propio equipo pone el freno: la temperatura no lo es todo. Una ameba así necesita además la acidez adecuada, oxígeno, presión, agua y alimento. I. cascadensis no puede sobrevivir sola; depende de un ecosistema entero que la sostenga. La Tierra sigue siendo el único lugar del que sabemos que reúne todo eso.

Mi lectura es que estamos ante un resultado sólido, revisado por pares y con una implicación de fondo: los eucariotas son más resistentes de lo que dábamos por sentado. Ahora bien, hablamos de un solo organismo, cultivado en laboratorio. Falta comprobar si otras amebas termófilas se comportan igual, si esos fragmentos de ADN de Yellowstone y Nueva Zelanda pertenecen a especies vivas y qué rendimiento puede sacarse a unas proteínas capaces de funcionar a temperaturas que inutilizan a la mayoría de las enzimas industriales. Ahí, en el cruce entre astrobiología y biotecnología, es donde esta ameba seguirá dando que hablar.

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: una ameba, Incendiamoeba cascadensis, capaz de dividirse a 63 ºC y de recuperarse tras cinco minutos a 70 ºC, el récord de calor para un eucariota.
  • Dónde: aguas termales del Parque Nacional Volcánico de Lassen, California (Estados Unidos).
  • Institución responsable: equipo liderado por Beryl Rappaport desde la Universidad de Siracusa, con financiación de la NASA; resultados publicados en la revista Cell.
  • Cuándo: estudio publicado el 22 de septiembre de 2026.
  • Impacto a futuro: amplía el rango de temperaturas en el que podría existir vida compleja y abre la búsqueda de amebas termófilas en otros sistemas geotermales del planeta.

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